El puerperio del mundo

Cuando supe que estaba embarazada se me clavó una pregunta en la cabeza: ¿sería la misma persona cuando tuviera a mi hijo en brazos?

Mi sueño era no diluirme, no convertirme en “la mamá de…”, la mujer absorbida por las responsabilidades. En mis mejores fantasías me veía yendo de un lado a otro con un bebé colgando. Feliz, plena, con mi ropa de antes, ligera, ágil, intrépida.

A pesar de los nueve meses que conlleva un embarazo no aprendí el significado de la palabra “espera” hasta que llegó el no tan famoso puerperio, los cuarenta días que vienen después de un nacimiento, cuyos cuidados en casos poco medicalizados pueden significar la vida o la muerte.

En esta cuarentena el cuerpo de la madre regresa a sus ciclos pregestacionales, el pulso se ralentiza, el útero pasa de ser grande como una sandía a ser una manzana pequeña, las hormonas se vuelven locas (de nuevo) y comienza la magia de la lactancia. Todo esto sucede mientras una raja en el vientre escandalosa cicatriza, un bebé hambriento llora y en la casa entran y salen visitas con toda clase de opiniones sobre la crianza.

En el puerperio los días son lentos y desgastantes. Los cuidados del bebé requieren tanta energía y cuidado que es fácil que los adultos a cargo se olviden de ducharse, comer o incluso ir al baño.

Todo es nuevo, complicado. Los bebés solo hablan el idioma de la urgencia y hay que anticiparse dos pasos a sus necesidades. Toda su paz y belleza se transforma en ira y desesperación a la menor provocación.

Estábamos en eso de conocer a ese pequeño extraño cuando llegó el coronavirus. Literal. Cuando estaba terminando mi cuarentena, comenzó otra, una colectiva, más incierta.

El gobierno de mi país le pidió a los ciudadanos quedarse en casa. Un flamante funcionario explicó por qué: al replegarnos retardaríamos el contagio del virus y así, evitaríamos la saturación del sistema de salud. Podríamos evitar una crisis y salvar miles de vidas.

Los que pudimos, obedecimos. Y yo me resigné a empezar mi segunda cuarentena. Ahora sin visitas, sin preocupaciones por el horario, dando pecho cuando el niño lo pidiera, durmiendo hasta tarde. Papá, bebé, yo en un diminuto departamento viendo el Apocalipsis desde el celular.

El puerperio no es ni más ni menos que la calma y el carácter ante una situación nueva, inevitable, frágil.

La sociedad suele subestimar a las madres, tanto así que en México se dice que algo “vale madres” cuando no tiene importancia o valor, pero quizá son ellas (somos) las personas más resilientes que hay: vimos cambiar a nuestro cuerpo sin control, cuestionamos todos los principios que nos constituyen, construimos un futuro con lo que teníamos a la mano e intentamos criar a un humano decente.

Mi cuerpo volvió a mutar de nuevo. Mis pantalones me entran, de nuevo soy una unidad autónoma. ¿Soy la misma persona? A 60 días de ser madre me veo al espejo y observo un no rotundo. Me parezco mucho, pero no lo soy; ciertas cosas han cambiado para siempre. Soy yo después de mi cuarentena, con un bebé en brazos.

Mientras tanto, mi hijo brota. Ha crecido en estas dos cuarentenas: dejó tres tallas de pañales, duplicó su peso, creció ocho centímetros a lo largo y abrió sus enormes ojos. Está dispuesto a conocer el mundo y para él todo es nuevo: la cara de su madre, la frustración, el olor de papá, el frío de la noche, el amor.

Veo el puerperio del mundo desde la ventana. La gente está recluida en casa pensando en el futuro, viviendo como lo hicieron sus madres después de parirlos. Las cuarentenas son parecidas. Algunos hacen yoga, otros escriben sesudas reflexiones sobre el mundo que vendrá cuando esto termine: presagian la revolución o que el devenir será más desigual, explotador, y cruel. Nadie duda del cambio, todos se preguntan si seremos los mismos.

Por ahora, yo tampoco tengo la respuesta, solo la certeza de que el mundo es un lugar nuevo para cada bebé que nace.

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