Al final serán las gaviotas, señor Hawking

Fotografías: Sara Fariña y Cecilia Suárez / @cecileesu

Seis de la mañana de un miércoles de julio en un pueblo de la Ría de Arousa, pongamos que Cambados (Galicia, noroeste de España). El Atlántico amanece mudo, inmóvil, tan llanito que uno piensa que quizá en un mar así es posible el milagro de caminar sobre el agua. Sobre el agua navegan barcos de pesca, algunos minúsculos como si fueran Scalextrics, otros más grandes, de esos que te imaginas que llevan toneladas de sargos, lubinas, rodaballos gigantes en la cubierta helada. Y a su lado, gaviotas. Y por encima. Por todas partes, gaviotas. Gaviotas armando lío. Disputas en el aire por un trozo de pescado como si solo hubiera un trozo en el mundo, como si el pescado estuviera en el aire y no nadando en bancos inmensos en el océano que sobrevuelan estas gaviotitas, ignorándolo. 

El Atlántico amanece mudo e inmóvil como un abuelo sentado en su mecedora, mientras sus nietos aporrean juguetes contra el suelo. Gritan y se pelean entre ellos porque todos quieren jugar con el mismo camión amarillo. Así empieza, por ejemplo, este miércoles de julio.

Para los que vivimos cerca del mar (dejadme que me incluya en este grupo aunque sea durante este verano de coronavirus y teletrabajo), las gaviotas son nuestros gallos. Nos despiertan a las seis de la mañana con sus gritos de guerra. Alaridos cargados de energía matutina que están volviendo locos a los vecinos. Personalmente, como el resto del año vivo en la sequedad de la meseta madrileña, me encanta despertarme con el alboroto de las gaviotas significa que estoy en algún punto de la costa y eso lo compensa todo, pero hay que darle la razón al pueblo cuando dice que de un tiempo a esta parte la situación se está yendo de madre. Una locura.

Seguro que tú mismo, vivas en un pueblo costero o siquiera hayas pasado algún verano azul en la costa, habrás sido testigo de que las gaviotas llevan años organizándose, tomando las calles, aprendiendo idiomas. En los noventa desplegaban su inteligencia avícola nada en entredichopara acciones sencillas, como picotear el plátano de Laurita o robar el bocadillo de chorizo a Manolito. Pobre Manolito, que siempre le pillaban despistado mirando una fila de hormigas o un dinosaurio imaginario. A veces, en un alarde de ingenio, a ciertas gaviotas espabiladas se las veía incluso haciéndose con bolsas de patatas, bolsas cerradas que luego abrían a picotazos y se servían a gustísimo, nada preocupadas por su colesterol.

Pero las cosas están cambiando a un ritmo que asusta. Quién sabe cuándo parará esto. Ayer, por ejemplo, mi madre se quejaba del ruido que estaba armando un señor en la calle porque, decía ella, no paraba de gritar. Salí a mirar. Era una gaviota. ¡Una gaviota! Las gaviotas ladran, maúllan y, sí, últimamente, nos hablan. Se dirigen a nosotros con soberbia, chulería. Nos plantan cara. Suerte, amigo mío, si se te ocurre la brillante idea de irte de picnic, porque allá donde vayas habrá una gaviota empoderada, valiente, que se parará a tu lado. Y te rondará, te mirará de perfil con esa cara suya de te miro sin mirarte, con ese andar suyo que si en lugar de ser un pájaro fuese una persona la que caminase, sería una persona silenciosa, menuda, que llevaría las manos entrelazadas a la altura del trasero mientras silba y va dando pataditas a las hojas caídas de los árboles.

Así, como quien no quiere la cosa. Así te acorralan. Primero llega una, la gaviota espía. Luego otra. Y cuando te quieres dar cuenta, estás en medio del océano, tu mesa es una balsa a la deriva y los tiburones te acechan haciendo tu círculo de seguridad cada vez más estrecho. ¡Plaf! Ya han llegado a tu empanada de atún.

Así es como esta revolución que avanza, despacito pero avanza, va tomando posesión de nuestros rincones. Primero fueron los contenedores de basura, luego los mercados, después las terrazas. Y el avance es imparable. La pandemia que nos ha retenido en casa durante varios meses y lo que vendrá no ha hecho sino allanar el camino a estas gaviotas en pie de guerra. Libérrimas, asalvajadas, cuando hemos salido nos hemos encontrado con que habían teñido todos los coches de blanco y con que habían adquirido comportamientos posesivos y bastante, digamos, imperialistas. ¡Eh, siervo humano, aparta que la calle es mía!, parecen decir con esos ojos rojos que les han dado siempre pinta de tener línea directa con el diablo.

Nuestro tío Ramón, sin ir más lejos, lleva desde mayo muy preocupado con el asunto de ir a tirar la basura. Ese acto, bah, cotidiano, bah, automático, que se ha convertido en una batalla diaria. No sabéis cómo estoy, nos decía. Si la gaviota olisquea mi bolsa cuando voy a echar la basura y le gusta, me deja tirarla en el cubo. Ahora, como no le cuadre, ¡pobre de mí como se me ocurra tirarla! Estoy acojonadito, perdido. Cada vez practico más a menudo el lanzamiento a cinco metros de distancia. Es ridículo. Yo lo sé. Un hombre como yo. Sesenta y cinco años y metro setenta de altura. Pero tengo miedo. ¿Qué puedo hacer? La basura hay que sacarla. Hay que sacarla. Pobre tío Ramón, ¿verdad? Está contra las cuerdas.

Como es lógico, detrás de toda revolución hay un gran líder; a menudo de dudosas intenciones, pero líder al fin y al cabo. También aquí. Si bien la cúpula de mando a escala mundial se encuentra, dicen los archivos, en Sidney escenario de las historias gavioteras más escabrosas del planeta, una plaga como dios manda que ha obligado incluso a cerrar locales porque no había manera de sacar el sushi a la terraza y que llegase intacto a la mesa, en Galicia tenemos también oficinas centrales al servicio de la revolución. Os cuento. Las oficinas, al aire libre, y con las mejores vistas del Atlántico, están en las Islas Cíes. Si tú que me lees, posiblemente mexicano, no conoces las Islas Cíes, te diré que son nuestro Caribe, excepto por el hecho de que vuestras aguas turquesas son una balsa de agua templada, y las nuestras hielo puro. Un paraíso increíble, en todo caso, que pertenece a las gaviotas y que las gaviotas, circunstancialmente, permiten a los humanos disfrutar. 

Foto: Iria González Sierra

 

Playas, acantilados, atardeceres. Y en todas partes, en playas, acantilados, dentro del mismísimo sol, gaviotas. Gaviotas en la mesa, en el flotador, en el pinar, en la tienda de campaña, en la ducha. Por todas partes, gaviotas. Y mandando sobre todas, ella. La gaviota reina. La que gobierna con pico de acero. Una gaviota robusta, firme, con el pico más rojo que puedas imaginar. La gaviota reina ocupa una posición privilegiada en la isla, en lo alto de una roca con visibilidad 360°, y dedica buena parte de su tiempo a vigilar que las estrictas normas que ha impuesto se cumplan a rajatabla. Algunas de ellas:

1. Nunca permitirás que un humano disfrute en paz de una comida al aire libre.

2. Estarás alerta de todas las tiendas de campaña a la espera de que algún humano cometa el error de sacar la basura y, entonces, atacarás sin mesura.

3.Nunca te doblegarás si un humano pretende abusar de su altura o posición como jefe de la naturaleza, recuerda que la isla es nuestra.

Y sus esbirros cumplen. Vaya, si cumplen. Tanto es así, que los protocolos isleños decretados por las autoridades para evitar conflictos con las gaviotas son muy severos, incluso puedes leerlos en el típico folleto de bienvenida que reparten en los catamaranes turísticos que te llevan a las islas. Nadie que no esté bajo los efectos de la droga se atrevería a saltárselos. 

Hace un par de años, yo misma fui víctima de un ataque casi mortal en las Cíes por un despiste. Fue sin querer, gaviota reina. Juro que fue sin querer. El plan parecía inocente: subir al faro a ver el atardecer. Atardeció y qué gustazo de atardecer, rojo, amarillo, morado. Pero la vuelta… La vuelta fue dirigida por el mismísimo Hitchcock. Decenas de gaviotas persiguiéndonos cuesta abajo, sin explicación, como locas, por todas partes, subiendo y bajando como flechas mortales hacia nuestras cabezas. Sus movimientos de relámpago fueron solo amenazas, se notaba, porque de haber querido agujerearnos el cráneo lo podrían haber hecho allí mismo. Por un momento fuimos Tippi Hedren y la tienda de campaña, nuestra cabina de teléfono. Hay que vivirlo, oiga. Cuando nos alejamos lo suficiente como para recapacitar, entendimos que evidentemente habíamos pasado cerca de una zona de cría. No es que viéramos un nido. Es que un despliegue de medios así solo es capaz de ponerlo en marcha una madre cabreada. Lección: investiga antes la zona, con periscopio si hace falta, pero investiga. Son más listas que tú.

 

Este verano me estoy acordando mucho de la canción de Silvio en la que dedica esos versos tan dulces a las gaviotas. Vals del equilibrio, cadencia increíble, les dice. “Gaviota, gaviota, blancura de lirio, aire y bailarina”, les dice. No le culpo. Me parece muy inteligente por su parte dedicarle un tema a las gaviotas. Quizá así haya sellado con ellas la paz eterna y pueda hacer un picnic sin pedir permiso. Tal vez.

En cuanto a mí, llevaba años pensando que el futuro de Occidente sería de las gaviotas y después de estos meses pues qué os voy a contar, ya no tengo dudas. Asia quizá se libre y quede en manos de los monos pandilleros de Ulu Watu, pero esa es otra historia y no cabe aquí, gaviota reina, aquí no cabe porque este cuento es todo tuyo. Todo tuyo. Escribo estas líneas ahora porque me parecía importante contaros que tengo un par de gaviotas hablando debajo de mi ventana y, va en serio, en esos graznidos suyos hay sujeto y predicado. Puestos a elegir un animal que nos gobierne, Stephen Hawking, me quedo con las gaviotas. ¿Has oído, gaviota reina? Me quedo con las gaviotas.

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