Prostitución México

Lecciones de una fichera emprendedora

Ella pone 10 pesos en la rocola y con una sonrisa se cuelga del cuello de un hombre joven que espera sentado en las pequeñas mesas del Bar Florida, en Independencia, a media calle del Barrio Chino de la capital.

—Hola, mi amor, ¿no quieres bailar una salsa conmigo? —le dice melosa y restriega sus pechos en la nuca del posible cliente. 

El hombre acepta. Es un bailarín experto y con cada vuelta la hace lucir su voluptuoso cuerpo enfundado en un vestido a punto de estallar. Durante la canción, ella le pedirá que le invite mejor una botella para bebérsela juntos. Es un ganar-ganar: si el joven le invita un trago recibirá 50 pesos de comisión, si es la botella, 300. Cada vez que baila con alguno recibe una pulsera que más tarde canjeará por 20 pesos. 

A eso todavía se le llama ser fichera, porque antes daban fichas en vez de pulseras, pero en realidad es el primer eslabón de la prostitución al que recurren muchas mujeres hartas de ganar una miseria en la fábrica, el ambulantaje, el trabajo doméstico o que huyen de la violencia familiar.

Aquí las mujeres fichan por todo. Por una canción, por una copa, por un poco de su tiempo y atención. En el turno de las 12 a las 20 horas, otras quince mujeres se disputan la clientela de hombres, muchos de ellos comerciantes de la zona, oficinistas y funcionarios del gobierno local, jóvenes calientes y viejos hartos de su soledad. Así que hay que sacar las mañas. 

Se inventó una vida, a todos les dice que es estudiante de medicina y que necesita “para sus libros”. Y si se porta graciosa y platicadora, tal vez consiga que el cliente pague su salida (mil pesos), lo que le garantiza 500 pesos de comisión. Pero ¿por qué conformarse con eso? 

Está en “la escuela del chupe”, donde se aprende a “pedir sin pedir”, a comer bolillo con aceite de ricino y sal para no emborracharse, a estar trucha para no dejar que el cliente “meta mano”, a ser “perra” y no tentarse el corazón para explotarlos.

Seis años en los bares del Eje Central, como el Azteca y el Mirage le enseñaron los secretos del oficio. De ahí salía a veces a trabajar a otros antros del Estado de México, como El Exxxess de Tlalnepantla y cuando los cerraron, anduvo por los bares de Santa Martha Acatitla y los de Ixtapaluca

Termina el baile y la pareja regresa a la mesa a beber otro trago. El muchacho cuenta sus cuitas, se acerca como para darle un beso y le da 100 pesos en la mano.

—Para tus libros, le dice. 

—Gracias, mi amor.

Sonríe complacida mientras lo ve salir. Inmediatamente observa alrededor y pone la mira en un hombre sentado en la esquina del oscuro bar. Se le acerca, se inclina provocativa, le habla al oído, muestra su trasero. A falta de un busto prominente, ella, como el escorpión, se defiende con la cola. El hombre le sonríe divertido. Le acerca una silla. Inmediatamente el mesero les lleva una botella de ron.

Desde su punto de vista y experiencia, los hombres son las personas más fáciles de manipular del mundo. Se les puede sacar lo que sea, basta con que les digas lo que quieren escuchar. Si vas con un hombre machista y te haces la víctima, va a soltar todo el dinero del mundo aunque en su casa sea un pinche codo de primera.

Aprendió a leerlos a los cuatro años de trabajar en bares. Muchos se ven bien buena onda pero pagan con billetes falsos o no dan completa la comisión o piden que los acompañes a sus casas, donde a muchas las golpean, las violan y las extorsionan. Todo eso la hizo desconfiada. Empezó a darse cuenta que “entre mujeres deberíamos apoyarnos más”, pero en el negocio hay una regla: aquí no hay amistades, todas son competencia.

***

—¿Quieres saber la verdad? ¿Quieres que te cuente para que escribas una nota pendeja o cursilerías llenas de prejuicios?

“Sofía”, de 38 años, una “gordibuena” de cabellera negra y larga, me mira con desprecio. Para ella no soy más que otra periodista hípster en busca de un safari exótico para publicar en alguna de las múltiples (y aburridas) guías de la ciudad. Y con justa razón; el tema ha sido explotado hasta el cansancio por personajes de todo tipo por cronistas como Héctor García y Armando Ramírez, fotorreporteros voyeristas como Eugenia Arenas y Carlos Martínez Rentería y hasta por cineastas como María José Cuevas y no se diga la Cinematográfica Calderón.

El Bombay, el Run Run, el Barba Azul, el Dos Naciones, La Perla, el Azteca, el SavoyLa Burbuja, el San Pacho son nombres-leyenda en los espectáculos nocturnos de la capital. La mayoría se han perdido en la memoria de quienes los gozaron o los sufrieron. El “Barbi”, como se le conoce al Barba Azul de la colonia Obrera, sobrevive porque su decoración original atrae a nuevos públicos, igualmente sedientos de una noche de bohemia, baile y talón, de soñarse Jorge Rivero en busca de su Sasha Montenegro para bailar de cartoncito, de tomarse la selfie en el lugar más kitsch, goeeee. ¿Es puro morbo el que lleva nuevos clientes al arrabal o un subconsciente deseo de vivir su propia película de ficheras? ¿Qué más se puede decir del talón? Sesenta años después, en pleno reinado del téibol y las agencias de escorts, una descarnada realidad mata la nostalgia cabaretera: aquí se jode el que es pendejo y no se adapta a los cambios.

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Así que Sofía se compadece de mí. Quizá por la discriminación que sufrí al tratar de entrar sola al Florida o por los engaños de las chicas del Míster Lee que se negaron a ser entrevistadas, o solo porque está harta del machismo y la doble moral del oficio.

—Somos bien cabronas en este negocio, pero deberíamos abrazarnos más y saber que valemos un chingo y ser más honestas con nosotras mismas. Mira mis llantas, a huevo, así me quiero, nadie me puede chingar más que yo. 

Reímos. A la salida del Florida me da su teléfono. Días después, en un céntrico Sanborns, me da “lecciones de putería”, como llama a contarme su vida, llena de sexo, hombres, pero sobre todo de mujeres cabronas.

—Las mujeres de hoy se esponjan como gato si cualquiera las toca y denuncian el acoso en el Metro o en la calle, pero no, realmente no saben lo que es que un culero se pase de lanza contigo. Realmente no sabes cómo es que te agarren las manos para manosearte, que te ahorquen para ponerte cloroformo, que te muerdan las axilas y te borren las cejas a putazos. Ser fichera no tiene nada de glamoroso, todo se ha vuelto robótico.

Mientras ella devora su club sándwich, pedimos otras chelas y maldice a Rosi Orozco, la presidenta de la Comisión Unidos contra la Trata, quien desde 1995 sostiene un férreo activismo contra la cadena de explotación sexual de antros y giros negros de la ciudad y organiza recurrentemente controvertidos “rescates” de víctimas de ese delito, que según Sofía, terminaron victimizando a quienes decía proteger. 

Explota:

—Cuando llegan los operativos de la estúpida de Rosi Orozco, ¡hija de puta, al igual que todas nosotras de verdad la maldigo porque nos dejó sin trabajo! Nos desmadró por completo y la pendeja abrió otro campo, el de los anuncios engañosos en Internet. Ahí sí hay redes de güeyes que extorsionan y llegan a los hoteles y te dicen que si das el servicio, te chingas y pagas. Nos golpeó en la economía, pero nos hizo más unidas y más perras. 

“Perra” resume bien esa mezcla “más culera que feminista” en la que dice que se ha convertido. Una especie de autómata que ha perdido la cuenta de los hombres con los que se ha acostado, pero las matemáticas que realmente le importan son otras. 

—El negocio suma, no resta; ayuda, no quita. Los hombres, si les tienes compasión, abusan. Y no soy feminista, creo que soy más culera que una feminista. Si los tratas mal, ahí estarán, les encanta.

A veces se encuentra a los clientes en la calle y ellos bajan la mirada. “Yo normal, así como diciendo: ‘Es mi chamba, cabrón, si te sientes mal es tu pedo’. Yo no bajo la mirada, yo estoy orgullosa de lo que soy”.

Los ojos se le enrojecen. Aprendió a quererse cuando el padre de su hijo le dijo que tenía el cuerpo de un puerco y que nadie la querría. Claro, después de que le pagó la colegiatura de varios años de su licenciatura y algunos “gustitos” más. Comprendió entonces que el amor no existe realmente si no te amas a ti misma. 

—Desde ese momento me desprendí de todo lo humano que me quedaba, excepto de mi hijo, que es mi corazón y donde pongo todos mis sentimientos y me dije: “¡Quiérete, ámate, ama lo que eres! ¿Y qué eres? ¿Qué representas?”. Me quité  todos los estigmas de la sociedad y de las mujeres indefensas y me dije: “Yo soy una pinche perra que va por el varo”. Un día entré a un bar como mesera porque no encontraba trabajo de otra cosa, porque igual mis estudios no eran suficientes. Entré a la UNAM y se vinieron las huelgas, no pude sacar mi certificado, así que tenía muchos problemas para encontrar trabajo y los que encontraba me pagaban 400 a la semana. Te hablo del 2001-2002. Entré de mesera a el Azteca y en esa noche me llevé 200 pesos. Me acuerdo que el primer cliente que atendí pidió una cubeta de cervezas y me dijo que bebiera de ellas. ¡Me puse una borrachera bárbara! Cuando estaba volviendo en mí, ya me había metido mano. Al día siguiente regresé a trabajar, pero entre más piel enseñes, mejor te va. A la semana de estar ahí, mis necesidades económicas se iban cubriendo poco a poco y un hombre solicitó que me sentara, que me tomara unos tragos con él. En solo una semana salté a ser fichera. No sabía ni qué hacer.

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“Mi primera lección fue enseñarme a beber. Antes de que me sentara me dieron medio bolillo, una cucharada de aceite de ricino y un caballito de jugo de limón con sal para que no se me subiera. Después tenía que pedir congas, que es puro jugo de frutas pero la orilla de la copa la mojaban de alcohol y así el cliente olía y se iba con la finta pero yo no me emborrachaba. El problema era cuando me pedían beber de la botella, me ponía unas borracheras horribles pero como no vivía con mis papás, podía llegar a la hora que quisiera y como quisiera. Se me fue haciendo un estómago de alcohólica y una dependencia al alcohol muy terrible que hoy en día te lo digo, me bebo una o dos copas de whisky diario, que para los nervios.

“Estuve trabajando en la ficha cuatro años y conocí muchos secretos. Los clientes te invitaban, te sentabas con ellos, te dejaban su teléfono. Yo tenía un Motorola de los que se doblaban, que era caro, me hablaban y me invitaban a comer. Mi vida se fue haciendo de todo gratis, todo tiene que ser gratis para mí, todo. Llegó un tiempo en que me disparaban mi despensa, mi comida, mi taxi, me disparaban todo. En diciembre del 2004 había recorrido varios bares del Edomex y me dicen “Métete a bailar, si bailas en el téibol te pagan 700 pesos la noche”. Pero era mucho esfuerzo y en bares sacaba el doble sin bailar.

“En este medio lo que debes tener es actitud. Los hombres no buscan mujeres que se vean bonitas, buscan desmadre. Entonces echas desmadre y los haces sentirse jóvenes otra vez, eso es lo que buscan. Si les haces plática y no eres fría entonces dicen ‘Ay, esta es distinta’, y ya no quieren cogerte, se forma un vínculo de amistad o no sé, y entonces te platican sus problemas y escuchas y escuchas y escuchas. Se quejan de su matrimonio, que sus mujeres no se arreglan, que no acceden a ciertas cosas sexuales. 

Aprendí a contar chistes, entonces me empezaron a conocer como Sofía o la “Chofis”, y me invitaban a sus eventos y a sus fiestas y me pagaban 500 pesos la hora. Era muy barato, pero ellos querían el desmadre. Y empecé a cobrarles como taxi: horas de 40 minutos.”

***

Soy de los altos de Chiapas, de familia humilde, indígena. Mi abuela nunca habló español y en casa se acostumbraba que nosotras como mujeres, de pendejas, teníamos que servirles a los hombres y esperar a que ellos se lavaran y terminaran para poder comer. Eso no me gustaba. Siempre he tenido problemas con mi papá desde que nací y hasta la fecha porque es muy machista. 

Él trabajó en la biblioteca del Colmex y cuando yo tenía seis años conocí a Octavio Paz y a Enrique Krauze, quien me regaló un libro que se llama Entre el ángel y el fierro, sobre la historia de Pancho Villa y otros dos cabrones. Carlos Fuentes me regaló un librito que no le tomé importancia, pero era Aura y hasta me lo firmó: “Niña, nunca dejes de leer”, dice. Y hasta ahora que soy lectora voluntaria en la escuela de mi hijo y voy a leer una vez por semana, le sigo.

 En ese entonces no sabía ni quiénes eran, pero siempre fui aplicada en la escuela. Tengo una pinche retentiva cabrona y eso les encanta a los clientes, dicen: “Ay no mames, pinche vieja, aparte de puta, sabia”. Me encanta leer, amo las matemáticas y si hubiera tenido oportunidad, hubiera sido historiadora. Pero mi mamá sufrió una embolia que la paralizó la mitad del cuerpo. Hasta ese momento, todavía era fichera y te juro que pensé cambiar. Quería ser recepcionista, tener tarjeta de nómina, una vida normal, pero con lo de mi mamá, tardó un año en salir su pensión del ISSSTE y tuve que seguirle en la ficha para salir de gastos.

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Trabajaba 18 horas diarias y dormía poco, por eso estaba delgada, es que no comía, me la vivía con chupe, cigarro y piedra para aguantar. Empezamos a salir adelante y ya cuando mi madre mejoró, me tocó apoyar a mi hermano para estudiar ingeniería biotecnológica en el Poli, porque mi papá era un alcohólico. Entonces le pagué la carrera con mi culo.

No volví a estudiar y daría todo lo que fuera por volver. Pero bueno, mi hermano se graduó, hizo maestría y ahora enseña. Y ya sabes, ahora que es ingeniero, mi papá lo presume como el chingón y tú no has hecho nada, eres promotora de cultura (porque eso es lo que piensa). ¿Sabes cuántas veces he estado tentada a decirle la verdad a mi papá? Infinidad, pero el día que lo haga se muere. 

Lo único que me queda es reírme y como aprendí en el negocio, si alguien te cae gordo, 16 gotas de clonazepam y se acabó el pedo.

***

Se va a escuchar vulgar, pero en esta vida nadie te enseña a putear, nadie te dice los riesgos, nadie te dice a lo que te enfrentas. Me costó años entender los riesgos que lleva esto. Después de los análisis, de estudios de papanicolaou, colposcopía, agradezco no tener absolutamente nada porque la primera vez que salí del Mirage lo hice sin condón. 

No sabía que me podía contagiar de Sida o de Papiloma Humano, no hay una información sexual de vida y para la prostituta es vital. Imagínate cómo estamos que los mejores condones son los del IMSS y las mismas enfermeras de las clínicas los venden por caja cuando deben ser gratis.

En la ficha te enfrentas a clientes violentos que buscan a su madre, a su hermana. Me tocó un cliente que me dijo: “Péinate de coletas y dime papá”. En ese momento tenía unos amigos que eran judiciales aquí afuera del Eje Central y les di mis 500 pesos que me había ganado para que le partieran la madre, para que lo reventaran. Había un cliente que iba a beber y me llevaba un mandil y me decía: “Dime que soy tu hijo”. Hasta como seis meses después de que comenzó a visitarme me dijo que estaba enamorado de su madre. Después conocí a un militar que cuando terminaba bien borracho me decía: “Dime Perruchina”. Y empezaba a jotear al por mayor. Es cuando te das cuenta de que Sigmund Freud tiene razón.

Tenía otro que era puestero en Tepito, le decían Juanito Picapierda, muy buen cliente. Vistió a mi hijo con pura marca Jordan y sudaderas, me las daba de regalo. Cuando él llegaba me dejaba mi lana, si venía el jueves no me preocupaba durante todo el fin de semana. Me llego a dar siete mil pesos en fin de semana o hasta tres mil 500 por día y aparte mis regalos. 

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Después encontré un cliente que me llevó durante tres años a Cancún. Era un funcionario del gobierno de la CDMX. Ahí conocí los mejores hoteles, nunca había tenido tanto lujo en mi vida. Cancún representa un lugar mágico, otro tipo de vida que quisiera alcanzar algún día.

También me tocó un sacerdote de la Catedral que pagó mi salida y me daba risa porque el señor traía puro coñac y cada que bebía se persignaba “Virgen santa otro pedo”. Fue la primera vez que probé el VSOP, que según que era el más bueno. Total que paga mi salida, nos subimos a una Suburban, traía chofer y pagó el Washington, un hotel del Centro, y cuando se quita la sotana traía un rosario de madera bien pesado abajo y me dice “No quiero que me toques nomás hazme sexo oral”. Ahí ya tenía seis años trabajando y ese hombre me buscó durante cuatro años más hasta que lo movieron de Arquidiócesis o algo así. Cuando se fue me llamó y me lloró y me dijo que me fuera con él. Recibí propuestas de matrimonio infinidad de veces.

Un libanés, dueño de una marca famosa de vestidos de graduación, me decía “Ay, Sofía, si no estuviera comprometido con mi sociedad te casabas conmigo y te ibas a mi país”. Los libaneses son los mejores clientes. Todos te prometen que te van a sacar de trabajar, pero no es cierto, mentira, les excita que seas fichera, les encanta que te exhibas y todo eso. Por eso es que triunfas, porque no les perteneces. 

***

La primera vez que me madrearon fue en el hotel Esperanza, cerca del ISSSTE de Vértiz. Fue un judicial, que son las personas mas culeras. Están bien pinches locos, los judiciales tiene un problema cabrón, no sé qué les pasa en la cabeza, mucha coca y alcohol. Otros se van por el satanismo, pero te digo una cosa, el bien y el mal radica en nosotros y cuando haces una chingadera, nadie te empuja más que tú. 

Al entrar vi cuatro six vacíos y dije: “Verga, este güey no está pedo, algo se está metiendo”. Me voy a hacer pendeja cinco minutos, siempre hay un presentimiento, tenemos un sexto sentido muy cabrón.

Y me dice: “No, quiero que me la mames”. Y yo: “Sí, mi amor, espérame, voy por los condones” y que me jala del cabello, me tira, me patea la cara. Me hice bolita no sabía cómo actuar, sentí caliente mi pierna, mi rodilla y el güey seguía patéandome y todo. No sé si grité o no, pero llegaron dos camaristas hombres y el güey se echó a correr. Nomás oí que cortó cartucho y se fue. Me paro y me dicen los del hotel: “Se tiene que salir, no nos podemos hacer responsables”. Me salí a Obrero Mundial, vi una patrulla y le dije “¡Ayúdame güey, me acaba de putear un cabrón!”. “No mames, no hay justicia para las putas, no digas mamadas”, me dijo el policía.

Puteada, ensangrentada, eran como las tres de la mañana y me levanta un cabrón que me llevaba a la Cruz Roja de Polanco, pero como le dije que me pasó en un servicio que me dice: “¡Salte del auto, no quiero pedos!”.

Salí con la nariz fracturada, cicatriz en la pierna, me abrió con navaja. Le tuve que hablar a mi hermano, así se enteró que era puta. Llevaba la chamarra de mezclilla llena de condones y un lubricante. Y ya tenía 21 años. Cuando llegó, me habían cocido y le dije: “Carnal, la neta soy puta”. Me abrazó y desde ese instante me gané su respeto. Es el único cabrón que yo le creo que si me dice que me saca de trabajar, me saca.

Cuando hizo su tesis mencionó a Sofía. A lo mejor no soy la gran historiadora pero a ese cabrón lo saque adelante. Le he enseñado que todo en esta vida cuesta y que está bien cabrón. Así es como cambias tu modo de ser y te vuelves más culera.

***

—Con los operativos ni se dieron cuenta del desmadre que soltaron, porque nosotras entretenemos a las ratas, a los asesinos, a los judiciales, a los violadores. Así que nos obligaron a hacer peores cosas todavía. 

Ella se fue a Oaxaca con otra amiga a probar suerte en El Farol Rojo, una casa de citas con chupe tan mala que salió huyendo. Estuvo a punto de irse a España, porque le dijeron que las sudacas allá valen mucho, pero solo llegó a Tijuana. De regreso se mantuvo de las casas de citas de la colonia Roma, la colonia más putísima de la ciudad. 

—Es la cosa más fea del mundo, no se lo deseo a nadie. No me gustó el ambiente, es muy vulgar. También anduve en la Casa Britneys, la famosa de las Bugambilias, afuera del Politécnico. Es muy famosa porque van los cargadores, los basureros, los albañiles. No me gusta denigrar los trabajos, ¡pero si van a coger, por favor, lávense las manos, báñense chingao, apestan horrible! Ahí se pagaban 150 pesos por un servicio, pero el primer servicio se lo quedaba la casa. Del segundo en adelante es mitad y mitad, 75 pesos. 

Sofía hizo matemáticas: si quería ganar 750 pesos, tendría que cogerse diez güeyes, por eso durante el servicio aprendió a inventar de todo para poder sacar más dinero: que si quieres que me quite la blusa 50 más, o esto otro, más. Como no le gustaba comenzó a investigar todos esos anuncios de periódico en los que solicitan “chicas talla siete, amplio criterio”. Eran “agencias” en las que hay que pagar por trabajar tres mil pesos y funcionan como esas cadenas fraudulentas de pirámides. 

—Ellos cobraban 500 el servicio más 150 del taxi, y a mí me tocaban 250 pesos. Me empezó a ir muy bien y entonces me di cuenta dónde ponían los anuncios y dije si estos güeyes están ganando 650 por mi culo, yo puedo ganar lo mismo solita. En seis meses aprendí lo más que se pudo y me lancé de independiente. 

Puso su anuncio en El Universal, en el “Aviso Oportuno” y en La Prensa. No había fotos, se vendía por teléfono y tenía que saberse vender porque como ese anuncio hay tres mil más. 

—El secreto es que cuando hables por teléfono, enganches. Les decía: “No contrates sirvientas, además yo sí bebo contigo. No contrates fraudes, esto es totalmente real e independiente, convéncete y date el gusto, servicio garantizado sin malos ratos ni prisas, totalmente accesible, sé cómo comportarme en cualquier ambiente, no soy payasa, me acomodo a tu presupuesto pues tengo distintas tarifas, no tengo problemas para atenderte en la mañanas o tardes, te trato como si fuéramos novios, con masajito relajante, motivación oral y algo más, disfruta a mi lado del placer de un orgasmo, me encanta gozar de un encuentro muy caliente, ya no te dejes engañar, yo no te correteo con el tiempo”.

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Descubrió que la gente la contrataba para que bebiera en los hoteles, no para coger sino para beber y platicar. 

—¿Te imaginas? La gente necesita ser escuchada, porque más que soledad hay mucha doble moral. El hecho de que no te separes de tu pareja porque es el papá/mamá de tus hijos. ¡Chale, si ya no lo aguantas, vete de ahí! Había un cabrón que me decía, sigo con mi vieja porque sigo contigo. 

Desde entonces, Sofía se ha vuelto selectiva. Tiene cuatro clientes recurrentes. Uno de ellos, cada mes le entrega su bono de productividad. Trabaja tres días a la semana nada más y hasta le hace publicidad a otras. 

—Mi experiencia se vende, no nomás el cuerpo. Y cada vez más se me empiezan a acercar chavitas y les hago sus anuncios, les doy clases de putería, de eso también me he estado manteniendo. Todo cuesta.

***

En el Sanborns las meseras se inquietan, hemos bebido como cosacas. No saben que en la Escuela del Chupe dicta cátedra Sofía, la puta sabia y emprendedora. Vamos a pagar a michas, es su regla siempre que está con mujeres o con buenos amigos. Me alegro porque mis incursiones en el Florida mermaron mi presupuesto.

Nos entretenemos “leyendo” a algunos comensales. Ella es muy mala, ha destrozado a varios.

—Mira, ese señor de la barra se siente solo. Si le cierro el ojo me lo ligo, su esposa seguro ni se deja tocar. Lamentablemente esos son los hombres más susceptibles de ser usados. Pero después de todos estos años, ¿te digo la verdad? Estoy harta, no quiero ni una sola relación, no quiero nada. Me gusta mi trabajo, amo mi profesión, amo ser fichera y prostituta porque no le miento a la gente, no voy por la vida con doble moral, diciendo: “Ay, no me lo cogería”. ¡Sí, yo sí me lo cogería!

Conforme pasa el tiempo Sofía se ha hecho dura de sentimientos y corazón. Cuando un mendigo se le acerca y le dice: “Ay no tengo para la leche de mi hijo”, ella explota:

—¡No chingues, yo estoy dando las nalgas, si yo puteo, tú también, clientes hay pa todos! Cada uno tiene que aprender a sobrevivir. Si tuviera moral, me sentiría mal, pero después de haber conocido a tantos clientes y todas sus historias, noooo, yo soy un ángel de verdad. Hay cabrones que le roban a sus empresas, cabrones que se chingan a sus viejas. Hay clientes que me llaman y me dicen “Sofi, me acaban de chingar”. Lo primero que les digo es: “¡Qué bueno por pendejo, pa’ qué no me hablas a mí!”.  

Una siempre debe cuidar su inversión.

*Esta crónica forma parte de No te dejaremos ir. Ellas narran el Centro Histórico, volumen de crónicas de once autoras compilado por J.M. Servín y publicado en 2020 bajo el sello Producciones el Salario del Miedo.

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