Yo no soy el Dalai Lama

La vi desde que llegamos al lugar: bajita, tetona, de buenas nalgas. Entre 30 y 35 años. Labios gruesos y facciones angulosas. Llevaba unos Nine West azules con tacón de aguja de 12 o 15 centímetros y expelía el humo de su cigarro con lentitud de mujer fatal. 

Una delicia.

Me senté frente a ella y pedí una León en botella, sin vaso. Mariana y Roberto, en cambio, ordenaron cervezas alemanas de cien pesos, espesas y chocolatosas, en vasos enormes. Por más que lo había intentado, no conseguía encontrarle el gusto a esos orines europeos. Sería que a mí me gustaba la cerveza mexicana y no estaba interesado en hacerle creer a nadie que era sofisticado y cosmopolita, así que me puse a sorber mi León y a masticar salchichitas bañadas en salsa de tomate mientras observaba a la mujer de los Nine West azules. 

Una media hora después recibí un mensaje. Sofía. Me informaba que iba a salir con su amiga el Águila. Una cabeza de chorlito que se había puesto implantes en los senos y usaba pupilentes azules. Trataba de darme celos, pero no lo consiguió. Apagué el celular y me bebí de un sorbo lo que restaba de mi chela. De un tiempo a la fecha se habían puesto de moda estos “depósitos” que vendían cervezas europeas o “artesanales” a precio de oro. Unos años atrás habían sido mezcalerías que consiguieron hacer del mezcal, una bebida para albañiles con garganta de acero, el trago predilecto de delicados aspirantes a artistas e intelectuales. Y así una gran parte de la vida nocturna de la Ciudad de México se movía dócilmente al ritmo que le marcara la mercadotecnia. No me extrañaría, si mañana el excremento se pusiera de moda, verme arrastrado a un bar de mierda.

Pero en tanto ese mal día llegara, seguía aplastado aquí, mirando con lascivia el escote de mi vecina y riéndome de las gracejadas de Roberto; un tipo experto en hacer imitaciones y contar historias divertidas. Historias que desde nuestra segunda cerveza comenzaron a hacer reír a la mujer de los Nine West azules, quien primero comenzó a soltar risitas discretas y luego abiertas carcajadas. El siguiente paso ocurrió con la naturalidad con que una leona le destroza la garganta a un ñu para alimentar a sus cachorros y al huevón de su marido: Mariana invitó a nuestra vecina a unirse a la tertulia y ella depositó, gustosa, sus nalgas macizas y redondas a mi costado derecho desde donde siguió carcajeándose de las idioteces de Roberto y expeliendo bocanadas de humo sin parar. 

Se llamaba Ivana, era “creativa” en una agencia de publicidad y, según nos dijo, estaba esperando a su marido, un productor de comerciales, quien debido a una emergencia todavía tardaría un tiempo en llegar. No te preocupes —le dijo Mariana—, nosotros no pensamos irnos pronto. Te puedes quedar aquí todo el tiempo que quieras. Ivana agradeció y antes de beber de su whisky con agua mineral, puso su mano sobre mi rodilla un instante, provocándome una erección instantánea la cual tuve que apaciguar pensando en los discursos del Presidente que había escuchado por la tarde. De cerca, Ivana era más bella de lo que aparentaba y luego de besar su mejilla, su perfume se me instaló en el paladar, mezclado con el regusto de la coca que me había estado metiendo cada vez que iba al baño. 

Una hora después, aproximadamente, apareció el esposo. Un tipo como de su edad, pálido y vencido por la calvicie pero afable y predispuesto a la juerga. En menos de 15 minutos se bebió tres tequilas y comenzó a tirarle descaradamente los tejos a Mariana, quien, debido a su posición como directora del departamento de Compras en una transnacional, se había acostumbrado a  los halagos y la lambisconería, y absorbía sus embates con donaire mientras yo me dedicaba a imaginar de qué color, tamaño y textura serían los pezones de Ivana. Rosados o morenos, pequeños o grandes, lisos o rugosos. Todas las posibilidades me electrizaban.

Ella, acostumbrada, supuse, al comportamiento de su marido, siguió como si nada y en determinado momento se levantó para bailar una canción infame que sus caderas parecieron no resistir. Mientras se balanceaba suavemente, me estiró la mano invitándome a bailar, a lo cual yo me negué con un leve movimiento de cabeza. Los tipos duros no bailan, le dije. Y ella, carcajeándose, se restregó de espaldas contra el cuerpo de Roberto, quien ya se había levantado para payasear realizando movimientos espasmódicos a su lado.

Así estuvieron unos 15 minutos más, moviéndose al ritmo de aquella música, hasta que el esposo propuso seguir la fiesta en su departamento. Sin pensarlo ni un segundo, liquidamos la cuenta —una pequeña fortuna— y nos trepamos en los autos para seguir a nuestros nuevos amigos hasta un moderno edificio ubicado sobre la avenida Insurgentes. En el trayecto, no pude evitar darme cuenta de cómo Roberto, a la hora de cambiar velocidades, metía la mano bajo la falda de Mariana y la dejaba ahí unos instantes mientras ella cerraba los ojos y suspiraba profundamente. Por fortuna, el recorrido fue corto y en un elevador tapizado de espejos, subimos hasta el piso 9 carcajeándonos y bebiendo de las cervezas que habíamos comprado en el camino.

El departamento, exquisitamente decorado con un estilo minimalista, era un dechado de buen gusto. No así la selección musical que, apenas nos acomodamos en sus sillones de diseño, nos recetó Richard, el esposo: pop del más comercial y sobre todo, los éxitos de una boy band noventera mexicana de cuyos integrantes decía ser amigo “de toda la vida”. El tipo llegó al extremo de realizar la coreografía de una canción a la cual se unió Roberto tratando inútilmente de seguir sus pasos, mientras Mariana se ahogaba de la risa e Ivana fumaba con lentitud bebiendo un whisky tras otro. 

¿Por qué seguía yo ahí, presenciando ese espectáculo lamentable? La respuesta era sencilla: desde hacía mucho rato habían dejado de interesarme la cerveza y las payasadas de esos idiotas pero me mantenía como hipnotizado olfateando el perfume de Ivana y saboreándome esos pezones que anticipaba espléndidos, esperando el momento justo de hincarles la lengua y los colmillos. A eso se reducía mi miserable vida, pensé, a buscar a una mujer hermosa y meterle la verga. Y luego a otra y a otra y a otra. Y así hasta el infinito. Sin pensar ni un segundo en Sofía, por supuesto. 

carlos ramirez revista contagio

Ilustración: @apollonia.saintclair

¿Por qué lo hacía? No lo sé. Supongo que los hombres estamos diseñados genéticamente para eso y es inútil luchar contra un mandato de la naturaleza. Por eso la monogamia no funciona y es una estupidez pensar que el amor se basa en algo tan vulgar. Un concepto ridículo como tantos otros elevados a categoría de valores supremos por una sociedad idiota. La fidelidad, dejen de engañarse, únicamente es para los sistemas de sonido. Y punto.

Cuando Mariana y Roberto —uno casado, la otra divorciada, según rumores por “infiel”— finalmente anunciaron que se marchaban, serían las tres de la mañana y el esposo se tambaleaba y hacía bizcos tratando de explicarme porqué, según él, México estaba lleno de gente “sin clase”. Ignorándolo por completo, Ivana me tomó del brazo y me preguntó en voz baja: ¿Tú también tienes que irte? A mí me apetece otro whisky. No, en realidad, no; le respondí antes de echarme al hombro a su marido para llevarlo a su habitación y arrojarlo como un fardo sobre una cama tamaño Rey cubierta por un elegante edredón negro con vivos grises.

Enseguida regresé a la sala y me serví un vodka con agua mineral. Unos minutos después, Ivana, que se había cambiado de ropa en el vestidor de la otra habitación, apareció calzando zapatillas de deporte, pantaloncitos de yoga blancos y una chamarra deportiva, corta y ajustada, que le sentaba de maravilla. Se acomodó a mi lado, llenó su vaso de escocés y agua mineral y encendió un cigarro. Cuando expelió la última bocanada de humo se levantó, le dio play a un disco de los Black Keys y se puso a bailar “Turn blue”. Lenta, cadenciosamente, se ondulaba frente a mí mientras su perfume, mezclado con el aroma de los cigarrillos, parecía inundar todo el lugar. 

Cuando la canción terminó, se sentó en el otro extremo del sillón, se despojó de los tenis y subió sus piernas sobre mis muslos. Tenía unos dedos hermosos y delicados. Los tomé entre mis manos y comencé a masajearlos suavemente. Ella gimió con dulzura y cerró los ojos. No hagas eso, me dijo. No seas cruel. ¿Cruel por qué, Ivana?, le pregunté mientras hacía círculos en las plantas de sus pies. Porque me excitas. Hace tanto que no me toca un hombre… ¿Y tu marido?, insistí. Es un idiota, dijo fastidiada y se recostó boca abajo, poniendo su culo a mi merced. No había más qué decir. Ascendí lentamente con mis manos por sus pantorrillas, me detuve en sus corvas y atravesando la parte trasera de sus muslos, llegué hasta sus nalgas, duras como vasijas de barro. Las presioné con fuerza, mientras seguía subiendo y la escuchaba suspirar agitadamente. 

Cuando llegué al final de aquellas maravillosas cordilleras de carne, metí los dedos por debajo del resorte del pantalón y sentí cómo se erizaba su piel. Lo bajé con lentitud dejando al descubierto una pequeña tanga blanca que contrastaba magníficamente con su piel morena. La hice a un lado y, con sabiduría, le metí la lengua en el ojete. Ella se retorció de placer y hundió la cara en el cojín sobre el que estaba recostada, luchando por ahogar sus gemidos. ¿Estás bien, Ivana?, le susurré. Como hace mucho no lo estaba, me respondió con voz entrecortada y giró su cuerpo hasta mirarme de frente. Usando sus pies se desprendió por completo de los pantaloncitos y se quitó la blusa. No llevaba brasier. De un salto se encaramó a horcajadas sobre mí y me besó furiosamente. Después me empezó a lamer el pecho desabrochándome con parsimonia los botones de la camisa hasta llegar a mi bajo vientre. Ansiosamente me arrancó el pantalón y se metió mi verga en la boca. Era lo más hermoso que había visto en mi vida. El sentido de la existencia. Arte en movimiento.

La dejé mamar a placer durante unos minutos hasta que no resistí más y la recosté en el sillón para penetrarla a la manera del misionero. Todavía no acababa de clavársela cuando se puso a gemir descaradamente. Ivana, güey, no mames, tu marido, le dije un poco mosqueado, pero ella me aseguró que no había nada de qué preocuparse. Ese idiota no despierta hasta mañana al mediodía si bien me va, dijo y enredó con la sensualidad de una serpiente sus piernas alrededor de mi cintura. Mientras me movía con lentitud, en círculos, Ivana parecía ronronear pero cuando la embestía con fuerza, clavándola a fondo, gemía como condenada sin pensar ni por un segundo —supuse— en el fardo que roncaba como cerdo en su habitación. Después de un buen rato de intercalar esos movimientos, decidí que era un buen momento para metérsela de a perrito. Se la saqué y la puse en cuatro patas, con la cabeza recargada en el estilizado descansabrazos. 

Tenía un culo maravilloso, de una redondez perfecta. La tomé con fuerza de la cintura y le empujé mi tranca hasta el fondo. Ella gritó con fuerza y después empezó a gemir y suspirar profundamente. Te amo, Richard, dijo mientras disfrutaba un intenso orgasmo que la hacía contraer los músculos de la vagina provocándome un placer extraordinario. Y entonces lo vi: tratando de ocultarse en la penumbra estaba Richard, masturbándose con una expresión de loco, musitando con dificultad te amo, Ivana, te amo. 

Me aparté de un brinco, como si hubiera recibido una descarga eléctrica y me quedé parado ahí como idiota, con la verga palpitante y las nalgas al aire durante unos instantes. Enseguida, me puse los pantalones y me largué apresuradamente de ahí.

Cuando llegué al vestíbulo del edificio, sin embargo, el desconcierto había desaparecido por completo. Carajo, ¿quién me creía yo que era? ¿El Dalai Lama?, pensé. ¿Dejar así nomás a ese simpático matrimonio? ¿Sin despedirme? ¡De ninguna manera! Entré de nuevo al elevador y apreté el botón número 9.

El tablero se iluminó con una tenue luz verde.

Miré la hora en la pantalla de mi celular.

Todavía faltaba un poco para que amaneciera.

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