El paraíso es un cuarto lleno de libros

No hubo ningún intento de auxiliarlo. Sobre el asfalto quedaron 32 casquillos de bala y en su billetera la foto de su hijo. 

Sus familiares pensaron en él cuando escucharon las ráfagas. Lo último que les dijo fue que no tardaría en volver. El silencio inundó cada rincón de un vecindario donde las puertas principales dan directo a la calle. 

La policía encontró a un círculo de vecinos curiosos. En las calles de La Palmita aún quedaban los restos de las alfombras de aserrín de la celebración de la Virgen de la Asunción. Alguien dijo que fueron dos, que iban en motocicleta. Alguien dijo que el gatillero fue felicitado.

***

¿Qué leés, Tavo?

—¿Qué dice ese, bien, y vos? Ahorita ando con El ser y la nada.

¿Y qué tal?

Bueno, explica por qué Dios no existe.

Qué engasado, vámonos a echar verga, pues dije. 

Aquella mañana grabábamos un video sobre el poema “A la izquierda del roble” para la clase de Literatura. Los jardines de las facultades estaban llenos de parejas de estudiantes que pasaban el rato abrazados sobre el césped, grupos de amigos que platicaban mientras fumaban mota y otros que utilizaban lo que tuvieran a la mano para taparse el rostro, esconderse del sol y dormir. 

Vos, cerote, ¿por qué no le decís a aquella chava leyendo que salga en nuestro video?

¿Quién, vos? 

Aquella, la que está cabal enfrente del mural de Marx.

Ala, Juan, no sé, me da pena. Nosotros no somos como el Loco. Así de entrones, que les pela la verga todo con las mujeres.

Sho, hombre, ni qué te le fueras a declarar. Sólo es pedirle que se deje grabar con vos, ahí haciendo como que le hablás para usar esa parte en el video. 

Con una gran vergüenza, Gustavo se acercó a la chica. A lo lejos vi cómo ella lo miró de reojo; él habló, y ella, después de darle su atención, asintió. En Guatemala la pena es sinónimo de buenos modales. 

Estábamos por grabar cuando apareció el Loco. Escuálido y con una gorra vieja, siempre parecía que podía trabajar mejor con un cigarro en la boca.

N’hombre, muchá, pásenme la cámara. No sirvo para actuar, yo voy a grabar. Tavo, cerote, ponete ahí dijo el Loco antes de echarse a carcajear.

Por alguna razón, más allá de las tareas grupales, ambos me habían aceptado. Yo venía de un entorno acomodado y mis problemas, mi ropa, condición, todo era trivial en comparación con lo que ellos pasaban para poder estudiar. Pero nada de eso pesaba en nuestra amistad; Tavo, el Loco y yo nos llevábamos bien.   

***

—Señora, mi más sentido pésame dijo el Abuelo aquella noche en el velorio. Los Estudiantes de la Asociación de Ciencias de la Comunicación hicimos una colecta la señora puso sus dos manos y él puso una bolsa llena de monedas y algunos billetes, para luego sujetar las muñecas de la madre del Loco. Fue un gran compañero asintió.

Varios amigos y estudiantes llegamos esa noche. La capilla estaba dentro del cementerio que se antojaba lejos. Las personas platicaban fuera del lugar pese al frío y un follaje de cipreses rodaba el lugar. El ataúd no tuvo ventanilla, la gente se acercaba, de todas formas, para despedirse. 

***

Semanas después el experimento fue mostrado a los demás. No era una clase como las matutinas, sino la nocturna de la Universidad Estatal. La mayoría asistíamos luego de jornadas laborales completas, portando uniformes de empresas que nada tenían que ver con la comunicación: auxiliares de inventario, vendedores, secretarias, cargadores de agua… etc. Pocos habían entrado a los medios y se habían rezagado varios semestres por priorizar sus empleos como camarógrafos, programadores de comerciales o reporteros. Al filo de los cuarenta, Gustavo, en cambio, estaba desempleado y llegó aquella noche a pie al campus desde casa, un camino de 10 kilómetros, en una ciudad donde tomar un bus cuesta 1 quetzal. 

La clase estaba por comenzar cuando la esposa del Loco, de quien se había separado, llegó a buscarlo con su bebé en brazos. El profesor no quería interrumpir, pero cada vez que terminaba de exponer algo miraba de reojo cómo la mujer estaba detrás de la puerta, chineando al bebé en el pasillo. Lo desesperaba y no le permitía pensar. Entonces, cedió un segundo para decirle al Loco: “Te buscan”.

Él levantó el rostro como esperando a que la persona trás la puerta fuera alguien más. Luego, aceleró el paso para salir. Podía ver sus conversaciones desde la ventana. Ella hacía gestos de reclamo mientras el bebé parecía imperturbable. En cambio, el Loco hablaba poco, asentía, se tocaba la parte posterior de la cabeza y cuando parecía no poder contentarla terminaba por recordarle que tenía que volver a clase. La escena se repetía dos o tres veces a la semana. 

Después de proyectar varios videos llegó nuestro turno, el de Mario Benedetti. El profesor era quien tenía la mayor ilusión y de ese tamaño fue su coraje una vez que vio lo que hicimos. Las imágenes eran tan literales, que dijo que no habíamos entendido nada de Benedetti y reprobó el trabajo. 

Era común que buena parte de los profesores se ausentaran durante el semestre. El sistema público no podía barrer a los docentes sindicalizados, y algunos de ellos sólo eran sensibles a las demandas de grupos de estudiantes encapuchados. 

El Loco tenía muchos amigos encapuchados. Se tapaban el rostro para pedir dinero a los vehículos que entraban a la universidad. Si alguien se rehusaba, no tardaban en hacer gala de un bate. Al final juntaban todo el dinero y se emborrachaban en el aniversario del campus.

Los docentes más faltistas tenían el mayor porcentaje de alumnos reprobados y este curso de literatura parecía sentenciar de antemano a los estudiantes. “Muchá, buscar imágenes, literal, como lo dice el poema, es falta de imaginación. Pónganse las pilas”, dijo el profesor antes de retirarse de clase.

Una pesadumbre en ciernes se instaló sobre nosotros. El Loco se sintió zaherido. No por el empeño del trabajo, sino porque se había rezagado ya cinco años. Por su lado, Gustavo se había perdido cuatro años de la carrera de periodismo. A pesar de ser el mejor estudiante del salón, un trabajo de administrativo en una empresa le impidió asistir a clases. Ahora quería mover el sacrificio al otro lado de la balanza, dedicarse de lleno a la universidad aunque no tuviera trabajo, pero necesitaba evitar reveses como ese.

¿Qué putas Loco, ya vas a perder otra vez? –dijo Eduardo, estudiante eterno, en el corredor.

Sho, hijo de puta, yo a vos te voy a verguear.

N’hombre, tranquilo, vos sabés que la mara siempre pierde esa clase.

No, ándate a la mierda, no te quiero ver. 

Y Eduardo, por miedo, se fue.

***

Quedamos de vernos a las 16:00 y Gustavo no apareció. Me daba mucha hueva hacer el reportaje radiofónico sobre feligreses que salían de la iglesia de Santo Domingo del Centro Histórico. Pensé en dejar la misión, hasta Gustavo apareció entre la gente. 

Puta, vos, perdona –fue lo primero que dijo cuando llegó–. No creo que tenga calidad moral para decirte esto, pero vamos a ver a qué mara entrevistamos. 

El lugar estaba repleto. Las personas salían del templo en búsqueda de garnachas y un montón de dulces típicos. 

Con Gustavo hablábamos de todo. Desde literatura hasta las consecuencias de dejar a tu mujer insatisfecha. Nadie en su familia había ido a la universidad y anhelaba ser periodista, aunque lo que más le apasionaba era la academia. 

No entendía por qué una universidad marxista nos mandaba a entrevistar feligreses.  

Encontramos a un chico, con una cruz al cuello, que nos quiso dar detalles sobre la cofradía a la pertenecía. Gustavo hizo una pregunta y no pudo encontrar la última palabra, la cual completé. Él sólo sonrió como con pena. 

***

—Juan Luis, ¿ya te enteraste? me escribió una amiga en Messenger. 

—No, ¿de qué?

—Hoy murió Gustavo. Tuvo un accidente y se le complicó en el hospital por su problema. 

***

—¿Pensás a veces en el Loco? preguntó Gustavo, quien portaba una casaca de mezclilla. Era un cague de risa aquel, siempre hiperactivo, chingando a la mara.

—A veces pienso que pese a estar bien pisado y con tantos problemas encima, amo el periodismo y a su hijo dije mientras Gustavo fumaba, ¿te recordás que una vez casi le vuela verga al Eduardo? 

Los dos reímos un rato, Gustavo paró y después dijo: “Yo creo que no sintió. Que después del primero ya no sintió”. 

*** 

Se acercaba el Desfile Bufo de la universidad. No había muchos postes de luz entre facultades, la luna iluminaba la Plaza de los Mártires, y los encapuchados habían tomado por la fuerza los edificios del campus para volverlos discotecas. 

La cerveza Gallo patrocinaba equipos de música para vender chelas. Llegué con un piercing nuevo en una de las orejas, estilo de diamante y el Loco me dijo: 

—Vos, wicho, cerote, te equivocaste del lado con el arete dijo cuando llegué al edificio de Ciencias de la Comunicación cerrando un ojo, como un relojero tratando de ver el detalle de algo que está por componer.  

—Sho, no, a mí me pela la verga eso contesté sonriendo, pero apenado en mis adentros y vos qué onda, ¿ya estás a verga? 

—Nel. Ya desde mi hijo, qué putas, ya no bebo se carcajeó acto seguido, y entre la gente saludó al Abuelo, el líder de los encapuchados de la facultad que se habían apropiado de uno de los salones del edificio para cuarto de juegos. Pues mira, cabal le estaba diciendo a aquellos que me cogí a una señora en una expo de carros

Ala verga, ¿sin casaca? –dije.

Sí, de verdad, muchá, andaba en Miraflores en una expo cuando cabal me topé con una señora que me tiró la onda.  

Gustavo y otro compañero, Mafalda, se rieron. No sé si por incredulidad. 

***

Gustavo dejó de hacer preguntas al feligrés durante el resto de la entrevista. El joven que recién había estado orando, no dudo en ir por comida a la feria tras despedirse de nosotros.

Y qué onda, ¿ahora qué hacemos? –pregunté a Gustavo. 

Pero no contestaba. Se le veía confundido y sin poder articular. 

Necesito comer algo, es que la hipoglucemia me está haciendo mierda –dijo, de repente, en un tono muy bajo y tomó una manzana de un puesto.

—¿No te inyectaste?

N’hombre, al contrario, eso me pasa por inyectarme. 

Al día siguiente Gustavo fue a mi casa a comer y trabajar en el proyecto. Mi madre compró ese día chow mein con camarones. La mayor parte de las cosas que grabamos funcionaban, pero nadie sabía editar, por lo que era un gran reto terminar el trabajo. 

Estábamos en eso cuando mi tío salió de su dormitorio, una biblioteca, para saludarnos.  

***

La fiesta de la facultad era de las más grandes del campus y el edificio estaba lleno. La gente pedía reguetón, pero el DJ se empecinaba en darles salsa y merengue, entonces los estudiantes coreaban “hijo de la gran puta”, en un ciclo que podría durar toda la noche sin que el encargado de la música cambiase de parecer. 

Pero ahora ando saliendo con alguien de la “u” –dijo el Loco. 

—Sho, ¿y quién es? pregunté. 

—Es una chava que estudia en Economía. 

Era una morena alta, de semblante sereno. Sin llegar hasta donde estábamos le hizo un gesto a el Loco y se despidió de nosotros. 

La universidad estaba llena de pasos techados y por uno de esos corredores desaparecieron entre la muchedumbre y la oscuridad. 

***

—Vos Gustavo, ¿tenés algún sueño?

Lo pensó un cigarro y dijo: “Mi paraíso sería un día despertar en un cuarto lleno de libros”. 

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