El embarazo psicodélico del chotis Alan

Arte: Eduardo Ramón / @eduardo_ramon_t

Mi madre me dijo que Alan me hablaba en la calle. Caía una tormenta. Ahí estaba, el pinche Alan, recargado en el poste de cemento gris afuera de nuestro zaguán. Como en una escena noir, los truenos y la luz de la lámpara proyectaban su flacucha figura en contraluz sobre la pared. Sentí miedo, asco y pena. Finalmente todos los acontecimientos de nuestra amistad se encontraban en un solo punto en el espacio-tiempo, bajo chorros de agua de lluvia sobre el mundo conocido. ¿Aún éramos amigos? ¿Sabía lo de Malena? ¿Qué hacía allí, parado en medio de aquella noche oscura afuera de mi chante?

—¿Qué pedo güey? ¿Todo bien?

Vengo a arreglar las cosas carnal.

Tragué saliva. Frente a mí, Alan era sólo un espectro de lo que había sido cuando nos conocimos, en aquellos primeros días de la preparatoria, ahora lejanos como los recuerdos de un ligero sueño. Titiritando, sin suéter, más flaco y ojeroso de lo normal, tembloroso por el frío y quizá por el bajón de alguna droga barata de las tantas que nos habíamos metido en el CCH.

Ya, ya estuvo. 

Chillaba. Mezcladas con el agua que escurría por su rostro, caían chorros de lágrimas sobre sus morenos cachetes.

Ya estuvo. Me quiero alivianar, pinche Chotis —así nos decíamos, “Chotis”, derivado de “Choto”, que a su vez provenía de “Joto”—. Por la Male. Ya güey, la cagué, ya sé, pero al chile soy de huevos y ya estuvo, ya estuvo. Perdón pinche Chotis, te fallé carnal, pero vas a ver, voy pa´ arriba. Voy a chambear, pero necesito un paro de carnales. Un último paro, ¿o no fui yo quien te tiró esquina en la chamba?

Simón, tú fuiste Chotis.

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***

Alan y yo habíamos camellado juntos en el Potzollcalli de Lindavista. Éramos garroteros y, en efecto, él me había recomendado con Julio, el gerente, un largucho cachetón cuyo rostro daba un grotesco aire a Quico, el odioso personaje del Chavo del 8. Julio nos daba chance de laborar solo medio día los jueves —día en que el restaurante vendía el pozole al 2×1— y los sábados y domingos, cuando le dábamos de sol a sol levantando muertos de las mesas, asistiendo a los meseros, cabuleando a cocineras, lavatrastes, mozos y, por supuesto, a nuestro jefe cara de Quico, quien nos trataba como sus dos hijos idiotas.

Para entonces Malena, Alan y yo, compañeros del primer semestre, habíamos trabado una fuerte amistad. Malena era chaparrita, delgada, hermosa, con ojos color miel y un rostro angelical, adornado con un cabello rojizo, cuya cándida personalidad contrastaba con nuestra ñerez y dotes de bullies. Habían bastado un par de semanas para que Malena y Alan se hicieran novios, tuvieran sexo en una fiesta de la escuela y declaran su amor eterno a todos los vientos. Pero, como el amor, las drogas son las drogas. Te enganchan con su encanto, te seducen y te mandan al abismo si te enculas.

Alan y yo comenzamos con la mota, un toque antes de entrar a clases, otro para irnos a casa por la noche. Pero pronto caímos en cuenta que el campus era un hervidero de drogas, con dílers especializados en cada demanda. Cocaína, ácidos, éxtasis, honguitos secos, solventes y aires comprimidos de uso médico para tratar lesiones en los deportes. Un buen jalón y sentías cómo subía el aire hecho hielo por los ductos del sistema respiratorio para congelarte el cerebro. Era un efecto alucinante, que te hacía quedar como zombi un buen rato, para luego sentir el deseo de darle otro jalón o pasar a la inocencia cálida de la mariguana.

Alan sucumbió ante tal menú de especialidades. Se comenzó a juntar con los yonquis, por entonces un grupo de fans del renacer de la música de los raves, a donde jalaban cada fin de semana, en Cuernavaca, Teotihuacan o camino a Toluca. Y nos alejamos, Alan se salió del Potzollcalli para subirse a la nube del psycho y viajar más lejos. Fue en ese tropel de sucesos que Malena quedó embarazada.

Me lo dijo un día que salimos juntos de la prepa. Al igual que yo, vivía en Cuautepec y compartíamos ruta de vez en cuando. Me contó cómo Alan se había vuelto un adicto al que veía cada vez menos, y cómo la noticia del embarazo lo había metido más al hoyo de las tachas y los ácidos. Entonces las familias de ambos tuvieron que intervenir. Alan prometió limpiarse, ponerse a trabajar y ser un buen padre.

Habla con él, te extraña me dijo Malena cuando nos separamos. Pero no lo hice. Cada vez que lo topaba en la escuela nos saludábamos de lejos, casi como desconocidos y con un dejo de pena o vergüenza de su parte. 

***

—¿Hablaste con él? —me dijo Malena cuando nos volvimos a ver en la salida.

—No he podido y casi ni lo veo, anda con los yonquis y siempre están hasta la madre.

—Sí, no ha parado, no me hace caso, ni va al doctor conmigo —me dijo, y se soltó a llorar. La abracé y pude sentir su panza hinchada, sobresaliente y marcada, debajo de un suéter de lana que la cubría del frío del mundo exterior. 

—Acompáñame a mi casa, me siento muy mal.

Malena ahondó en la desconexión de Alan de todo lo que lo rodeaba. Y cómo, a pesar de la intervención que habían hecho sobre él, le daba la vuelta a las responsabilidades paternales, huyendo de las citas médicas, de las oportunidades de trabajo que le conseguían y de la necesidad de cariño que tenía ella, su pareja y futura madre. Una vez que había soltado todo, se quedó dormida sobre mi pecho en el camión. La desperté cuando llegamos a su barrio. Entramos a una especie de vecindad con varios departamentos y un patio central, a donde se llegaba desde un oscuro y largo pasillo.

—Pásate —me dijo—. Todavía no llega mi mamá. 

Me senté en la sala. Malena me sirvió un vaso de refresco, luego se puso a mi lado y nos observamos cara a cara. Un segundo después nos comenzamos a besar. Me arrastró hasta su cuarto, desvistiéndose en el camino. Hice lo mismo. Nos recostamos casi desnudos. Observé cómo resaltaba su panza de embarazada sobre su hermosa figura, y traté de hacer todo con un cuidado especial. Lamí sus enormes senos, mientras ella gemía y colocaba mi verga erecta de preparatoriano en su vagina, que para ese momento estaba bastante lubricada. Quizá de más, no lo sabía. Tener sexo con una chica embarazada no era algo cotidiano. Era extraño, fascinante y la sensación de que su madre podía llegar en cualquier momento, inyectaba un aura de peligro a la escena, lo cual nos excitaba más.

Terminamos, me vestí en chinga y salí a la sala. Me despedí de ella y antes de cerrar la puerta, me dijo que ni una palabra a nadie de lo que había pasado. Sonreía pícara, con el dedo cruzado por sus labios en señal de “shhhhh”. Le dije que por supuesto, salí de la vecindad y me largué como si la policía me persiguiera. Me sentía bien y me sentía mal, invadido por una mezcla agridulce de culpa, satisfacción y placer. 

***

Simón, tú fuiste Chotis, tú me tiraste esquina con la chamba, ¿qué paro quieres? —le dije.

—Préstame una feria, con eso me aliviano. Ya hablé con la Male, ya estuvo de mamadas, me voy a rifar Chotis, va a ser niño.

—Aguanta, deja checo.

Dentro de mi casa aflojé los huesos, el Alan no iba por lo de la Male, como había pensando en cuanto mi madre me avisó que estaba afuera. Tanto él como ella llevaban semanas sin ir a la escuela. Revisé mi caja de ahorros, tenía una buena lana que había juntado de jueves y fines de semana en el Potzollcalli durante varios meses, sirviéndole el café a viejitas estiradas de la fresa colonia Lindavista, soportando la presión del Cariquico y de los meseros, quienes exigían más mi ayuda cuando el Alan desertó. Tomé la mayoría de billetes.

—Vas pinche Chotis, es todo lo que tengo, pero no te los vayas a mamar en droga, güey.

—Nel Chotis, ya no. Está chingón, con esto la armo, muchas gracias carnal; te los voy a pagar en cuanto comience a camellar, me corto un huevo si no.

—Simón, no hay fijón, ya sabes.

—A huevo, a huevo, gracias Chotis, me lanzo, voy a ver a la Male.

—Va. Oye güey, ¿cómo le van a poner?

—Alan, como yo, el Alan junior, Chotis, te imaginas. Ya verás.

—Me saludas a la Male.

—Claro, yo le digo.

Luego de esa noche, jamás volví a ver a Alan, a Malena o al pequeño Alancito.

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