Cabalgando con Alemán en sueños de cuarentena

Ilustración: Peligrro / @hola_peligrro

“No mameeees güey, soñé con Alemán. No es broma”, le grito a mi novio una mañana de cuarentena. Él, también admirador del rapero norteño, me pide detalles. Así que le empiezo a contar emocionada y un poco excitada. En estos tiempos de esperanzas encerradas, los sueños se han convertido en lo menos agobiante de nuestras vidas:

Las carreteras oaxaqueñas abundan en mezcal y grados centígrados. Atravesamos un poblado rodeado de presas y balnearios hasta llegar a un alto. Un joven menudo, vestido como turista estadounidense; bermudas con bolsas amorfas, sneakers Nike, camiseta sin mangas y lentes Ray-Ban, se acerca a nuestro automóvil y nos pide ride.

Mis padres no comprenden nada de lo que dice, así que mi hermana y yo hacemos de traductoras. Al ver su perfil exótico, lo invitamos a subir enseguida. “Te dejamos en la próxima gasolinera, ahí seguro hay taxis que te lleven de regreso”, le ofrezco al extraviado. Yo también debo bajar en la siguiente parada. En el camino, nos cuenta que ha vivió un par de meses en Líbano y que busca a su novio, a quien perdió de vista hace poco. 

Decepcionadas, mi hermana y yo decidimos sacar un bote de helado y embucharlo para calmar el incendio en el que se ha convertido este auto. En la gasolinera descendemos y divisamos, a pocos metros de distancia, otro balneario con un tobogán altísimo, que desemboca en lo que parece una pileta de agua profunda. 

Compramos cucharas para el helado, comemos un poco y despedimos al gringo con un generoso bocado. Le digo adiós a mis padres, pues tengo que llegar a la capital oaxaqueña, así que le hago la parada a un taxi comunitario. Pago mis veinte pesos y apuesto por tomar una siesta.

Entonces se sube él, un hombre que me parece conocido. Estoy segura que lo he visto antes; es moreno y delgado, tiene tatuajes en los brazos y un flequillo de cabellos chinos encrespados por el calor, como un puñado de pelos púbicos. Usa un overol de mezclilla y un paliacate en el cuello. No nos saludamos.

Pasan los minutos y, sin previo aviso, estoy encima de él, cabalgándolo como a un animal salvaje -gracias Joe Exotic por estimular a mi subconsciente con tal sutileza-. Abro los ojos y volteo su cara hacia mí, pues me doy cuenta de que no se la había visto. Entonces caigo en cuenta, es él, no podía ser otro. Es Alemán, el rapero, el rockstar de Cabo San Lucas que enrolla porros y va a las playas de La Baja a comer cuadros. Su risa ronca confirma mi hallazgo. Inevitable no reconocer a quien escucho religiosamente en las pedas con los amigos.

No me lo creo. ¿El calor le ha afectado tanto como para cogerse a una desconocida a bordo de un taxi? ¿No tiene novia este güey? Me detengo por unos momentos, incrédula y confundida. “¿Qué pasa, mami? Síguele”, me dice. Se vuelve a carcajear. Seguimos en lo nuestro sobre el Tsuru en movimiento. El chófer no voltea a vernos por el retrovisor, su mirada está fija en el camino que nos aleja de Salina Cruz, o quizá sea Juchitán.

En este momento tengo claridad sobre muy pocas cosas, solo sé que quiero que nuestros cuerpos sigan rimando como la estrofa de una de sus canciones (“pásame la weed, mi amor/ el mundo es para nosotros”). ¡Juro que me esfuerzo! Los dos sudamos como géiseres, somos un performance, la encarnación humana de Hierve el Agua.

Subir, bajar, gritar, arañar, sujetarnos las caras con una desesperación furiosa. De nuevo pierdo el ritmo, me detengo a pensar en el hecho de que Alemán está dentro de mí y todo lo que eso implica. Veo sus tatuajes y, esperanzada, añoro que me dé una oportunidad y me vuelva famosa, así que reúno todo mi esfuerzo para estar a la altura de las chicas de sus videos y le regalo un movimiento de nalgas que no sabía que mi fisionomía me podía permitir; mejor que Porn Hub.

Ninguno de los dos sabe en qué momento, pero el sexo culmina. Ahora estoy sentada como si nada en el asiento trasero de un taxi. Me muero de ganas por contar mi experiencia, por que todos sepan que me di al rapero más famoso de México. Tengo que preparar mis coreografías y armarme outfits escandalosos por si me entrevistan en la tele. ¡Es ella! ¡Es la morrita que se cogió a Alemalandro! Me río mientras el vehículo sigue su rumbo por un camino que no podremos encontrar en ningún mapa jamás.

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