Se solicita abducción

Ilustración: José Agustín Ramírez / @lokomotora

Es muy probable que la sección más leída de cualquier periódico impreso de circulación nacional sea el Aviso Oportuno, y quizá la que mantiene en niveles aceptables las ventas de ejemplares de El Universal. Domingos y lunes —días en que se publica la mayor cantidad de anuncios clasificados— el Aviso Oportuno pone en sus marcas a miles de desempleados que se dan a sí mismos un banderazo de salida de acuerdo con su fe en Dios o en Birján. Además de la abrumadora pero invariable oferta de trabajo, compradores, vendedores y ofertantes de toda clase de servicios, queda espacio para lo insólito y lo extraordinario. Una pequeña grey de anormales e iluminados tiene en la sección eso precisamente: una oportunidad de salir a la luz y propagar, casi siempre a cambio de dinero, su saber y experiencias en la Dimensión Desconocida de la realidad mexicana.

Mi razonamiento cobró fuerza luego de varias semanas de darle vuelta al tema de la revista Generación, especializada en contracultura y repostería para iniciados. Así de iconoclasta es hasta hoy su propuesta editorial. Corría el invierno de 2009 y estaba en la oficina del editor en la colonia Roma preparando el número dedicado a “Levantones extraterrestres”.

—No hay nadie en este país —afirmé convencido ese mediodía de miércoles, mientras me metía mi primera raya de la jornada— que no haya pasado horas, días, semanas o meses consultando esa especie de oráculo de lo improbable. Un anuncio clasificado podría ponernos en contacto con quienes han vivido experiencias con extraterrestres. Habrá que preguntarle a Ricky.

A esas horas y por la tarde, Ricky solía llamar anticipándose a nuestra continua demanda de su producto estimulante. No se me ocurría mejor convocatoria para encontrar testimonios de esa modalidad de secuestro tan peculiar. Tampoco lo decía con convicción sincera. Durante años recurrí al Aviso Oportuno para buscar trabajo y jamás conseguí uno. Perdí tiempo, dinero y mi autoestima, no sé en qué orden, antes de aceptar que esas secciones de anuncios clasificados de los periódicos son la mejor novela por entregas que el mexicano promedio puede leer semanalmente, llena de suspenso, tristezas y cabos sueltos interminables sin temor a que lo acusen de perder el tiempo. Por el contrario, nos da la oportunidad de prolongar la trama de por vida y darle vuelcos insospechados mientras esperamos ansiosos la siguiente tanda de anuncios, como si fuera un episodio más del popular programa de ciencia ficción creado y conducido a finales de los años cincuenta del siglo XX por el gran Rod Serling

—¿O no? —insistí, acercando mi vaso al editor para que lo llenara de cerveza—. De seguro, con dos semanas que pongamos el anuncio, llegarán historias reales como para que la revista venda más ejemplares que el Óoorale! Hasta dejarás de pedir fiado.

El editor aceptó mi propuesta con la actitud de a quien le da lo mismo una cosa que la otra. Me miraba como si yo fuera un marciano. Me comprometí a poner un anuncio en el periódico sensacionalista más leído de la ciudad: Metro, que además debido a su enorme tiraje, no cobraba los clasificados con un máximo de quince palabras siempre y cuando no ofrecieran servicios sexuales.

Ya entrada la noche, de regreso a pie a mi domicilio en Bucareli cavilaba sobre el tema. La penumbra de las calles desoladas hacía más notoria la presencia circunstancial de los conos de luz cobriza del alumbrado público. Aparecían en mi ruta habitual a esas horas como señales de naves espaciales que evitaban aterrizar en las avenidas circundantes, iluminadas como parque de diversiones con rascacielos y helipuertos donde seres de otro mundo juegan con nuestros destinos mientras le reprochan a la ciudad su batalla perdida contra la oscuridad. En algún momento me convencí que emborracharse con amigos es una ilusión de inmortalidad que nos lleva a la búsqueda de lo insólito.  

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II

Apenas y pude dormir por culpa de las pesadillas. Me revolvía en la cama cuidando de no despertar a mi mujer. Dormía profundamente dándome la espalda de cara a la ventana abierta de la recámara. Teníamos por costumbre mantener las cortinas recorridas para que entrara la brisa y la luz azulosa de la noche salpicada de destellos de torretas o del brillo arenoso del alumbrado público. Y, a veces, de intensos rayos de luna que normalmente no encontrábamos en el cielo cuando, inspirados y poéticos, buscábamos el satélite desde la ventana o la azotea de nuestro departamento en el último piso de un vetusto edificio. De regreso a la cama nos preguntábamos de dónde provenía ese resplandor que aligeraba los pensamientos sombríos, pero nos llenaba de preguntas que confrontan nuestra pedante confianza en explicarlo todo a través de la razón.

III

Una semana después apareció el anuncio. Así, al final de las páginas que escurrían silicona, vulgaridad y sangre apareció mi clasificado en un modesto recuadro con la información justa y el número de mi celular: “Revista especializada en contracultura y repostería busca testimonios de abducidos por extraterrestres”. Confiando en una pronta y nutrida respuesta, pasé días cavilando sobre el tema y haciéndome preguntas dignas de un programa de Jaime Maussan, quien por cierto se negó a una entrevista aduciendo su desconfianza en tratar el tema con advenedizos.

La respuesta del especialista en el fenómeno OVNI hirió mi orgullo y decidí investigar más a fondo instigado por preguntas como estas inspiradas en los razonamientos de Pedro Ferriz, el precursor de este pensamiento mágico conectado hoy en día con el auge de la doctrina new age y el ambientalismo: ¿Un mundo nos vigila? ¿Hay vida en otros planetas? No estamos solos, era la afirmación ontológica que el iluminado Ferriz planteó en su popular programa de TV en los años sesenta del siglo XX; “Un mundo nos vigila”. Hasta hoy es un tema de continuo debate entre charlatanes, crédulos, teóricos conspiracionistas e intelectuales desempleados. Descubrí que estas interrogantes estaban más que contestadas con un clamoroso sí, tanto por científicos y religiosos como por miles de creyentes en las ciencias paranormales y aficionados a la Ciencia Ficción.

Por lo pronto, el clasificado tenía diez días publicándose y yo no había recibido una sola llamada en mi celular de supuestos “abducidos”. De cualquier modo, el editor de Generación había logrado una nutrida convocatoria de escritores y artistas que acudían a la redacción “Charles Bukowski” dispuestos a publicar algo sobre el tema. Lo que, como siempre, el editor y yo no podíamos vaticinar era para cuándo entregarían sus propuestas, así que el cierre de la edición tenía un amplio compás de espera que nos permitía usar la oficina como piquera, ajenos a tensiones de trabajo. 

—Mi sugerencia es que abran su mente —repetía el editor impostando la voz aguardentosa con tono de gurú cada vez que algún colaborador dudaba de la seriedad del tema. El editor mismo podría estar en la portada del Semanario de lo Insólito con su apariencia de Alien, “el octavo pasajero” melenudo, excitable y sudoroso, flaco como los popotes que usaba para inhalar, agazapado detrás de su escritorio entre toneladas de papeles inservibles, un espejo con restos de postre y vasos vacíos, dispuesto a chupar literalmente la energía de todo aquel que se le cruzara en su camino osando retarlo a parrandear.

Si nos ateníamos a la definición de los ufólogos, la abducción es un acto por el que uno o más extraterrestres toman a uno o varios seres vivos contra su voluntad y lo secuestran para conducirlo a una nave espacial. Digamos que el editor y su oficina (la nave espacial) cumplían a cabalidad con lo anterior. Lo cierto es que lo que más se abría cotidianamente en la redacción eran botellas de alcohol y bolsas de cocaína, y los habituès salíamos de ahí a enfrentar la noche como abducidos por una fuerza sobrenatural que minaba nuestra voluntad, lucidez y bolsillo.

En mis pesquisas había encontrado un artículo reciente en una revista científica en el que se afirmaba que los gobiernos del mundo deberían prepararse para un posible encuentro con una civilización extraterrestre que podría ser violenta; argumentaba que si el proceso evolutivo en todo el universo sigue el patrón darwinista, tal y como ocurre en nuestro planeta, los extraterrestres podrían “compartir su tendencia a la violencia y a la explotación de los recursos naturales”. O sea que los seres de otro planeta serían a nuestra imagen y semejanza. O sea que podrían ser tal y como los personificaba el cine de terror y fantástico. La ficción sobre el tema no era tan descabellada ni risible, concluí. 

Además, no es ningún secreto que la mayoría de los mexicanos le tememos a los científicos, a los OVNIS (miles afirman haberlos visto surcando los cielos, que son o traen emisarios de otras civilizaciones), a las personas con “poderes mentales” y a la brujería. Con estas reflexiones y datos por delante, confié en que no tardarían las llamadas que tanto esperaba pese a que mi anuncio se perdía entre otros mucho más comunes: “Inicia tu propio negocio, buscamos señoritas sin prejuicios y amplio criterio…”, “Llámame, papi y no te arrepentirás”, “Parrillero que no le tenga miedo a desvelarse, buena paga más comisiones…”

La mañana en que el clasificado en el periódico caducó me dirigía a un OXXO a  pagar la luz de mi domicilio cuando sonó el celular:

—Hablo por lo del anuncio de “Abducidos”.

—Ah, sí, dígame. 

—No pus dígame usted de qué se trata —era una mujer a la que por su tono de voz entre altanero y desconfiado, la calculé cincuentona y probablemente sin pareja. 

—Buscamos testimonios reales de personas que hayan sido secuestradas por extraterrestres. 

—¿Y yo qué gano con contarle lo que me hizo un extraterrestre?

—Pues de entrada permitirnos que miles de mujeres en este país se enteren del peligro o placer, según el caso, que ronda en sus hogares; podría ser un caso de acoso —dije sintiéndome funcionario de la Conapred, y proseguí, solemne—. Soy coordinador de contenidos de una revista muy importante, prometemos seriedad absoluta, tomarle una foto para que la conozcan nuestros lectores en todo el país e invitarla a la presentación del número en alguno de los centros nocturnos más exclusivos de la ciudad. Por supuesto, habrá cortesías en bebidas y la oportunidad de conocer en persona al editor. 

Imaginé a mi entrevistada poniéndose hasta el gorro en alguno de los antros infames en que se presentaba la revista, resistiendo a las insinuaciones descaradas mientras bailaba y aceptaba tragos y líneas generosamente invitadas por “El esplendido” editor sin que a éste le preocupara quién se haría cargo de la cuenta.  Los antros a los que aludí tenían de todo, menos exclusividad: entraba cualquiera y nadie salía de ahí con pie firme. Si un extraterrestre tuviera la mala suerte de ser “abducido” por el editor y sus cuates, regresaría a su planeta bien intoxicado.

—¿Qué le hizo el extraterrestre? —insistí.

—No pues así no, no me interesa.

La mujer colgó sin darme otra oportunidad de convencerla. Me quedé a media calle rascándome el bolsillo del pantalón donde traía la cantidad justa para pagar la luz. No tenía ni para ofrecerle a la “abducida” un café del OXXO. Decidí renovar el anuncio y esperar a que mi suerte mejorara. Tendría que pensar en una coartada para no ofrecer dinero a cambio del testimonio. Al mismo tiempo, para nuestra sorpresa, “El espléndido” y yo descubrimos que el tema de la abducción por extraterrestres gozaba de gran popularidad en algunos círculos de literatos y periodistas, y era motivo de discusiones interminables en tertulias que duraban un año luz. 

A los pocos días un selecto grupo de escritores y artistas gráficos acudieron a la redacción para proponer textos e ilustraciones, cada uno asegurando que quien leyera el número especial no volvería a ser el mismo. Los más entusiastas afirmaban que sumado a los testimonios de quienes respondieran al anuncio del periódico, sería imposible caminar tranquilamente por la calle sin sentirse vigilado, o tomar unas copas sin sospechar que el comportamiento de los contertulios, detalles venidos de extraños como un tropezón, un balbuceo, una mirada perdida o una discusión incendiaria, delatara a un abducido por seres de otro planeta. 

—Pero, ¿qué es una abducción? —preguntó por enésima vez el diseñador de la revista, bisco y parsimonioso, antes de ir al OXXO por una botella de Jarana. 

—A ver mira, te lo explico de nuevo. Ahora sí pon atención y deja de mover ese ojo tuyo como si fueras un cíclope. Me pone nervioso. Podemos considerar la abducción un fenómeno que se expande en nuestra vapuleada sociedad —dijo con tono engolado un escritor luego de advertirnos que no tomaría del tequila barato que habíamos comprado mediante una penosa colecta entre los presentes. A veces se aparecía por la redacción para presumir de sus viajes al extranjero, la publicación de sus libros que nadie leía y sus cargos de alto nivel como funcionario público—. En el campo de la denominada “ufología” —continuó inflándose como burbuja de lava en un silla con los dedos de las manos entrecruzados a la altura del pecho— se llama abducción al supuesto acto en el cual uno o más alienígenas toman a un terrícola contra su voluntad (lo secuestran) y lo llevan a algún sitio determinado, generalmente a una nave espacial.

—Si lo que dices es cierto —rebatió el editor con su voz de mascavidrios—, entonces la abducción es una práctica de la delincuencia organizada, jajajajajajaja.

Sin duda, el tema tenía mucho que ver con la situación del país. Al pomadoso escritor no le quedó de otra más que bajarle a sus ínfulas, aceptó un trago del aguardiente y se quedó arrebujado en su silla como el embrión de un alien, cavilando en silencio mientras los demás alegábamos en tono subido sobre el tema y le entrábamos con fe al menjurje y a las líneas de postre que descansaban sobre un libro en el escritorio del editor.

IV

Había renovado dos veces el anuncio en el Aviso Oportuno sin recibir una sola llamada. Decidí seguir adelante indagando entre conocidos y gente interesada en el tema. Nadie parecía saber nada, pero era como si detrás de sus respuestas forzadas se ocultara una verdad arcana.

Esa madrugada tuve nuevamente terribles pesadillas. Impedido de dormir de corrido por taquicardias y lapsos prolongados de angustia, trataba de encontrar sentido a mis terribles visiones nocturnas donde seres desconocidos y amorfos me llevaban contra mi voluntad a un laboratorio para presenciar experimentos escalofriantes en seres humanos que gritaban pidiendo ayuda. Creí recordar sus voces: eran de feministas, incluída mi mujer, y soplones e infiltrados que visitaban con frecuencia la redacción. Me revolvía en la cama angustiado pensando en las noticias de todos los días sobre casas de seguridad, levantones, torturas y amputaciones de miembros. Todo coincidía.

Pese a que tenía la nariz constipada y palpitaciones, al amanecer conseguí dormir un rato. A eso del mediodía me despertó el timbre del celular. Del otro lado de la línea estaba un sujeto que afirmaba haber detenido a un humanoide en la Ciudad de México en el año de 1950. 

—Me interesa mucho, ¿puede comprobarlo?

—Tengo la foto que nos tomó un colega, cuando quiera se la enseño.

—Me gustaría reunirme cuanto antes con usted para una entrevista —le eché el mismo rollo que a mi anterior prospecto. Esta vez funcionó pese a que no le ofrecí pago, pero me pidió a cambio que le regalara un teléfono celular nuevo con crédito mínimo de doscientos pesos. Me dijo que por su profesión (no especificó en qué consistía) requería utilizar teléfonos nuevos y no comprarlos él por motivos de seguridad. Quedamos de vernos al día siguiente por la tarde en el café La Habana de la avenida Bucareli, a media calle de mi domicilio. Ahí cito a los desconocidos. De inmediato le llamé al editor de la revista que, entre susurros, escueto y alicaído por la cruda, dijo:

—Es increíble, vente a celebrar. 

—Mejor consigue lana para comprar un celular chino en el OXXO. Eso me pidió a cambio.

—Aquí vemos.

Por la tarde estaba en su oficina. Discutimos el tema con efusividad dándole vueltas a lo mismo y metiéndole a lo mismo. Nos dimos tiempo para revisar un par de colaboraciones bastante malas que habían llegado por correo electrónico teniendo como loop en el audio de la computadora, un corrido que encontramos en YouTube. Decía más o menos así: Una noche de loquera/ andaba echando cerveza/ de repente se paró/ una nave en mi cabeza/ pero a mí me valió madre/ le eché un trago a mi cerveza/ …/ los ovnis vienen conmigo/ y un consejo voy a dar/ si los miran por los cielos/ no se vayan a espantar/ andan llevando perico/ a su planeta natal.

No supe cómo llegué a casa esa madrugada. Desperté en el sofá entrada la mañana, vestido aún, con un fuerte dolor de cabeza y una angustiante sensación de vacío. Mi mujer se había ido al trabajo y no me despertó para prepararle el desayuno como era costumbre. Por más que lo intenté, no logré recordar qué había pasado luego de la segunda botella de Tonayan en la oficina del editor. Me había sometido al ambiente de la redacción. Sin duda, se trataba de otro elemento de la abducción por extraterrestres: la pérdida de la memoria. No sabía si lo había imaginado o en realidad la noche anterior estuve en una piquera cercana a la oficina: un cuarto oval con tan solo un muro falso para separar el mingitorio, la intensa luz blanca parecía brotar de ningún lado en particular y nos hacía ver como alienígenas a los escasos parroquianos regados por todo el tugurio. 

Mientras hacía cuentas de las veces que había terminado en lugares así, recordé mi cita en el café. Ni siquiera tenía la certeza de que era verdad pues llamé al número registrado en mi celular para confirmar la entrevista y nadie respondía. Dudaba ya si mi mujer era una presencia inventada por mis delirios etílicos que percibían su andar nocturno por el pasillo y la estancia como sonámbula empuñando un cuchillo cebollero. Esto era otra característica de la abducción: haber perdido un lapso importante de tiempo sin recordar nada entre delirios alucinatorios. Con el cuerpo aporreado y la garganta reseca, me dirigí al baño para darme un regaderazo y, entre sobresaltos, llegar a tiempo al encuentro con el sujeto que atendió al clasificado.

—Como le dije por teléfono, hemos capturado al único humanoide que se conoce hasta la fecha. Soy un exagente del FBI. De la Brigada Especial de los Catecúmenos. Esto fue en el año de 1950 en un llano de la delegación Iztacalco, donde ahora hay una unidad habitacional conocida como “Infiernavit”.

El sujeto interrumpió su historia para comprobar qué reacción provocaban sus palabras. Pedí dos cafés. Sin apartar la vista de mi rostro, estudiándome, extrajo de la bolsa sobaquera de su gabardina negra y raída tirándole a parda, una foto amarillenta y algo difusa. 

—Este soy yo y ñañañaña —me señaló al sujeto de la izquierda que al igual que él, vestía además un sombrero a la Bogart. Al extremo derecho había otro fulano vestido de la misma manera. La pobre calidad de la imagen hacía difícil saber si el sujeto frente a mí era el mismo de la foto. A ninguno de los dos se les podía reconocer plenamente las facciones del rostro. Ambos sostenían de las manos a un hombrecillo enjuto, cabezón, de rasgos tan difusos como el de sus captores, cubierto únicamente con algo que parecía un calzoncillo. Tenía las piernas debilitadas y colgando como si momentos antes lo hubieran torturado. El “humanoide” tenía el aspecto de cualquiera de los niños desnutridos que vagan por la Ciudad de México. Le daba un aire a un pintor oaxaqueño muy famoso, nomás que sin barba ni dinero. Detrás, tocándole el hombro, aparecía una mano cuyo brazo estaba cubierto por un grueso abrigo. No se alcanzaba a ver el resto del cuerpo porque la foto se había difuminado en parte como si alguien le hubiera esparcido algún solvente para borrar la identidad del dueño de la mano.

—¿De qué película estamos hablando? —dije pasándome de listo. Me preguntaba a qué hora me iba a pedir su celular nuevo y con crédito.

—Mire, allá usted si se hace el chistoso y ñañañaña. No vine aquí a que se burle de mí, ni por dinero. Vengo a propagar la verdad de nuestro Señor, quien envió del cielo al humanoide para recordarnos el andar de Cristo con una cruz a cuestas. Al igual que Él, nuestro detenido rechazó las bebidas refrigerantes que le ofrecieron porque en ellas había drogas estupefacientes, y quiso ir con la mente despejada hasta el fin por el camino del dolor —los ojos sin vida del sujeto y el contorno de la cara huesuda y ancha de la coronilla, contrastaban con sus manos sarmentosas manchadas de nicotina en las yemas, entrelazadas sobre la mesa. La piel pálida, sudorosa y la manzana de Adán del cuello en la figura tirada a los huesos lo hacían ver como un marciano que se ocultaba tras el sombrero y la gabardina para no ser reconocido. Detrás, a prudente distancia, una mesera malencarada dudaba en llevar nuestra orden—. Vengo a advertirle que no estamos solos y que hay una invasión incontenible de seres como el de la foto, muy inteligentes y capaces de todo con tal de cumplir con su misión. Esto es asunto de seguridad nacional, en este país han desaparecido por lo menos dieciocho mil personas en los últimos cinco años sin que se sepa su paradero y ñañañaña.

—¿Qué es ñañaña?

—Pos que saques el ñañaña.

—¿Y cuál es la misión de los humanoides? —pregunté sintiéndome como el detenido de la foto al resistirme a tomar una cerveza que me ayudara a aliviar la cruda.

—Pues llevarse a nuestras mujeres y desequilibrar al gobierno legítimo al que le arrebataron las elecciones, ¿qué mas? —el sujeto comenzó a abrir y cerrar las manos como si tuviera calambres. A intervalos sacaba la lengua y la extendía como si quisiera atrapar un insecto invisible. Cuando controló su espasmo continuó—. No sé si lo sepa, pero la Cocacola produce esterilidad y gusto por ñañaña—. Estaba chimuelo y los pocos dientes que le quedaban al frente tenían el color de la mierda. Y, de hecho, a eso le apestaba el aliento.

—No sé qué tenga que ver una cosa con la otra —dije levantándome de la mesa sin dar tiempo a una réplica. De no haber estado crudo, me habría aguantado otro rato para escuchar las sandeces del menesteroso, pero se me había bajado la presión y la ansiedad me impedía concentrarme. Estaba a una calle de la cantina La Reforma. Me despedí a la carrera y al salir del café descubrí la mirada condenatoria de la mesera que se quedó plantada esperando a que pidiéramos algo de la carta.

V

Pese a que dejé de ir a la redacción durante varios días para recuperarme, todas las noches tuve la misma pesadilla de la víspera. Seguía teniendo dolor muscular, me descubrí raspones y de unas viejas cicatrices en el brazo derecho hechas por la mordedura de un perro, brotaron pequeñas protuberancias como si dentro de mí “algo” buscara un resquicio para iluminar un misterio. La luz del día me molestaba y el ruido de la calle me parecía insoportable. Me preguntaba si existía la posibilidad de que algún extraño se deslizara por la azotea para brincar por la ventana y atacarnos. Por las noches se oían ruidos extraños en el techo de la azotea, como de alguien que caminaba. Decidí mantener bien cerradas las ventanas y las cortinas. Mi miedo se incrementaba luego de darme cuenta que los ocho episodios clave de la abducción coincidían de un modo u otro con “operativos” de la policía y con los “levantones” de los narcos:

Captura

Examen

Deliberación

Excursión

Viaje a otros mundos

Teofanía

Regreso

Consecuencias.

Si bien estos elementos no aparecen en todos los casos, se considera que hay un 84 por ciento de situaciones en las que el orden se cumple. Vino a mi mente el caso de un famoso político secuestrado, famoso por prepotente y arrogante, que de un día para otro apareció en su domicilio con una barba como de Rasputín, unas rosas en la mano y hablando de Dios y de “perdón”. Hasta la fecha no se sabe quién o quiénes lo “levantaron”.

Una característica fundamental que dicen vivir los supuestos abducidos es la amnesia, llamada “tiempo perdido” en el argot que popularizó el escritor neoyorquino Budd Hopkins, en su libro Missing time. Esta amnesia casi siempre impide a los protagonistas recordar el meollo del incidente. De inmediato vino a mi mente el editor y su vida disoluta que parece ocurrir dentro de una interminable bacanal que no deja registro del tiempo.

Por ejemplo, una persona vive una situación extraña de una supuesta abducción o visita extraterrestre a una determinada hora, más tarde, al mirar su reloj, ve que han pasado varias horas, pero no recuerda bien qué ocurrió en ese lapso del que tampoco recuerda bien cuándo ocurrió. A veces son horas, otras días. El “abducido” puede someterse a un estado de relajación hipnótica en el que las imágenes que la memoria se resiste a recordar, afloran progresivamente tal y como ocurre con la cruda aliviada con una sangría, por ejemplo.

Según los especialistas, los extraterrestres prefieren secuestrar personas desempleadas y jóvenes, preferentemente sanas y “normales”. Esto se lo dije al editor para tranquilizarlo cuando nos reencontramos en su oficina, no sé cuánto tiempo después de nuestra última borrachera.

—No creo que se interesen en ti, si es que temes por tu seguridad, mejor ñañaña.

—Lo que no entiendo es por qué el otro día me venían persiguiendo de regreso a mi casa. Casi amanecía y no pude reconocer quiénes eran, venían dentro de un vocho iluminado por dentro con una luz azul de neón. Parecían clientes de La Pulke. 

—¿Y cuántos eran?

—Casi no me acuerdo de nada, pero sé que me venían siguiendo. Sentí mucho miedo. Luego llega gente así a mi casa y ñañaña.

Se había dejado crecer la melena y la barba cuyos pelillos rojizos le brotaban sin dirección ni cuidado. Lo hacían ver extraño, distante de todo. La sombría quietud de su oficina era hipnótica y me hizo sentir presagios funestos, de que ciertamente alguien nos vigilaba más allá de los descascarados muros que nos envolvían con su olor a humedad, ceniza de cigarro, alcohol barato y ñañaña.

—Tranquilo, si los extraterrestres nos invaden, no nos irá peor de cómo ya estamos.

—Lo que no entiendo es si la abducción es contracultura.

El número salió tres meses después. Todo mundo se rió de nosotros y la revista se vendió muy poco. Nos tacharon de profanar el legado de Pedro Ferriz y Jaime Maussan.

Oigo voces y me siento vigilado. No sé si creer que esto es culpa de los extraterrestres o del ñañaña. Buscaré terapia en el Aviso Oportuno.

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