amor sexo y mentiras

Amor, sexo y otras mentiras

Cupido no es un ángel con taparrabo esperando flecharte. Al menos no el que yo conozco. Tampoco toca el arpa, pero se sirve de la música para conquistar. Sus labios son como gajos de mandarina que revientan. Tiene la piel dorada, igual al color de las almendras y sus ojos son rasgados, parecidos al último rayo de sol. 

Un día me enamoré de cupido. Me flechó con un bombón de chocolate, era el último que quedaba, nos dividimos mitad y mitad, pero mi parte la tomé de su boca. Luego me llamó por teléfono. No era año nuevo, tampoco Navidad, ni siquiera mi cumpleaños; no había lluvia de abril ni el día de la primavera, pero llamó para cantar como Steve Wonder: “I just called to say i love you, i just called to say how much i care”. 

Su primer tatuaje le hace honor a su razón, es la huella de un ave, la pata de una paloma, el símbolo de la paz y del amor. Es un hippie empedernido, a veces se queja del grabado, que le falta más color o que la paz no puede ser un símbolo. Tal vez ya no se identifica pero sigue siendo lo que es, apacible y bondadoso. Nunca lo he visto reventar, alzar la voz o golpear a alguien.

Su segundo tatuaje está en su pecho izquierdo, es un beso mío y se lo regaló de cumpleaños. No creo en los horóscopos ni pongo mi esperanza en ellos, pero me consta que los de febrero son unos entregados. Frágiles como granizo, dulces pero nunca empalagosos. Más soñadores que José el soñador. Se puede confiar en un acuario, no tengo dudas.

Nació prematuro, ochomesino, pero la libró. Llegó al mundo un 14 de febrero, destinado a ser cupido. Feliz cumpleaños cariño mío.

***

La nostalgia es un lugar peligroso. Es la que te lleva a responder los mensajes cachondos de un antiguo amor mientras te refugias del frío y del aburrimiento entre las sábanas. Pero se siente rico. El fuego te recorre conforme llegan los mensajes y sube la temperatura. 

Me sorprende lo emocionada que me siento a altas horas de la madrugada leyendo las explicaciones con sumo detalle de los lugares que quiere recorrer de mi cuerpo con su lengua como transporte. Cual olas que llegan a la orilla, cosquillas en el clítoris.

Si la nostalgia y la curiosidad pesan lo suficiente, el intercambio de mensajes se traduce en una visita. El viaje al pasado comienza desde que retomo el camino para su casa. Como si fuera un sueño y pudiera mirarme desde arriba, camino las calles familiares que me resultan ya totalmente ajenas. Y el hueco en el estómago, siempre el maldito hueco en el estómago que de pronto se convierte en un pozo profundo de extracción petrolera cuando ya lo tienes delante. La seguridad que pavoneaba en mensajes me ha traicionado, la muy maldita desapareció enseguida.

Me da pereza hablar con mis exes. A lo mucho es una cuestión de ego a la espera de una confesión que me declare como una diosa a la que extrañan. Esto, por supuesto, nunca sucede, y aunque sucediera, no creería ni una sola palabra. Creo que nos gusta que nos mientan. Agradecí que en esta ocasión, y después de años de no vernos, no dedicáramos minutos de nuestro encuentro a contarnos mentiras y en cambio fuéramos directo a lo que íbamos. 

La nostalgia enorme y su voz grave que dijo como arrastrando las palabras, “ven aquí, mi corazón”, fueron suficientes para mojarme. 

Emoción y culpa. Éxtasis y culpa. Alegría y culpa. Maldita culpa, ya estoy aquí cabrona, abandona este cuerpo ex-católico de una puta vez. ¿Qué chingados estoy haciendo aquí? Recorrer su anatomía con mis manos fue como entrar a oscuras a una casa que yo conocía, pero los muebles y las cosas que la llenaban están en sitios distintos. Fui despacio, descubriendo sus bordes con las puntas de mis dedos. Me emociono, dudo, tropiezo, no quepo de felicidad, me aburre.

Las calles son de quien las camina y el orgasmo de quien lo trabaja. Ya dentro, francamente, creo que ni me parecía una casa tan bonita después de todo. Tampoco espantosa, al menos no como la que me servía de escenario para recordarnos. La nostalgia también pesa y es engañosa.

Y así, por segunda o tercera vez en mi vida, en el abrazo de despedida ya no soy yo la que se tira resoplidos prolongados y lastimosos por el dolor de la separación, ni la que alarga el contacto ante lo inevitable, como casi siempre lo he procurado hacer al mero estilo Allie y Noah en El diario de una pasión. 

Es ahora el otro que parece que no se entera que solo quiero irme de ahí, que la nostalgia de pronto me ha parecido algo sobrevalorado, una mera ficción que acabamos de representar pachecos en su habitación con todo ese cariño-gozo-calentura-añoranza que ya no nos alcanza para viajar. 

Me entran ganas de reír porque todo me parece un performance, pero no lo hago para no cortarle el rollo y porque no quiero ser una patana. Pienso que estamos aburridos, más de lo que deberíamos. 

Nota para el futuro: si se ha de explorar, mejor que sean nuevos caminos.

 

 

***

Me encantan las cartas, más las secretas. Las que se echan por debajo de la puerta, las que se esconden entre páginas de libros, las que se meten en la ropa del destinatario o las que aparecen en el escritorio de la compu, como esta. Me gustan por ser clandestinas. Por ser un secreto condenado a descubrirse. 

En esta carta quisiera decirte tantas cosas y a la vez nada. Sigo dudando en dejarte esto por aquí. Todavía puedo arrastrar estas letras al basurero. 

Me cuesta escribirlas porque otra vez trataré de terminar esta aventura contigo. Cuando todo empezó, con el pollo al curry sobre la mesa, no imaginé cuántas otras veces te visitaría y después cuán difícil sería decirte “ya no, gracias”. 

A veces pienso que eres un desconocido. Que me diste de tu baba y yo de la mía pero solo nos usamos. Hubo otras veces que sí te amaba, cuando acariciaba tu pecho y me dejabas besar tus párpados. Entonces podía verte. 

Tengo temor de quedar como tonta pero ya no importa. Te confieso que llegué a imaginar una vida donde no eras un secreto. Donde pudiéramos construir algo que estuviera a la vista de todos. Pero esa idea siempre implicaba dejar muchas cosas atrás, incluso convicciones. Luego discurro que realmente no sé quién soy yo para ti. Quizá otra chica hermosa sobre tu cama.

A veces encontraba memes sobre fuckboys, decían que lo peor que puedes hacer es clavarte con uno, y encima preguntarle qué son. Así que mejor me guardaba mis preguntas para seguirnos cogiendo a gusto. 

Esa parte y todo lo que implicaba era una dosis de nervios y pasión tremendas. Escaparme en silencio de casa para llegar a tus sábanas, una inquietud que tenía recompensa. Me hacía sufrir, sí, porque el corazón se me salía del pecho, pero deseaba regresar a tu boca. A tus manos sobre mi cuerpo. Tú dentro de mí.

Pero aún con toda la gozadera, ya no puedo dividirme. Me quiebra. No soy el tipo de persona que puede deslindarse de algo y ya. El tema me pasó por la cabeza una y otra vez, hasta quitarme la paz. Yo que tanto amo la paz. Que tanto la busco. Así que sí, prefiero sacrificar una por otra. Siempre me quejo: “No se puede todo en la vida” y si se pudiera me quedaría contigo y con todo lo que amo, como la niña más consentida. 

Esta vez hay algo más fuerte que me motiva a terminar con lo nuestro. Una decisión que se aproxima y a la que quisiera responder con libertad. Sin ocultar nada. 

Sé que volveremos a vernos y eso me alegra. No quisiera de pronto no saber más de ti. Déjame seguir siendo una cómplice de tus relatos. Pero ya no me escribas para seducirme. 

Gracias por tanto barbón. Un beso a tus ojos hundidos.

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