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El futuro es un colchón en llamas arrojado desde las alturas

Para Kato, Lucy y Lucas.

Tengo la impresión de que en términos generales predomina la idea de que, pese a las evidencias actuales de lo que se nos viene encima, el futuro es esperanzador. Al menos eso sospecho cuando sale el tema entre mis cercanos: aun cuando no lo digan expresamente, en todos ellos brilla un halo de esperanza. Creo que se requiere de una buena dosis de optimismo religioso para imaginar un horizonte sin nubarrones.

Incluso en la obra de escritores de ciencia ficción como J. G. Ballard, tan nihilista por momentos y tan actual siempre, la perspectiva del futuro en abstracto da por sentado que la civilización, tal y como la conocemos hoy en día, se sobrepondrá de un modo u otro a la devastación ecológica, las guerra, las pandemias y la sofisticada barbarie que significa el hecho confirmado de que Dios no existe, con todas sus implicaciones. Epidemias como la reciente así se lo marcan a pueblos urgidos de vivir aunque sea como plaga. La humanidad es eso: una dialéctica marxista que confirma el fracaso de las masas empoderadas. Obviamente, la prodigiosa imaginación de Ballard, tan anticipatoria como distópica, corresponde a quien se educó en una cultura hiperdesarrollada con una visión eurocentrista de lo que significa barbarie y progreso.

Para quienes nacimos en países que parecen saldos del primer mundo, la idea del futuro debería de ponernos los pelos de punta. Al menos yo siento escalofríos cuando se me pide especular sobre los escenarios posibles. En principio tendría que decir que este país nunca pasó por la cultura. Llegó a la barbarie en automático. En el siglo XXI sigue padeciendo problemas de alimentación, violencia y educativos dignos del siglo XIX. Por ello, remontar la ola para ponernos a tono ya no con el futuro, sino con el presente de naciones desarrolladas, parece una tarea imposible.

Por lo pronto, para los próximos cincuenta años veo un país en el que cualquier método de rehabilitación de conducta y hábitos nocivos resultará fallido. Prisiones y centros de desintoxicación para adictos serán la mayor prueba del fracaso de la lucha contra las drogas y el crimen organizado. Franquicias, será su nuevo nombre. Veremos el resurgimiento de colonias penales, hospitales psiquiátricos y de adictos incorregibles a la manera de La naranja mecánica o Papillon. O atrapados sin salida o la colonia penal, que reportó Chéjov en La isla de Sajalín. Viviremos en una sociedad desmoralizada y en profunda crisis permanente. Adictos incorregibles a toda clase de drogas, predominando las prescritas por médicos y psiquiatras: antidepresivos, Viagra y Prozac como remedios de alcance limitado contra la frustración sexual, la hiperactividad sexual, la ira, etcétera. Cocaína, mariguana y una que otra sustancia despenalizada serán drogas vintage, para cierta clase de ambientes bohemios. Probablemente, la despenalización de toda clase de sustancias ilícitas, vendrá del ámbito del deporte profesional, debido a la presión de una élite de atletas de alto rendimiento incapaces de cumplir con los estándares de desempeño impuestos por las federaciones y los patrocinadores. Pandemias como la del covid lograrán lo que no hizo el capitalismo totalitario y la masificación del consumo: borrarnos el rostro y con miedo paranoico al “Otro”.

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Foto: Pablo López Luz

Viviremos en una sociedad de enfermos donde los médicos y los abogados serán algo así como los nuevos sacerdotes del culto a la salud y la reparación del daño. Sin embargo, debido al crecimiento poblacional y la incapacidad del sistema de salud para dar atención a millones de ancianos, depresivos crónicos, obesos mórbidos y enfermos terminales, el suicidio asistido será legal y muy popular.

El individuo “mecánico y bueno”, ideal de los sistemas punitivos como el nuestro, sucumbirá sin capacidad de elección y solo preocupado por buscar su identidad a través de redes sociales y consumo. Lo hará ante la iniciativa de tipo empresarial del hombre “malo” perteneciente al crimen organizado (proveedor de la piratería, drogas y demás consumo ilegal que tanto gusta al hombre mecánico y bueno), quien cobrará derecho de piso y cuotas para respetar la vida de los habitantes de barrios, colonias y municipios arrebatados al control de la policía. Tal y como ocurre en Tezoquipan Miraflores, Chalco, municipio del Estado de México en el que alrededor de veinte mil vecinos están dispuestos a pagar un peso cada uno mensualmente a las pandillas con tal de que los dejen circular libremente.

Ciertamente, el futuro de  México está en su niñez, por lo que sobra decir que niños sicarios como el Ponchis serán un núcleo poblacional en continuo crecimiento. En general, las minorías activas y organizadas, de la índole que sea, tendrán mayores beneficios, prebendas y consideraciones de parte de los gobiernos, a diferencia de las mayorías pasivas y silenciosas, incapaces de organizarse, condenadas a recluirse por propia voluntad en sus domicilios. Donde a través de la Internet, las redes sociales y la televisión por cable, vivirán una fantasía de realidad acorde con sus aspiraciones, perversiones e indolencia. Los corridos tumbaos y el reguetón porno serán los ritmos de las generaciones extraviadas en su odio al futuro.

Será un mundo de solitarios condenados al trabajo obsesivo o a la vagancia forzada. La sexualidad y las relaciones humanas se habrían trasladado definitivamente a  gadgets como los iPhones, iPads y demás chucherías tecnológicas. El contacto digital será lo más cercano a rozar un pezón, un clítoris o los genitales. Y el orgasmo vendrá con la sensación que despierta el recibir un mensaje o la imagen del ser amado.

Tal y como lo plantea Ballard en War Fever, y Robert D. Kaplan en Viaje al futuro del imperio, las guerras se concentrarán en las ciudades. Principalmente por el control del agua. El malestar social de las mayorías será el origen de interminables disturbios, actos de sabotaje, plantones permanentes y guerras de guerrillas con ejércitos acondicionados para pelear en favelas y barriadas densamente pobladas, con armamento sofisticado y letal. Los toques de queda y los linchamientos serán parte de la nueva Ley… del Talión. Las plazas principales de las capitales más importantes del mundo erigirán monumentos en honor de personajes como Rodney King. Mujeres y hombres serán separados por aceras y demás sitios públicos. La despenalización de las drogas, la popularización a nivel mundial de la pena de muerte, el fin del celibato (oficialmente hablando) entre los curas, linchamientos, homicidios, asaltos y toda clase de delitos en vivo y en directo transmitidos en televisión de paga. En México habrá un presidente declaradamente gay.

Enfrentaremos un escenario global de anarquía revolucionaria basada en el tribalismo. Minorías sexuales y raciales pero de corto alcance y sin posibilidades de paz duradera entre los bandos en conflicto. Confirmaremos el fracaso de la prosperidad por la que lucha o goza el hombre promedio en las grandes urbes. Lujuriosa y competitiva hasta el absurdo, la sociedad actual radicalizará las rivalidades por el poder en todas las esferas de la vida. Volverán al habitante de la ciudades presa a modo para las hordas. La ostentación y el despilfarro se volverá el combustible de la violencia imparable, el detonador de la ira de los que nada tienen, el sentido de humillación permanente evitará cualquier intento de conciliación entre gobernados y gobernantes. 

Si me alcanza con vida el futuro que todos los días durante el crepúsculo baña de un naranja metálico los rascacielos frente a la ventana de mi departamento en el centro de la Ciudad de México, esperaré la oportunidad de arrojar a la calle un colchón en llamas a manera de celebración suicida por el fin que se avecina.

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