El cielo es una cantina jarocha

El sábado murió mi tía favorita. Tenía pocas horas de haber sido canalizada a terapia intermedia. Es bien rara la sensación de acostarse con esa buena noticia y despertar con una llamada de mamá llorando al otro lado del teléfono. “Tú tía, hijo, tú tía”. Con su voz quebrada, entender lo inevitable: mi tía Lulú había muerto por un paro cardíaco y con ello también todas las esperanzas de mi familia “de que saliera de ésta, de la peda que se iba a armar cuando se recuperara”, del fin de año bromeando todos, recordando este suceso, en la larga mesa de la casa de mi abuela: al final ella, oronda, enunciando sus ocurrencias como que “yerba mala nunca muere”, porque había sobrevivido al covid-19.

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Mi tía Lulú tenía 70 años. Además de ser mi tía favorita, era toda una institución jarocha de la alegría y la diversión. Mi tía podía hacer música con el filo de una hoja o con la boca de una botella. Mi tía sabía contar chistes con el don jarocho del humor y la teatralización de los brazos. Mi tía sabía cambiar una llanta sin ayuda de nadie. Limpiaba tan bien tanto como sabía hacer carpintería o reparaciones en el hogar. Le dabas alguna lata de aluminio y podía convertirla en lo que su imaginación dictaba. Coleccionaba curiosidades como el pollo que se hizo famoso porque algunos choferes lo usan como claxon. Mi tía sabía y hacía un montonal de cosas más: era la persona más independiente que yo conocía. La representación de una época y un modo de vivir en el trópico, la conexión del pasado con el presente: el del Veracruz que iba a la hora de la botana a la cantina para disfrutar su caguama Sol, con música en vivo de fondo, saludando siempre con la copa en lo alto y la bulla a todo lo que da.

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Antes de que se pusiera de moda aborrecer a los hombres, mi tía ya los aborrecía. Pendejeaba a todo aquel que no atendiera con velocidad sus instrucciones. Por eso, cuando una persona, en especial un hombre, no sabía hacer lo que tenía que hacer, espetaba: “Este no sabe, ta todo sonso, ta todo BA-BO-SO”. Aún recuerdo el día que se amargó porque un amigo de la entonces pareja de mi prima Adriana no le supo servir la cerveza: le había llenado el vaso más de espuma que de líquido. Peída, mi tía le dijo en su cara: “Eres un BA-BO-SO, no sabes servir ni una pinche cerveza, y el que no sabe servir una cerveza, no sirve para nada más”. El tipo se indignó, endureció sus facciones en señal de enojo y le quiso recriminar su supuesta falta de respeto, con un “oiga señora, no me falte el respeto”, a lo que mi tía, más enojada, le volvió a decir: “Aparte de BA-BO-SO, pendejo. Tú me lo faltaste primero sirviendo así la cerveza, aaaa-sí NO-SE-SIR-VE, SON-SO y sonso serás”. El pobre hombre se quedó rumiando su propio enojo, con su ego herido: sus amigos optaron mejor por enviarlo a su casa. ¿El escenario? Una de esas cenadurías de la periferia que funcionan como cantinas y que, de manera clandestina, sirven cerveza barata. 

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Mi tía estuvo en todos mis cumpleaños. En uno de ellos, se acercó a nosotros a corear canciones de música mexicana. Nos enseñó a tirar el vaso cuando José Alfredo sonaba en todo lo alto. Sé que muchos de mis amigos adoraban a mi tía. Por su desenfreno y su resistencia a la bebida, le pusieron la Tía Buk, por Bukowski.

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No me considero una persona religiosa. Pero se siente bien triste recitar “Ten misericordia de María de Lourdes Valiente Hernández, de ellos, de nosotros, y del mundo entero”.

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A mi tía Lulú le salían decenas de enamorados. Perdí la cuenta de las veces que, en las cantinas, un caballero galante se acercaba a invitarle una cubeta de medias o de caguamas. Regularmente las rechazaba, pues su sueldo de jubilada del IMSS le permitía pagar no sólo su consumo, sino el de las personas que la acompañaban. Muchas veces no aceptaba las cubetas porque quería evitarse la fatiga de lidiar con esos hombres que creen que porque invitan una cubeta tienen el derecho de abrazar o llamar a la recién conocida como “mi amor”. Cuando alguien le decía eso, ella enojada respondía “no, no, no, yo no soy tu amor”, corriendo así al fallido galán de su mesa.

Uno de esos tantos pretendientes fue uno de sus mecánicos. Todo el tiempo le insistía invitarle un café para platicar. Quizá, harta de la insistencia, mi tía Lulú, en una tertulia, nos contó que le dijo: “A ver, mijito. Para empezar, a mí el café no me gusta. Me gusta la cerveza”. “Bueno” —respondió el mecánico—, entonces le invito una cerveza”. A lo que mi tía, directa, le volvió a decir: “Mira, mijito, yo tengo dos carros. Tengo tres casas. Soy jubilada y mi pensión está por encima de los 70 mil pesos. Para que yo te acepte una salida tienes que tener eso y ganar más que yo”. El mecánico, por obvias razones, al escuchar los múltiples requisitos, se puso triste. Mi tía, conmovida, le palmeó la espalda y le dijo: “No te pongas triste, además, para finalizar, a mí los hombres ni me gustan”.

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Mi tía se crió en un tiempo en el que llamaban “poesías” a los poemas. En una época en la que el poema, como la canción, conectaba con la vida popular. Contaba mi tía que era común que en las cantinas jarochas se hicieran batallas de versos de doble sentido como el que sucede entre Jorge Negrete y Pedro Infante en Dos tipos de cuidado. Por eso se sabía muchos poemas y canciones de memoria. Sabía contestar a los insultos de doble sentido con gran agilidad. En cualquier momento, avanzada la rumba, recitaba alguno. Y si había guitarra, nada le impedía que se pusiera a rasgarla para cantar “El mono de alambre” o “Las mañanitas Jarochas” y así ambientar la fiesta. Si mi tía escuchaba a una mujer llorar por los designios de su marido le recitaba a la Storni: “Tú me quieres alba, me quieres de espumas, me quieres de nácar”. Si había mucha seriedad, se ponía a cantar: “Quién iba a pensar, quién iba a pensar, que por una miada lo iban a matar”. Y si nos quería poner tristes, se ponía a recitar en voz alta: “Naila, di por qué me abandonas tonta, si bien sabes que te quiero, vuelve a mí”.

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Mi tía siempre cargaba un trapo para limpiarse el sudor. Pertenecía a ese selecto club veracruzano que usaba talco en el cuerpo.  Siempre olía a perfume. La conocían en muchos lados, pero sobre todo en los barrios bajos y en la mayoría de sus cantinas. Cantina que iba, cantina que la saludaban con sumo respeto; además la atendían muy bien. No le gustaba cocinar, pero lo hacía en ocasiones especiales. Era buena guisando calamares a la veracruzana, le recuerdo también una deliciosa pasta fusilli con camarón. Pero odiaba los chilaquiles: les llamaba la comida de los patos.

Era buena no sólo manejando cualquier tipo de auto, sino que sabía tenerlo impecable y diferenciar qué le fallaba según el tipo de ruido que emanaba. Le encantaban los autos viejos y nada lujosos, como los vochos, y le encantaba ponerle apodos. Tuvo un Datsun ruidoso y blanco al que le puso El Grillo. Compró una caribe a la que llamó La Chica Dorada. Al chevy plata de mi mamá le puso El Santo. A la camioneta de mis padres le puso La Tomata.

Mi tía fue enfermera más de 30 años. Presumía que los desvelos no le hacían nada, porque casi siempre laboró el turno nocturno. Era la que inyectaba a la familia, también era esa amistad a la que se le llamaban para que inyectara a otras personas. No le gustaba endeudarse y le molestaba la gente que lo hacía. Hace poco ayudó a mi hermana a sacar su laptop y aunque era puntual para sus pagos, nunca sabía la cantidad de crédito que tenía disponible, pues sólo usaba sus créditos para lo elemental. “Señora, usted puede llevarse la tienda si usted quiere”, le dijo alguna vez la dependienta de Liverpool. Todo mundo confiaba en su palabra. Una vez a Humberto, uno de sus mejores amigos, le prestó ahorros sagrados, destinados para alguna emergencia surgida de pronto para el lupus de su esposa. Tal día le prometió pagarle y así fue. Pero ay de ti si caías en la desdicha de su enojo porque enojada era la imagen viva del rencor. Pocas veces la vi así. La más memorable fue un 31 de diciembre: tuvo a todo un patio del barrio bravo de La Huaca totalmente atemorizado. Por eso mi mamá solía decir: “Chacho, a Marilú se le guisa aparte”.

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Mi tía Lulú tenía una amiga que, por su carácter, era considerada el terror de la zona de mercados: María Eugenia, que murió apenas hace no mucho. Era tan alegre y agradable como ella. Las recuerdo cantando “La Cucaracha” en una de las reuniones familiares. De María Eugenia me impresionaban sus técnicas para desmayar a sus enemigos, pero más su puño: el más grande que le he visto a una persona de menos de 1.60 metros de estatura. María Eugenia era tan hábil que desarmaba policías. Apenas alguien molestaba en la mesa en la que departía con mi tía tranquilamente, se transformaba y se levantaba para tirar guante. Mi tía contaba que un día tuvo de “esas pedas” en las que uno bebe tanto al grado de no acordar cómo se llegó a casa. “Ese día me levanté y salí de la casa y me di cuenta que el auto no estaba”.

—¡El auto −me dije− ¡Ya me lo robaron! Entonces me habló María Eugenia y me dijo:

—Oye Lulú, ¿estás en las Cazuelas?

—No.

—Pensé que sí porque acá está tu auto.

—Ah, chingao, sí es cierto, que allá lo dejé. 

“Entonces tomé mis cosas, fui por ella, por el auto y seguí rumbeando. Me fui con ella a curármela”. Desde la muerte de mi abuela, nunca vi tan triste a mi tía Lulú por la muerte de alguien, como aquel día que se enteró de la de María Eugenia. Aún las recuerdo, a ambas, alegres, con la música sonando en el patio de mi abuela, haciendo el paso de “El pajarito”.

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Cuando era niño, la casa de mi abuela estaba siempre llena. De amigos de ella, de mis tíos, de mis padres. O de clientes que esperaban, a la hora tranquila de la tarde, en las mecedoras, a que les leyeran las cartas. Los fin de año también. Mucha gente invitada que no tenía dónde pasarla. Mucha gente amanecía con nosotros, la amistad de mi abuela o de mi tía Lulú funcionaban como un refugio para muchos de sus conocidos. De esa casa, hoy sólo queda el comedor con ese viejo cuadro de la última cena y el gran patio trasero, ahí donde solían hacerse las grandes fiestas familiares con marimba, grupo y teclado, pollo y arroz con menudencia. Murió mi abuela, la casa cambió. La sala dejó de ser la sala, ya no existe, como tampoco existe ese viejo cuadro de las maravillas del mundo que tanto le encantaba.

Nunca me di cuenta cuando se fueron muriendo, o mudando, o alejándose todas esas personas que iban a la casa de mi abuela los fines de semana. La casa se fue vaciando, poco a poco. Con la muerte de mi tía Lulú, me doy cuenta que quedamos muy pocos de esa gran familia. Se empieza a sentir la verdadera soledad. Esa que cuando era un imberbe adolescente fingía sentir sólo porque pensaba que nadie me entendía. Ahora extraño todo eso y siento cómo crece un aire solitario. Es como estar en una playa, solo, escuchando el sonido del pasado en las caracolas del mar.

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La última vez que vi a mi tía fue un domingo que hicimos hamburguesas. Estaban mi hermana y mi mamá. Yo ese día estaba crudo y se enojó porque era el único que no estaba bebiendo cerveza pues preferí desintoxicarme con agua de limón. El último favor que me pidió mi tía fue, ya entrada la noche, que le trajera un par de latas de cerveza Sol de la hielera que estaba en la cajuela de su auto. Le tomé una foto porque la vi tan feliz de platicar con mi mamá grandes anécdotas. Mi hermana por su parte grabó una historia para Instagram dónde mi mamá narraba, entre otras cosas, cómo es que mi hermana se salvó de llamarse Amparo Justina. 

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Pensar en mi tía es hablar de las grandes rumbas que tuvimos. Era una enciclopedia cantinera. Lugar por el que pasábamos, lugar que señalaba que había ido, aunque no en todas las hubiera pasado bien. “Ahí está bonito”, decía si le gustaba. “Ahí ta feo, ahí ta churpio”, si era todo lo contrario. Conocí muchas cantinas gracias a ella, que me llevaba siempre y me contaba las grandes historias familiares con humor mientras su fiel compañera cerveza Sol descansaba sobre su mano. Me encantaba conocer su mundo, sus amigas, cómo hablaba de ellas con sumo respeto y cómo ellas la atendían con cariño y familiaridad cuando iba a visitarlas.

Tenía amigos en todos lados, sobre todo de la comunidad LGTBI que asiste a cantinas de la periferia de Veracruz, donde suelen hacerse shows travestis o drags: cuando llegaba, muchos corrían a abrazarla y presumía: “Ella es mi amiga, él es mi amigo, mira él es mi sobrino, cuando venga me lo atiendes bien”. En una de esas últimas francachelas me invitó a una de esas tiendas de abarrotes que funcionan como cantinas clandestinas, en las que la gente suele llegar a curarse una cruda con la misma efusividad con la que se saludan como ingenieros o licenciados; también recuerdo que me llevó a cobrarle —siempre prestaba dinero y casi siempre le quedaban a deber— a un feligrés al Templo de la Santa Muerte ubicado en La Pochota: finalizamos el día comiendo caldo de rubia hecho por una de sus amigas.

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Estoy seguro que muchos que la conocimos están recordando ahora mismo la última vez que conbebieron con ella. Que habrá quien, al pasar todo esto, llegará a alguna cantina, pedirá una caguama Sol y un vaso extra que llenará como si mi tía Lulú estuviera aún ahí. Estoy seguro que yo seré de esas personas. Muchos aún estamos en shock: no entendemos cómo es que ya no está entre nosotros. No es para menos: estoy seguro que para muchos de nosotros era de esas personas inmortales, que siempre estarán ahí toda la vida, porque dominan el arte de la rumba y el cotorreo, que nunca van a morir por su enorme resistencia a la fiesta, que son ellas las que te van a terminar enterrando aunque te lleven muchos años de diferencia.

Si es cierto eso de que cuando la gente muere llega al cielo, “el cielo debe ser entonces una gran cantina jarocha”, tal como me dijo una amiga cuando le conté que mi tía había muerto. La imagino reunida al lado de todos nuestros ancestros haciendo reír a la inmensidad poderosa con sus grandes chistes y sus grandes anécdotas.

  1. Que hermosas palabras, si bien la convivencia no fue mucha, se que era una gran mujer, y siempre la vi como mi tía, al ser mamá de Jorge y sobre porque apesar de ya no ser pareja, siempre estuvo al pendiente de mi Tío Tito, a quien también perdimos este año y quien también dejó un vacío enorme. Que sus recuerdos y anécdotas siempre vivan en nuestros corazones

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