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Vestidas y clandestinas 

Es viernes, son alrededor de las 22:30, en alguna calle de la Roma Norte. La CDMX parece dormida. Estoy terminando un taco del primer puesto que encontré en mi camino. Es un campechano malo —chorizo seco en vez de longaniza, carne sin sabor, tortilla y salsa genéricas— pero saca la chamba. Ni hablar, necesito comer para no morir dentro de dos horas. La noche empezó hace rato, vengo con varias Pacífico y conejos de mezcal en el estómago, más la llave de coca que me di mientras me alistaba.

Hoy he perdido cuarenta y cinco minutos de mi vida frente del espejo, no es usual pero este evento lo amerita. Me pinté los labios del mismo rojo que mi vestido, me recogí el pelo en un chongo muy producido —usando una especie de esponja para fingir que tengo volumen—, me delineé los ojos de negro.

Entramos en el edificio, subimos al primer piso. Cuando la puerta se abre, siento que el 2019 me jala desde adentro. “Ay hermosa, ¡cuánto tiempo!”. Abrazo, beso. “¡Qué guapa!”. Beso. “Te extrañamos”. Me agarran de la mano. “Y yo a ustedes”. 

Entre sus cortesanos vestidos con camisas abiertas, luciendo torsos lampiños y nalguitas en pantalones apretados, las tres reinas se mueven con elegancia, encaramadas sobre sus tacones altísimos. Rebasan a todos de una cabeza o dos. Para no lastimar sus labios pintados con esmero, toman unas palomas muy cargadas con popote.

De vez en cuando, se tocan las pelucas con la seguridad de una señora o la ingenuidad fingida de una niña. El timbre no para de sonar. La danza de entrar y saludar sobresale del baile en la pista. Vengo con dos hombres heterosexuales —mi novio Eduardo y su mejor amigo, Rolando—, y soy la única mujer biológica en un crowd de treinta personas. 

Carlota enciende un cigarro, pone su mano en mi brazo y me habla desde arriba —mide 1.86, añádele 18 centímetros de tacón— “Magui, espero que hayas venido con todo. Yo vine con todo”, me dice. Toma una larga calada de su Pall Mall mentolado antes de soplar el humo hacia el techo. “Te ves muy bien. Muy bien”. Me acaricia el pelo, orgullosa cual madre. Ella también: toda de negro, con una falda acampanada, un top de cuello de tortuga y mangas largas, calcetines altos como si fueran botas pegadas a la piel, escarpines laqueados. Sobre su piel, más blanca que la mía, pues desconoce el sol, resaltan las sombras oscuras y carmín de sus párpados, la boca bermellón, el pelo café, los aretes dorados pegados con Kola Loka, fruto de tres intensas horas de preparación.

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Me sirvo un ron en la cocina, escuchando gritos agudos, entre los cuales reconozco el “¡Amigas, hello!” de Lamemé, hermana de Carlota. Muchos “aaaaaaayyy” —de Leona, la otra hermana— que se vuelven un método de comunicación. Después de todo, ciertos clichés de la comunidad gay tienen una base racional. Llega una draga desconocida en busca de hielos, con un velo negro de mater dolorosa española, chaparrita, muy bonita. “¿Listas para la procesión? ¡Es Semana Santa, chavas!”, dice con un fingido acento español. Les sirve caballitos de tequila a todos los que la rodean. Al volver a la sala, cacho a un invitado saliendo del cuarto de Carlota y limpiando restos de polvo en su nariz. 

Shots, abrazos, más gritos. Las reinas posan para fotos. Tras convencerlo, Lalo se prueba los tacones de Carlota, y casi se estrella en el piso. “No cualquiera puede ser draga, bebé”, le dice la experta con seriedad y unas palmaditas en el hombro. “Pero a mí me encantas con tacón mi amor”, agrego. Veo a Rol nervioso, se acerca cada vez más a la ventana abierta. “¿Mucho covid?”, le preguntamos. “Hmm, sí”. Es la única persona sensata que al ver las dimensiones de la pre fiesta, decidirá que seguir más adelante es pésima idea. Tiene toda la razón.

El antro está a unas cuadras. Los seres dotados de tacones se suben a un Uber Black, mientras el común de los mortales caminamos en una colonia Roma extrañamente apagada para un viernes. Pero ya son las doce, los lugares han cerrado por disposición legal. Casi había olvidado la pandemia. Nos formamos frente a una taquería; unos segundos después, una reja se sube y nos hacen pasar al bar. Debemos ser alrededor de treinta personas. Ya estoy lo suficientemente pedita —más un pase que me di con Carlota— para imaginarme en un laberinto cuando seguramente sólo se tratan de dos puertas y una escalera en el fondo de la sala principal. 

El proceso es lento. Los vigilantes nos checan —casi le atina la que me acaricia la chichi en búsqueda de droga— y ponen stickers verdes de emojis tristes en las cámaras de los celulares de todos. “Como en un table”, comenta Lalo. Luego, me sorprenden al sellar los celulares en estuches herméticos, del tipo que imagino para nadar con delfines. “Eso no pasa en un table, se lo toman muy en serio”, añade Lalo. Acto seguido, subimos otra escalera —se empiezan a escuchar los beats—, pagamos el cover y la puerta se abre hacia el lugar más covid friendly al que fui en un año. “Tenemos inmunidad de rebaño, aquí todos se contagiaron porque nunca paramos de salir”, me había dicho Carlota para convencerme. Si le tuviera miedo al bicho, me iría corriendo. Pero es al contrario. En este mundo mágico, no hay aforo limitado, ni cubrebocas, ni distancia social. Estoy muy emocionada.

El alcohol y las drogas corren en todas las venas de estos cuerpos que no paran de moverse. La música es la usual mezcla de los últimos hits con los clásicos que enardecen. Las luces iluminan al DJ, rozan las pieles brillantes de sudor, antes de reflejarse en las múltiples bolas de disco del techo. Cuerpos que se acercan y se abrazan, manos alzándose o buscando a tientas. De vez en cuando, una jota atractiva me mira detenidamente para determinar si soy guëy (por la estatura podría ser), pero luego repara en mis zapatos planos, nota mis senos, infiere que no tengo pito y se va. Chale.

Pasan las horas. Muy pronto la diferenciación de género de los baños, ¿acaso justificada?, se esfuma, y muchos salen en pares sin jalar agua ni lavarse las manos. Las pupilas se dilatan aún más, el baile se intensifica, el Bacardí fluye. Por obvias razones, nadie toma fotos ni usa su cel. ¿Habremos regresado más bien a los noventa? Las reinas no sueltan sus popotes ni sus drinks. Ellas, hasta donde sé, siguen con tequila. Siempre se nota su presencia por sus delicados aullidos, su mano en tu hombro, un abrazo por ahí, besos en el aire por allá. El pueblo parece adecuadamente entretenido.

Cierro los ojos. A veces siento que no puedo respirar por el humo del cigarro, tal vez por la proximidad de tantos cuerpos ajenos, o es la leve paranoia provocada por la coca. Son demasiados factores para tener cualquier certidumbre. Varios desconocidos se me acercan para decirme que qué guapa, sonrío. Siento que es momento de pedir agua. Unos pelos guëros naturales pero muy decolorados me vuelan en la cara: otra pareja heterosexual se perdió aquí. Con su estilo entre tuluminati y edecán, no encajan para nada. Giro la cabeza: la draga más católica baila con una mujer ostentosamente cisgénero. Parece que las canciones de reguetón la atrajeron en vista de su outfit: falda mini de mezclilla, top demasiado abierto en la espalda, escote gigante, botas beige. Al final de un baile raro, que varios nos detenemos a observar, enseña las nalgas. La tanga minúscula permite apreciarlas en todo su esplendor. Qué corrientes somos los heterosexuales a veces.  

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Termino mi tercer vaso de agua. Carlota se me acerca chasqueando los dedos: “Ya, vámonos”. Volteo a ver a Eduardo que asiente y vacía su cuba. Me siento toda floja, de cuerpo e intenciones; me voy sin arrepentimiento, pero me hubiera podido quedar perfectamente. Salimos a la calle, alejándonos enseguida de la puerta escondida. “Estoy muerta y mi Uber no llega”, suspira Carlota con mueca de que ya no aguanta sus pies. “Es que pedí Black”. Un admirador le pide un último selfie. La pose es perfecta, el maquillaje y el pelo acomodados como si no hubieran pasado ocho horas. 

Son las cinco de la mañana, en otra calle de la Roma. Encontramos a nuestros compañeros de fiesta en la taquería del principio. La santa draga tiene cinco tacos al pastor en frente de ella; la carne, cebolla, piña y cilantro de otros cinco están esparcidos en el piso. El taquero no se ve contento, tal vez por eso le puso tanto cilantro y tan poca sal a mi guacamole. Pero le perdono: el volcán de costilla que me sirve cinco minutos después resulta delicioso. La carne es jugosa, la tostada tiene el debido sabor a maíz, el queso no parece del Oxxo. Esta sí fue una buena decisión.

2 de abril del 2021.

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