El hombre de polvo

Forografía: Peligrro / @peligrro_

Al igual que las salchichas con mostaza. ¿Creía de verdad que pasaría una noche ahí? Su cuarto era un desastre: el edredón lleno de migajas, embarrado de mocos secos, cubierto con pedazos de chocolate y alegrías. Escogió el color rojo para las paredes. Me dijo que buscó el mismo tono que tenían las de mi cuarto. Sabía a dónde quería llegar con eso, era uno de sus esfuerzos para que me gustara su nuevo departamento. No supe qué contestar, estaba enojado por la decisión que tomó al rentar ese lugar.

La imagen que tengo de su casa es la que se me quedó grabada el día que volví del hospital con Emilio para buscar su tarjeta de débito. Los sillones rojos, la televisión, el refrigerador que más tarde se quedaría Carmencita. Junto a sus tarjetas había una bolsa de chocolates de Sanborns, una de cocaína y todos los recibos de las transferencias a nombre de María Fernanda Saucedo. Ahora me doy cuenta de lo inútil que fue esconder todo eso: lo tiramos en el bote de basura de un cajero sobre Insurgentes. 

A veces me arrepiento de haberme deshecho así de sus últimos secretos. No sé si lo hice para protegerlo o para evitar tener más problemas. Mi mamá lo descubrió de todas formas. Una semana después del funeral, ella y mis tías estaban sentadas alrededor de la mesa de plástico que estaba frente a la cocina. Brindaban con whisky Chivas Regal, levantaban los vasos semivacíos para celebrar la vida de mi papá. No quise decir nada, estaba incómodo, quería escupirlo todo. Se me anudaba la espalda y  el estómago. Me fui de allí. Diez horas más tarde encontraron el cuaderno en el que estaban anotadas todas las cuentas. Los depósitos y pagos que se hicieron. Tuve que mentir, asegurar que nunca los había visto, que no tenía idea de nada. 

Le dije que había acertado con ese tono de rojo y esa fue la única observación que pude hacerle. Entendía su intención: quería sentirse como en Privada de la Providencia, imitar la casa que teníamos antes. ¿Por qué escogió el color de mi cuarto para pintar las paredes? Me sentía obligado a estar agradecido, pero solo me daba lástima. Me negaba a agradecerle porque la realidad era que no me iba a ir a ese departamento. No pensaba dormir ahí ni comer salchichas con mostaza. Me daban igual sus paredes rojas, me dolían también. Ahora imagino que, después de todo lo que había pasado hasta ese punto, estaba intentando pedirme perdón; antes, en Privada de la Providencia nunca mencionó el color rojo.

Reconocí el mantel de nochebuenas, lo había visto en algún otro lugar: “¿Sería el mismo que ponía Carmencita en el comedor cuando era Navidad?”. No tenía idea de cómo había llegado al departamento de Insurgentes. El día que mis papás se fueron a Querétaro dejaron un montón de cajas para que los hermanos de Alicia pasaran por ellas. Durante todos estos años siempre me pareció curioso que abandonaran eso junto conmigo. Las revisé a conciencia, observé todos los objetos que se convertirían en vestigios de otra vida; la mayoría eran adornos, luces navideñas, esferas. Estoy casi seguro de que el mantel estaba allí, en alguna caja.

Unos días antes de la mudanza pude anotar todo lo que me parecía importante recordar sobre esa casa, detallé lo que había en los baños, en la sala, en mi cuarto, en el jardín; la forma en la que entraba la luz por las cortinas azules de la sala, el olor a pipí de gato impregnado en mis libros. Tenía miedo de que toda esa vida se convirtiera en olvido. Pensaba que, si la casa escapaba de mi memoria, dejaría de existir para siempre. No he abierto esa libreta en casi quince años; no es necesario, lo recuerdo todo.

Años más tarde, mientras mi papá se estaba muriendo, las paredes rojas volvieron a mi memoria; meses después de su muerte, estaba sentado en Belmondo con María Fernanda Saucedo. Sus dientes salían ligeramente de su mandíbula, sus tetas eran enormes, un cuerpo voluptuoso, deforme. La mujer elefante; me sorprendía pensar que mi padre la hubiera escogido para ser su amante. Tal vez la fealdad fue uno de sus fetiches. 

Mientras escuchaba su vulgar conversación sobre los últimos días que pasó con mi padre, no podía dejar de pensar en que tal vez ella era transexual. Cuando vivíamos en Privada de la Providencia encontré en el historial de internet un sitio para buscar prostitutas transexuales y travestis. Un catálogo amplio de mujeres mostrando el pene y tocándose las chichis; una de ellas tenía un mensaje que parecía escrito desde esa computadora: Potrillo era el nombre con el cual firmaba. Sin duda fue él

Antes de pagar la cuenta, le pregunté por los cien mil pesos que, según el cuaderno, le quedó a deber a mi papá. Por supuesto sabía que eso era mentira, mi mamá me había convencido para que fuera a pedírselos y yo estaba actuando conforme a sus instrucciones. Esos cien mil pesos no existían, María Fernanda Saucedo no nos debía nada. “Baby: tu papá me los debía a mí, me dejó sin nada”. El estómago se me revuelve cada vez que recuerdo esa frase. Nos despedimos, nunca la volví a ver. 

La última vez que vi el departamento de Insurgentes estaba vacío. No quedaba rastro de toda la soledad que allí se había acumulado. El eco era un recordatorio del vacío que quedaba tras la ausencia de mi padre, del recuerdo de sus últimos días: un hombre cubierto de polvo, muriendo de diabetes entres sus 4 paredes rojas. Antes de irme por última vez, me pregunté cuánto tiempo más iba a existir la memoria de su vida y si valía la pena seguir esforzándome por mantenerla viva. 

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