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El Fiuma: La cueva de la vieja escuela

Una serie fotográfica de Juan Carlos Ruiz Vargas

Casi podría asegurar que el fotógrafo Juan Carlos Ruiz Vargas visitó El Fiuma en días cercanos al que aquí relato:

Me llevaron de la mano. Literal. Creo que era miércoles, o jueves. Vaya, entresemana, pasado el mediodía. Me hallaba parado frente al local con los puños apretados dentro los bolsillos, crudo; “está cerrado, vámonos al Tío Pepe”, dije; “aguanta, hay que raspar la cortina, usar la clave que te dije”, me contestaron. Desanudé los nudillos y con los dedos palpé mi llavero, saqué una tira de níquel, la que abría la puerta de la casa de mis padres, y raspé tres veces la cortina de fierro que escudaba el local. Traz. Traz. Traz. Raspones lentos, bien marcados. “No abren”; “espérate, se oyen voces adentro. Ahí vienen”.

Y sí, vinieron. En dos, tres minutos, salieron a abrirnos. Aunque la pesada cortina de metal permaneció intacta, parpadeó una puertecilla diminuta y de ahí emergió un sujeto enjuto. Nomás sacó la cabeza, con la mira estrujada por el sol. Nos barrió con los ojos, acusándonos de extraños. Hubo que darle un apellido: “el Dr. Brito es cliente, él nos dio la dirección y nos empujó a venir”. La respuesta fue seca, como el cuero del hombre que, con solo conocer la referencia cambió de actitud y nos abrió la puertecilla de par en par: “adelante”.

Agaché la cabeza para no partirme la frente y cruzamos la fachada. Era una caverna aquello. El aire apiñado. Olía a marranilla. A meados. Pero fundamentalmente apestaba a encierro y a lo que alrededor de éste suele haber. Cuando soldas puertas y ventanas huele de ese modo, a viejo. Despliega arrugas y olerás la muerte. No hay falla. Así sorteé obstáculos al entrar. Pilas de periódicos, cartones de cerveza, rimeros de cascos de chesco. Qué oscuro estaba ahí. Había luces flacas pegadas a las paredes, supuse que la intensión era estimular la bohemia, sin embargo aquello se asemejaba más a, lo contado, una cueva. Y estaba bien.

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Porque los que ahí bebían, en jaiboles y vasitos firmados por carta blanca, eran como cavernícolas. Puro barbudo canoso, de boina y solapa ancha. La vieja escuela hablando quedo, asintiendo, como acariciando el tiempo, las llagas, las corvas. No había música, puro rumor ligero. Éramos intrusos, y aquella cofradía, impenetrable hasta ese momento, charlaba de toros y canciones. Me sentí obligado a hablar bajito, como en los museos y las iglesias. Orillado a escuchar y a pedir discretamente una caguama por cabeza. Lo que me sorprendió fue que las trajeran de la miscelánea de al lado. Tibias, aunque eso era lo de menos.

Tomamos asiento en una mesa libre. Las sillas rucas y mullidas. Sobre la mollera, fotos de luminarias departiendo en el mismo lugar nos cobijaban. Gente pesada de la farándula de los años cincuenta, sesenta. A dónde va a parar uno de pronto. Yo volteaba a todos lados, sin parpadear, como adolescente barroso en medio de un putero. Maravillado con el fon de al lado de la barra, con la misma barra acolchada, conteniendo sus lonjitas a punta de tachuela. Estaba perdido entre cerros de periódicos. Juro que alcé un ejemplar que me quedaba cerca, era de 1967.

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El pasado se hallaba a la mano. Y qué pesada mi mano se sentía agarrada del vaso. Y el abrazo de paso, el abrazo del tiempo. Oyendo la charla de El Pajarito y sus camaradas me sobrecogí al entender que compartir es partirse por dentro; y eso que no sabía que quien se va, quien abandona, destazados nos deja. Y por tiempos, por fragmentos. El tiempo mi ñero. El tiempo. Yo estuve el El Fiuma esa vez y luego muchas más. Y El Pajarito, quien, dicen, moriría justo en esa barra que despachaba tragos y tarros a los sobrevivientes de una Ciudad de México improbable, fue quien me invitó a calentarme las palmas con el amigo fuego del Centro.

Cada una de las fotografías de Juan Carlos me lleva directo a mis primeras visitas a aquella caverna ubicada en las faldas del Edificio Guanajuato; ese hoyo en el tiempo que hoy día opera como antro caguamero. El Fiuma. Un sitio que todavía sostiene su viejo tapanco, la pared de espejo con cinceles dorados, su candelabro majo y esos, los baños más putrefactos que la cuidad haya conocido, mi hermano. A la distancia, muy de coraza le agradezco a Diana y a su padre haberme enseñado aquel resabio de una ciudad fantástica que, sin remedio ni remedo, a caladas hondas se ha ido esfumando.

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Juan Carlos Ruiz Vargas es cronista fotográfico de la cultura nocturna de la Ciudad de México. Estudió fotografía con especialidad en documental en la Escuela Activa de Fotografía. Es coordinador académico en la agencia Aperture 22 F/22, y coordinador fotográfico de la Pulquería Los Insurgentes. Es coautor del libro Pasos sonideros (Editorial Literal, 2017). Ha sido reportero gráfico en periódicos y revistas, docente, expositor y sus fotos han ilustrado portadas de libros y revistas.

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