Los polis no quieren que los queramos

Cometí un delito atroz. Uno grave, se necesitaron 10 policías para detenerme. Amenazaron con llevarme al Torito. Me trataron como a una delincuente. Me subieron a una patrulla y no me dirigieron la palabra. Me juntaron con los borrachitos y los monosos. Me hicieron esperar una, dos, tres horas. Me llevaron con el juez cívico. Me impusieron una multa. Me corrompieron. Me sacaron 500 pesos. Se creyeron compasivos. Según ellos, me hacían un favor. Me dejaron libre pero rabiosa. Me quitaron la paz. Estallé, grité, bramé, me retorcí y lloré. Me salió baba. Me salieron mocos. Hice el ridículo pero no me importaba quién me viera. Porque quería que me vieran; hacerme viral. Que el mundo supiera, aunque ya lo sabía: este país es asquerosamente y dolorosamente corrupto.

Y quizá nadie pueda cambiarlo. 

Quiero querer a los polis pero ellos no quieren que los queramos. 

Fotografía: Museo del Policía, Ciudad de México

***

Tres horas antes, alrededor de las dos de la tarde:

Dos jóvenes soñadores, inocentes, digamos ingenuos por no decir idiotas, salimos con una cámara y un tripié en mano de la Unidad Habitacional #321 en la colonia San Simón Tolnáhuac, cruzamos la avenida Manuel González y nos adentramos a un parque solitario de Tlatelolco detrás del Dominos Pizza. Nuestro plan es grabar unas escenas para un cortometraje. Dato curioso: llevamos prisa. Hacemos una, dos, tres tomas y voilá, se nos ocurre una idea genial, una que en nuestras mentes no implica violar la ley. Subirnos al techo de los andadores. Una toma rápida desde arriba sería precisa. Somos ágiles, trepamos en menos de cinco minutos. Preparamos el tripié, ajustamos cámara, enfocamos, click.

A lo lejos dos uniformados entran al perímetro. Los vemos, nos quedamos quietos. Aquellos se aproximan. Entonces sigo muy ingenua, pienso que serán amables. El oficial se pone debajo y con el tono menos cordial exige: “bájense”.

“Buenas tardes poli, claro que sí”, le digo desde arriba. Descendemos rápido, Marco, el otro ingenuo, les extiende la mano para saludarlos, se porta buena onda. Estamos relajados. 

Abajo nos espera el policía mexicano más cliché, un señor como de 50 años, chaparro, moreno y gordito. En un asalto nunca alcanzaría a un ladrón. Cero confianza, cero empatía. No sonríe. Ceño fruncido. Pienso que piensa pura maldad. No es capaz de responder el saludo ni de presentarse. Lo acompaña su colega, que sólo está para hacerle los mandados. Es una señora, unos años más joven que él. No parece poli, si la viera en la calle con ropa casual pensaría que es la señora que vende por catálogo. Cabello corto, rojizo, coscoja y morena. Es más amable pero igual de sinvergüenza.

No nos dan sus nombres, pero veo que el oficial lleva un gafete metálico que dice “Garrido”. Y comienza el fastidio. Garrido nos dice que estamos detenidos y que nos van a llevar con el juez cívico porque cometimos una falta administrativa. Le digo que tenga misericordia, que no tenemos dinero y que una falta administrativa se paga con dinero. Carajo, el hombre se prende. Como si le hubiera dicho que se fuera a molestar a su madre, se hace el indignado. Se da la vuelta y saca su arma mortal, un walkie talkie con el que llama a sus compinches. 

Me hace sentir que lo estropeo todo. Nos hacemos los ignorantes, me porto encantadora aunque estoy molesta: “Poli, no se enoje, perdón si lo ofendí”. Chale, le estoy pidiendo perdón al hijo de su madre. Marco continúa: “somos estudiantes, no sabíamos que no se podía subir ahí”. El otro sigue de divo, no nos escucha. Nos dice que vienen por nosotros. Se me enciende la mecha, quisiera arder pero me aferro a la esperanza de que estos brutos tengan compasión. Tratamos de razonar con la mujer, pero ella no tiene ni voz ni voto en la situación, ni parece que quisiera tenerla. Voy a estallar, voy a estallar, voy a estallar. 

Me sorprende su velocidad. Llegan por la derecha, por la izquierda y por el centro un montón de uniformados en sus bicicletas. Comienzo a contarlos en voz alta: “uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve (y un gordito que viene jadeando a toda prisa) diez, contra dos jóvenes indefensos, ¿se dan cuenta?” No, no se dan cuenta. 

Hay una señora paseando a su perro que mira la escena de lejos. Es empática porque se acerca a preguntar qué está pasando. Los polis ni se molestan en responderle, nos acechan con la mirada, pensando cuánto dinero nos pueden sacar. A Garrido no le sale el festín como quería, ahora tendrá que dividirse el atraco entre más personas. 

Si no convencimos a dos, menos a diez. Nos rendimos. Nos suben a la patrulla. El desastre sigue a unas calles de ahí, en el Juzgado Cívico CUH-3, ubicado en Paseo de la Reforma 705 en la colonia Peralvillo. Cuando llegamos no hay juez, es el cambio de turno. El suplente tarda dos horas en llegar y cuando por fin lo hace hay una fila de espera. 

Entre policías se tratan horrible. Los que están detrás del escritorio se sienten intocables. Emplean a los otros como sus chalanes, los mandan por los chescos y los más dejados quedan en ridículo frente a todos. Es una cadenita porque luego éstos van y se desquitan con la gente. 

Mientras eso sucede me dedico a que todos sepan por qué estamos ahí; discuto en voz alta con la oficial que nos detuvo. El tal Garrido ya no se acerca, ni siquiera nos ve a los ojos.

Marco y yo parecemos niños de excursión en este lugar. Los demás detenidos son en su mayoría indigentes. Están borrachos o drogados. Esperan acostados en el piso. Alcanzo a ver a uno maquillado de payaso, que sigue en su papel porque nos saca unas cuantas risas. Se cabulea al oficial que lo custodia: “ora, deme de su coquita, no sea gandalla”. Estar aquí es una pérdida de tiempo y a los guardias eso les encanta. Los verdaderos delincuentes pueden estar haciendo de las suyas allá afuera, pero que no te agarren tomando en la calle o sacando una foto en un lugar “prohibido”, porque entonces ya fuiste. 

De pronto aparece una luz en la oscuridad o eso es lo que creo. Otro policía con un rango más alto que escucha mi drama se acerca y saca su cartera. Nos pregunta si tenemos dinero para pagar la multa. Aunque juntamos 500 pesos le decimos que no, porque no queremos soltarles nada. Así que saca un billete de 100, nos lo extiende mientras dice “ustedes no tienen que estar aquí, no lleguen al Torito, paguen su multa como sea, pero páguenla”. Nos obliga a tomar su billete porque la verdad no queremos recibirlo.

El juez es un villano más grande. Menos piadoso, más codicioso. Nos dice que la multa es de mil 700 pesos por cada uno. Qué barbaridad, qué risa. Para cualquier pretexto tiene una solución. ¿No tienen dinero?, llámenle a sus padres y que vengan a pagar. ¿Ellos tampoco tienen dinero?, de acuerdo, pídanle prestado a alguien. ¿No tienen quién les preste?, entonces se van al Torito. Nos regresan a la sala de espera, donde insisten que paguemos la multa. Nos dejan esperando otra hora más, a ver si eso nos convence de llamarle a alguien. Al fin, Garrido nos vuelve a dirigir la palabra. Se presenta como héroe: “Convencí al juez de bajarles la multa a 500 por los dos”. Parece que adivina la cantidad que guardo. Estamos hartos de perder el tiempo, aunque el día está arruinado. No aguanto más y reviento por dentro. Marco mantiene la calma, se ocupa de sacar el dinero y dárselo, yo solo quiero salir de ahí. Mi mente les grita cosas horribles. Las menos violentas: miserables, malditos muertos de hambre. Grito, bramo, me retuerzo y lloro. Me sale baba. Me salen mocos.

Un ladrón te despoja de tus pertenencias en menos de un minuto, ellos se tomaron toda la tarde. 

***

Debido a un encargo en el trabajo, meses antes visité el Museo del Policía en la colonia Juárez. Me sorprende una foto que revela cómo antes, en algún tiempo, hubo una comunidad cercana a sus policías y unos policías cercanos a su comunidad.

La imagen exhibe a un policía de tránsito sonriente y parado entre los regalos que la gente les ofrecía en su cumpleaños o en Navidad. Vecinos y uniformados tenían una relación personal: conocían el nombre del otro, se saludaban por las mañanas y se despedían por las tardes.

La foto no tiene ficha de registro, pero el guía del museo calcula que el retrato es de 1945. La veo y pienso que quizá esa foto es el único objeto entrañable en el lugar; lo demás son armas, uniformes, insignias, decretos, una escultura en honor a los oficiales caídos.

El Museo de la Policía no parece exposición, sino plataforma de publicidad institucional. En una mesa se ve el casco de un granadero y a su lado tres granadas usadas. U-sa-das. También se asoma en una de la salas la fotografía de Arturo “El Negro” Durazo, jefe de la Dirección General de Policía durante el sexenio del priista José López Portillo, ligado a la corrupción millonaria y la brutalidad policíaca. ¿La policía tiene algo que presumir?

El guía del museo, Alejandro Álvarez, me platica que sí: “Son mínimas las acciones del policía “malo” y son muchísimas las acciones del policía “bueno”. Las malas son hasta de mentiritas, ¿no? Cuando alguien corre peligro, el primero en arriesgar su vida es el policía y ni siquiera te conoce”.

Pero yo no he conocido un oficial de la capital que haga algo por mí. Al contrario, si han estado ahí es para hacer mi vida más complicada.

***

Cuando Marco y yo salimos del juzgado odio a todos los policías. Ninguno me parece de confianza. Me preocupa pensar que tienen permiso para portar un arma y que en una situación complicada ellos toman las decisiones. Somos indefensos, quienes deberían protegernos, nos agreden. Parece que también nos odian. No quiero poner mi vida en sus manos.

Pero tampoco quiero cargar con el resentimiento. Como ciudadanos, nos toca obedecerlos y por qué no, ser cordiales. Evitar discusiones y en la medida de lo posible alejarnos de ellos. Me apena que ya no existan esos tiempos, cuando policías y ciudadanos nos saludábamos en la calle y nos queríamos. Pero quizá nadie pueda cambiarlo.

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