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Necrológica para el Dr. Rock & Roll

Pintura: Víctor Rodríguez / @victorrodriguez

Día siete mil de cuarentena. Busco algo de comida preparada porque me parece aberrante la secuencia de cocinar y lavar una vez más. En eso, llamada de mi madre. Respondo enseguida porque no es costumbre que llame sin escribir antes. “Hola ma´, ¿cómo estás?”. Su aspaviento advierte que se avecina una mala noticia y eso quiere decir que mis planes de comer están por verse arruinados. “Mal, se murió Arturo”. Muy arruinados. 

Lo primero que pasa por mi mente es un “chale” seguido de un “¡qué poca madre!”. Cuando me dan este tipo de noticias no me convierto en la persona más elocuente. Después de callar unos segundos, le pregunto a mi madre cuándo, ligeramente resignado. “Hoy en la madrugada… lo llevaron al hospital el viernes porque se sentía muy mal y hoy se peló”. 

No lo proceso, me cuesta trabajo comprender. Arturo era el doctor de cabecera de toda la familia, nos recibió a mis hermanas y a mí cuando nací. Siempre estuvo dispuesto a chequearnos, recetarnos medicinas o recomendarnos enérgicamente que nos dejáramos de hacer pendejos porque no teníamos nada. 

Pero, en términos generales, Arturo atendió todos mis males y malestares durante los 27 años que viví en México. Me cosió el dedo, me operó la nariz, quitó algunas verrugas de mi cuello y otras zonas que no pienso revelar; me revisó siempre que tuve fiebre o algo me causaba más dolor de lo normal. Era muy bueno con el diagnóstico y siempre se chutó la interminable línea de cuestionamientos médicos que tuvieran mis tías, hermanas y padre sobre cualquiera de sus malestares. Todo a cambio de una sola cosa: comida de Rosa.

Rosa era mi nana. Alguien muy parecida a mi mamá, con la diferencia de que su comida es espectacular. Nació en un pueblo que se llama Altepexi, en Puebla. Desde muy joven comenzó a trabajar en la casa de mis abuelos, donde su tía, Agustina, la nana de mi madre, le enseñó a cocinar. Después trabajó vendiendo antojitos a los turistas en la costa veracruzana y también vivió en Monterrey. Domina la tortilla de harina y de maíz. Finalmente llegó a la Ciudad de México, capital calórica y paraíso de lo frito, donde vive hasta el día de hoy. 

La experiencia gastronómica de Rosa es vasta y redonda. Pero, como es de Puebla, su especialidad es el mole. Primero, el poblano tradicional con dos tipos de chiles, plátano macho, hierbas secas, chocolate, almendras y cacahuates. Es el que sirven en las fiestas del pueblo para las 500 familias de invitados. Mezclan 40 kilos de mole con carne de unos 70 guajolotes, preparan también 30 kilos de arroz, 30 de frijoles; compran refrescos, alcohol y llevan chingos de tortillas. Si preparan toda esa comida, contratan a una banda y compran algo de pirotecnia porque van a tener una buena fiesta de pueblo.

Después está un manjar mítico y exótico llamado mole de caderas. Más que una consistencia espesa, como la del mole tradicional, el de caderas es un caldo que se prepara con carne de chivo. La temporada del verdadero mole de caderas es corta y un platillo puede alcanzar los mil 200 pesos. Lo que hace a este manjar algo tan único es la alimentación de los chivos de donde sacan la carne, porque tienen que pasar una temporada larga con alimentación muy específica basada únicamente en cactáceas.

A Arturo Lara le encantaba la comida, y cuando probaba alguno de esos dos platos los elogiaba como si fueran lo mejor que hubiera probado en su vida. 

Otra de sus particularidades era que siempre se manifestó abiertamente a favor del uso recreativo y medicinal de la marihuana. Era un chico rebelde y al mismo tiempo un veterano de los foros que vio en vivo a todas las bandas de rock que se puedan imaginar. Sin miedo a equivocarme, puedo decirles que iba a más de 30 conciertos al año. Por eso, para mí fue y siempre será el Dr. Rock & Roll.

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Ir a su consultorio implicaba echarle un ojo a su stash, el cual guardaba celosamente y con orgullo. Me imagino que cuando retiraron los muebles y equipo médico de su consultorio, hubo algunos interesados en encontrar ese pequeño tesoro. Él decía que era para sus pacientes y aunque era probablemente cierto, sus ojos lo delataron más de una vez. 

Intuyo que en muchas de las comunidades, sociedades, poblaciones o civilizaciones a lo largo de la existencia humana han existido sanadores, curanderos, doctores o figuras similares. Eran, son, personajes centrales y esenciales de nuestra historia. Dejamos en sus manos nuestros cuerpos enfermos, mutilados, rotos y maltratados para que los reparen y nos permitan estar aptos para el mundo nuevamente.

Por eso, para la colectividad es algo desolador perder a un sanador. Es como ver caer uno de los pilares de la comunidad. Sólo hay que mirar nuestro entorno actual para darnos cuenta que, por periodos, el mundo gira en torno a ellos. Extrañamente, la figura abarca la colectividad y la individualidad porque cuando una misma persona procura tu salud durante décadas sabe cosas muy íntimas y privadas sobre ti. 

La familia de Arturo y la mía son cercanas. Junto con Tere tuvo tres hijas: Ana Paula, Paty y Yeyé. Aunque las tres eran adolescentes cuando yo seguía en el kinder, jugaban conmigo y me aguantaban más que la mayoría de los adultos. Tenían más o menos la misma edad que mi hermana mayor y a veces iban de visita o a pasar las tardes en mi casa.

No pasó mucho tiempo para que mi yo de cinco años, con las nalgas todavía meadas, se enamorara de Yeyé, la mayor de las tres. Así fue como las visitas de Tere y Arturo fueron las más esperadas durante varios años, siempre y cuando vinieran con ella. En ese momento no lo racionalizaba, sólo sabía que Yeyé me gustaba y que prefería estar con ella que con nadie más. Esto se lo hice saber a todo el mundo. Le decía a nuestros conocidos mutuos que quería que fuera mi novia. 

Si todo esto suena infantil es porque lo fue. Ella tenía 18 años cuando entré a la primaria y nuestra historia (en mi mente) terminó cuando conocí a su novio: un rebelde sin causa, de jeans rotos, chamarra de cuero, mata larga y moto. Mi madre apodó a mi rival “La mujer”. Y dado que yo veía muchas películas de caballeros y castillos, me pareció fácil retar a un duelo a “La mujer”. Suponía que el corazón de Yeyé se decidiría por mí en un combate cuerpo a cuerpo en el pasillo de la casa, junto al baño de visitas. Como era de esperarse, la superioridad física fue suficiente para doblegar mis esfuerzos y me retiré de la arena con el corazón y el orgullo magullados. 

Eventualmente el enamoramiento se fue, pero el cariño sigue ahí y considero a Tere, Arturo y sus hijas como de la familia.

Después de escuchar la noticia me quedé catatónico durante dos horas. Imaginé el cuerpo del Dr. Rock & Roll helado, con la cara morada, hinchada y sin vida, tirado en una cama aleatoria de un hospital que queda cerca del Ajusco. Me fulminó la idea de que Tere no pudo despedirse de su marido ni pasar tiempo con su cadáver. Por un breve momento, entré en pánico por la idea de no volver a ver a mis padres gracias a esta pandemia de mierda. 

Al final de nuestras vidas algunos piensan que no pasa nada, que nos convertimos simplemente en comida para los gusanos. Pero también hay quienes creen en la reencarnación o la vida eterna. En la cosmovisión de los egipcios, los muertos se presentaban ante los dioses y pesaban su corazón contra la pluma de una garza; si este era tan ligero como la pluma podían acceder a la vida eterna. No sé si creer en todo eso, pero me da un poco de esperanza. Aunque en el caso del Dr. Arturo, seguramente su corazón fue pesado contra un buen cogollo de mota.

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