De cómo los demonios vencieron a Héctor Lavoe

De cómo los demonios vencieron a Héctor Lavoe

Para Isolda, feliz cumple

Óyeme, para que aprendas; yo soy de Ponce, Puerto Rico, yo soy tremenda jodienda.

Hay quienes cantan con falda, yo canto con pantalones. 

Héctor Lavoe

 

Lavoe: el Cantante

Héctor se encuentra envuelto en zapatos, pantalón y blazer blancos. La luz que alumbra a los otros músicos brota de lámparas colocadas encima del escenario, la que ilumina a Héctor proviene de la mano de dios. Camisa de cuello ancho, no lleva moño ni corbata, lentes de aviador en tono ámbar. Cadenas, esclavas, un anillo de oro con su nombre y otros anillos, todos ostentosos, en ambas manos. Los brazos abiertos y una sonrisa de 1.76 m. Aplauden de pie quienes hoy llenan las butacas del Corso, al este de Manhattan. Un lugar que ha sido escenario de grandes noches salseras, de duetos e improvisaciones que se pierden en el cuerpo del tiempo como si se tratara de lágrimas en una tormenta.

Héctor agradece los aplausos mientras levanta una mano que dice adiós, agradece también a los músicos de la orquesta de Joe Cuba. En unos instantes Lavoe volverá al escenario con su propia orquesta. Al lado de Joe cubren una temporada en dos lugares, el otro es el Madison Square Garden. Todos los días salen de uno y corren al otro. Mike Guagenti, vocalista de la orquesta de Joe no llegaba, se perdió en el camino. Héctor se ofreció a cubrirlo. 

The Corso es el mejor lugar para bailar en toda la Gran Manzana. Desde hace mucho Héctor tenía ganas de cantar con la orquesta de Joe Cuba: timbal y tumbadora, su gran aporte a la salsa, vibráfono, piano, bajo comienzan a sonar. Tocan éxitos como “La malanga”, “El Pito”, “Golpe, golpe” y “Sabor a mí” de Álvaro Carrillo, canciones que Héctor nunca antes había interpretado en público. Lavoe cachondea las rolas, les sonríe, las alarga, las vierte sobre una cuchara, las pone a hervir y les mete mano. Las hace suyas.  

Héctor Lavoe es un hombre destinado a tener racimos de grandes noches. Todo en él es leyenda y mito, hipérbole. “El Cantante”, “el Rey de la puntualidad”, el hombre que abre la boca y lo que sale es gasolina, como decía Johny Pacheco. Héctor, el de la mala suerte y la vibrante voz, la fama. Mártir de las guerras cuchifriteras, como dijo Willie Colón

Héctor el solitario, el de las noches y la calle, el de la buena suerte, el malandro que amontona las nubes para dormir la mona, el jibarito improvisador. Héctor el generoso, el atrapapalabras, el compositor, el hombre que canta debajo del agua, el de los largos silencios, el consentido, brujo, seductor, santero, rebelde, cristiano, loco, malcriado. Héctor Juan Pérez Martínez, mejor conocido como Su Majestad en los shooting galleries. Héctor, caballito de Troya lleno de demonios, caballero de las canciones, pastor de almas, domador del escenario: ¡Aplausos!

Héctor: El niño cenzontle

Héctor vio la primera luz en su casa, gracias a una partera. Nació en Machuelo, entre calles sin pavimentar habitadas por casuchas de madera. Calles enlodadas llenas de niños chilapastrosos, de puercos y perros famélicos, de patios con mesas donde hombres negros juegan dominó y beben ron, de mujeres que llevan el mismo vestido todos los días y van a lavar al río la poca ropa de sus hijos. Calles que huelen a mugre, pobreza y basura. También Pete Rodríguez, Papo Lucca, José Febles, todos músicos salseros, son de Machuelo, Ponce, Puerto Rico

Francisca Martínez, su madre, canta en funerales y en las fiestas patronales. Muere cuando Héctor es niño. Unos dicen que Héctor tenía solo tres años, otros que cuatro; en un programa de Historias Verdaderas, su hermana dice que tenía como siete. Héctor, a los cinco años, gana una plancha en un concurso de canto. 

Lucho Pérez, su progenitor, músico de profesión, lo inscribe en la Academia Musical “Juan Morel Campos” para que aprenda a tocar el saxofón. El mismo instrumento que la salsa rechazaría por su arraigo jazzero, para suplirlo con trombones y trompetas, sonidos más callejeros y duros. Héctor no entra a clases, prefiere irse al río Portugués a tumbarse y cantar, no hacer más. También le gusta ir al barrio de Bélgica, a pasar el tiempo con doña Montse, una señora que vende frituras y lo estima mucho. A veces Héctor se trepaba encima de un pozo séptico como si tratara de un escenario imponente donde el público lo mira triunfar. 

A los doce años se presenta en un programa de televisión y el conductor, Felipe Rodríguez, le augura un gran futuro. Ese año Héctor también le escribe a Priscila, su media hermana, para decirle que no quiere estar en Ponce, quiere irse a Nueva York. Y que le mande, por favor, una cadena de esas gruesas y doradas que usan los negros. Héctor escucha a Chuito el de Bayamón, lo imita e imita a Daniel Santos. Es el niño de las 400 voces, el que vuela el cielo en círculos, el niño cenzontle. 

A los 14 años trabaja en bares y salones de baile con orquestas locales. A esa edad gana 18 dólares la noche, y con sus pocos años decide su destino. 

Don Luis Pérez, músico reconocido en Ponce, se encabrona cuando Héctor le dice que se va para el gringo. Don Lucho lo deja de considerar su hijo y le presagia una muerte relacionada con las drogas, como la de su hermano mayor. 

Willie Colón recuerda que cuando le pedías una canción, la que fuera, Héctor no solo conocía la letra, además imitaba al intérprete fuera quien fuera. Héctor creció cerca del mar y se divertía imitando a Benny Moré y al gran Gardel.  

La gracia del infierno

El infierno tiene forma de cono, según Dante. ¿Usted, señor Lavoe, puede testificar que eso es cierto? ¿Es verdad que Jerusalén es la entrada? ¿En los terrenos de Minos, el implacable juez de los malditos, encontraste a algún conocido? ¿Te enamoraste de alguna de las mujeres que son castigadas ahí? ¿Lavoe se considera uno de los sensuales? ¿El granizo del infierno es quemante, en qué pensaba cuando lo miraba caer? ¿Los derrochadores cómo tienen la mirada ahora que no tienen nada que gastar? ¿Es cierto que usted tiene muchos conocidos en todos los círculos? ¿Estigia es una ciudad como las que vemos en este lado de la vida, con Oxxos, cajeros y parques? ¿Qué dicen los herejes de estar siendo castigados por el diablo? ¿Los minotauros beben sangre del Flegeton? ¿Te atormentaron las Arpías por ser violento contra ti mismo? ¿Te echaron con los perros famélicos? ¿Cuál es la gracia del infierno? ¿El ombligo del diablo es México? ¿De allá, del infierno, salía eso que nos sigue estremeciendo de tu voz? ¿Qué sentías al volver a mirar las estrellas? 

Los Nuevayores

Héctor Juan Pérez Martínez llega a los 16 años a Nueva York con la certeza de que el mundo se rendirá a sus pies y ganará mucho, mucho dinero. Llegó de madrugada, en un avión que más parecía un chimeco con alas y dos motores. La calle estaba vacía. Héctor le pidió a su hermana subir a la rufa, la azotea. Estaban en el 1117 de Bryant Avenue, en el mero Bronx. Estados Unidos de América, la tierra donde todos son iguales pero permanecen separados. La luz del amanecer, las casonas viejas y los edificios cochambrosos y carcomidos donde duermen negros y latinos, conmovieron el corazón de Héctor que comenzaba a oler su sueño. 

El primer trabajo que agarra es de ayudante de pintor. Priscila, su hermana, lo encuentra trepado en un andamio alto. Héctor terminaba una señal de emergencia. Priscila, llena de miedo de que a su escuálido hermano se lo lleve el viento, le pide que baje, le dice que no se preocupe, que al menos para comida tienen. Roberto García, un güey de Ponce que también vive en Nueva York, invita a Héctor a unirse a un combo. Ensayaban en la sala de Priscila. 

Mientras Héctor camina por el Bronx, en Inglaterra The Beatles publican Please please Me, y en el gringo Johnny Cash pone en la punta de la popularidad su Ring of fire. Héctor chambea de maletero y conserje, entre otros oficios de paso. Un día, trabajando en una fábrica de sillas, se cortó la mano, su hermana le dijo que él no servía para obrero. Entra a trabajar de lavatrastes y renuncia porque no le gusta. Las Chiffons conquistan la radio y Tito Puente graba Oye como va, es 1963 y también se escucha y baila boogaloo en los barrios latinos. Nueva York no sólo es abundancia y glamour. Hay mucha miseria, racismo y segregación. Es 1963 y Don Hunstein retrata a Bob Dylan caminando del brazo de Suze Rotolo, los Beach Boys lanzan su segundo disco, Surfin’ America

César Miguel Rondón nos cuenta en El libro de la salsa, Crónica de la música del Caribe urbano, que quizá es 1964 el año en que la pachanga y las big bands comienzan a dejar los escenarios. Es el año en que los Beatles llegaron a Nueva York, los beats protestaban en las costas californianas, surge el black power, César Chávez lucha por formar un sindicato de campesinos mexicanos. 

A pesar de considerar Puerto Rico como territorio no incorporado, los puertorriqueños son tratados como ciudadanos de tercera. En los barrios latinos hay constantes incendios y los principales sospechosos son las inmobiliarias. Buscan sacar a los latinos para poder cobrar mejores rentas a gente blanca y pudiente. Al menos tres veces más. 

Héctor Pérez un día se presenta frente a Carlos Ávila, jefe de la New Yorkers Band, para pedirle una oportunidad. Carlos se da cuenta que su vocalista no ha llegado. Le dice a Héctor que suba y tome el micro, suenan los acordes de “Plazos traicioneros”. La voz de Héctor los convence y le dan chance de quedarse en la orquesta como corista y segunda voz. 

 

Willie Colón y Héctor Lavoe

Foto: Willie Colón y Héctor Lavoe

Héctor y Willie: Hacha y Machete

La salsa es puro barrio. No es lo que bailan los pinches godínez. La salsa es como el punk, un ritmo nacido en los márgenes sociales. La salsa no es amor de hotel de paso, frases convencionales llenas de empalagoso chantilly, ni osos gigantes de peluche. La salsa es crónica dura. Lenguaje callejero. Hombres y mujeres que viven en las orillas, tal como lo hacen los personajes de Lou Reed y The Velvet Underground. Juana Peña podría haber encontrado un lugar en “Walk on the wild side, y también Simón y Juanito Alimaña. La salsa es rebelde en las tripas mismas del imperio. Es una manera de tener voz en la inmensa Babel. 

En 1969 un grupo de jóvenes boricuas transformó su pandilla callejera en un movimiento social de acción inmediata en las calles de Chicago. Asediados por la marginación y la gentrificación respondieron. Esos a los que siempre les habían llamado agachones. Se visten con boinas, botas militares y presumen su pelo chino y abultado, rebelde. Están inspirados en las Panteras Negras y la Revolución Cubana

En 1965 Héctor Pérez y Willie Colón tocaban en el mismo edificio pero en distinto antro y cada uno en su orquesta. Héctor tocaba con los New Yorkers Band. Con quienes ya había grabado un 45 rpm donde canta “Está de bala”, una especie de cha cha chá, inspiración de Arsenio Rodríguez. El vocalista titular de los New Yorkers era Chivirico Dávila. Casi al mismo tiempo, Willie Colón, quien tocaba con La Dinámica, grabó unas cintas con su trombón para el estudio Futura de Al Santiago. Las cintas quedan encerradas durante un tiempo porque el sello disquero quiebra. El sueño latino comienza a cocinarse. 

En 1969 surge una réplica de los Young Lords en New York. Su primera acción es ir a la Primera Iglesia Metodista Unida Española en East Harlem, en 111th street y Lexington Avenue, la toman con el apoyo del párroco y su esposa, quienes unos días después aparecen muertos. Víctimas de un crimen que jamás se resolvió. Le cambian el nombre por el de Iglesia del Pueblo. Se levantan contra la brutalidad policíaca y el racismo del que eran víctimas. Exigen, que de forma inmediata, las autoridades levanten toda la basura acumulada durante semanas en las calles. 

En 1966 alguien logra recuperar las grabaciones que hizo Willie Colón para Al Santiago y se las muestra a Jerry Masucci, uno de los socios dueños de la creciente disquera Fania. Johnny Pacheco, el otro socio de Fania, escucha el material y dice que es bueno, pero necesita otro cantante, algo más callejero, como el jíbaro que traen los New Yorkers. Al principio Colón, que trabaja en una tienda de discos, cree que es una deslealtad hacia su vocalista, Tony Vásquez. Llevan tiempo trabajando juntos. Al final Willie termina cediendo y acompaña a Pacheco en busca de Héctor Pérez

Los Young Lords son en su mayoría puertorriqueños que viven en la Gran Manzana, todos muy jóvenes, entre los 14 y los 23 años. Aunque también convocan a gente de salarios bajos, gente que se dedica a la limpieza de hoteles y hogares, que son obreros, lavatrastes, pandilleros, lesbianas, alcohólicos, ex convictos, travestis, dominicanos, cubanos, filipinos, blancos pobres, negros y mexicanos. En las filas están inscritos militantes de otros movimientos, como el feminista, que aportan ideas y soluciones. Ante la indiferencia de las autoridades, los Young Lords recolectan la basura y la acomodan lista para el camión. Pero nadie la recoge. 

Héctor Pérez rechaza la oferta de Colón y Pacheco: “Lo peor fue que Héctor me contestó bien guapetón: Yo no quiero grabar contigo, man. Ustedes están bien, bien flojos” cuenta Willie Colón. Héctor Pérez estaba comprometido y tenía mucha fe en su proyecto con los New Yorkers, estaba agradecido por la oportunidad que le habían dado y pensaba en triunfar con ellos. Además veía en Colón un rival. Acepta grabar el disco como voz principal. “Borinquen” y “El Malo”, son dos de las canciones donde ya se deja sentir el poder de su voz y su verborrea callejera. Yayo el Indio y Elliot Romero son las segundas voces. Los timbales los hace sonar Nicky Marrero, Eddie Guagua en el bajo, en el bajo también James Tylor y en el piano Dwight Brewster, los bongos son de Pablo Rosario, Mario Galagarza en la conga, Joe Santiago en el segundo trombón y en el primero Willie. La salsa nunca vuelve a ese mestizaje de ideas y ritmos. Héctor dice que será su última participación con la orquesta de Colón. Ni siquiera quiere que su nombre aparezca al frente de la portada, aunque acepta cambiarlo. Ahora es Héctor Lavoe. La Voz, como Sinatra, pero en francés. 

Los Young Lords no encontraron otro camino que amontonar la basura alrededor de su barrio en forma de barricadas y prenderle fuego. En la Iglesia del Pueblo pusieron un desayunador para los niños más pobres. Había asistencia legal, guardería y lograron abrir un centro de desintoxicación comunitario. Obligaron a los fabricantes de pintura a que bajaran los niveles de plomo para que los habitantes no sufrieran tuberculosis ni saturnismo. Impidieron que las arrendadoras elevaran tres veces más el costo de la renta. La época dorada del movimiento fue muy breve, a los dos años quedó desmantelado. Se volvieron una organización maoista que se centró en los obreros de las fábricas y dejó de interesarse por estar abierto a toda la comunidad.

El mito dice que Willie Colón nunca invitó a su orquesta a Lavoe, que solo le dijo que lo veía el sábado en la tocada.  

Héctor y Hermes

Héctor posee una vocación natural para transitar los abismos. Le canta a Jesucristo y a Ochún, pero yo creo que su protector fue Hermes. Hermes, hijo de Zeus y Maya. El único que conoce el camino sin retorno, el sendero que concluye en el Tártaro. El lugar debajo del inframundo, donde nacen la luz y el cosmos. Esa mazmorra donde las almas son juzgadas y al mismo tiempo sirve como prisión de los Titanes. Héctor mira con asombro pero sin miedo a los cíclopes atormentados, a los gigantes de cincuenta cabezas y cien brazos fuertes. Curiosamente se siente a gusto ahí, donde nadie más lo estaría. Nadie lo ve raro ni lo molestan. Hermes se encarga de conducir las almas de los muertos al lugar donde les espera la eternidad. Además es el inventor de la palabra, la música, y el box. Le gusta consentir a los malandros. Héctor es su mero valedor.

Abril de 1977. Héctor Lavoe canta en el club nocturno Canario Cali, en Queens. El lugar es propiedad de Larry Landa y se llama Canario porque no les permitieron ponerle perico. Algo sucede. Nadie sabe bien qué fue. Ninguno de los presentes quiso soltar la sopa con el paso de los años. Al parecer Lavoe llegó cansado al evento, luego de varios días de fiesta. Quizá estaba dándose unos jalones de coca en pleno escenario, y valió verga. Algo se le botó. No sé si se desmayó, si de la nada comenzó a gritar, si vomitó hasta perder el sentido, si tomó el micro y comenzó a desvariar sin ton ni son, si amenazó o golpeó a alguien. Quizá sólo pasó que no podía cantar. Silencio en su garganta. Sólo sé que terminó en una ambulancia. 

Abandonó una gira a la mitad, además de varios compromisos con su disquera. Parece que alguien lo llevó al camerino antes de que llegaran los paramédicos. Héctor no podía mover los pies ni tampoco recordaba quién era. En un programa de televisión afirmaron: “Había perdido toda conciencia de identidad y ubicación en el espacio tiempo”. 

Hermes le enseñó el camino y a Héctor no se le olvidó ni una curva, una seña, ni el más leve detalle. Debía cruzar el Aqueronte, el largo río del dolor, cuyas aguas todo consumen, menos la balsa del hombre ciego. Caronte no le cobraba el óbolo. A cambio, Héctor cantaba canciones de cuna y boleros mientras se rolaban una botella de ron, un churro o una bolsita con coca. Solo quien conoce el infierno sabe que allá hay muchas perlas y gente chida

Quienes lo conocieron juran que luego de salir de la clínica, Héctor ya no era el mismo. Su cuerpo había perdido flexibilidad y su mirada tenía algo diferente. Dicen que fue con un santero a limpiarse y el tratamiento no le permitía salir a la calle. Desapareció de los escenarios unos meses. Alguien le había hecho un buen trabajo. 

En esos momentos lo agobiaba un enjambre de problemas, la Fania, fiel a su costumbre, no quería pagarle una lana que ya habían pactado. Tenía dos mujeres, cada una con un hijo, un solo matrimonio, las fiestas, dos o hasta tres tocadas por día. Nada de tiempo para descansar. Unos dicen que estuvo en Madrid internado en una clínica de rehabilitación, otros cuentan que la clínica estaba en el Bronx. Unos más afirman que Héctor estuvo internado en un hospital psiquiátrico. Existen varias versiones de lo que sucedió en esos días oscuros. 

Cervero movía su cola de cascabel y ladraba, con todas sus cabezas, de puro gusto al ver llegar a Lavoe, que le regalaba pasteles de miel y le acariciaba la barriga. Todos se sentían contentos y tristes de verlo tan seguido.

El cantante de los cantantes, sonriente a veces, nostálgico otras y muy ansioso. Las últimas ocasiones que lo vieron en los bajos fondos, en los años noventa, andaba silente, encorvado. Ya muy flaco, casi sin pelo. El poco pelo ya no tenía volumen ni color oscuro. Su voz, ya no era de terciopelo y acero, era un hilacho tendido debajo de un cielo lluvioso y sometido al rigor de un violento viento. Fue una súper estrella para los vivos y una celebridad en los bajos fondos. El amo del reino invisible

 

Foto: Graffiti en Perú de Héctor Lavoe

El Regreso de Héctor

Héctor regresa a los escenarios en febrero 1978, durante el festival ¡Dominando! Súper Salsa 78, en Puerto Rico. El joven Rubén Blades ha concluido su participación. Willie Colón Román luce delgado, con una barba de malandro elegante y un traje claro de jinete con cinturón y botas oscuras. En la mano el infaltable trombón. En todo este tiempo nadie había sabido nada de Héctor. Sólo especulaciones. Willie comienza a presentarlo. Han transcurrido cuatro años desde su separación: “Juntos grabamos 9 lp ‘s, compusimos 27 temas, ganamos 5 discos de oro, metimos 15 hitazos, más de 3 en cada elepé…” Cuando el nombre de Héctor es pronunciado el cariño del público se deja sentir.

Muchos sobre el escenario lo saludan y sonríen conmovidos por su presencia, asombrados. Impecable traje blanco con camisa roja. Un clavel en la solapa, lentes y la sonrisa franca, los brazos levantados, como quien saluda desde muy lejos, pero con cariño.  “Son ustedes muy amables, los quiero de a gratis como siempre. Muy contento de echar pa’ trás, con salud, suerte, en la carga. Los quiero a todos de a gratis por haber esperado todo este tiempo por mí. Y pa’ lante es que vamos, ¿ok?” 

Otra vez más aplausos. La voz de Héctor vuelve a sonar. La canción de la noche había silenciado su garganta. Luces de Nueva York en Puerto Rico. Otra vez la leyenda con el micrófono en la mano y sus formas de malandro, esa mezcla entre Piero, Tony Manero y Tony Montana. Su voz llenando la tarde, la voz montada en el viento: “Ella era una mujer que a muchos hombres había engañado./Pero un día vino un hombre que con un beso la traicionó…

De ti depende: Noches en Colombia

a. Coliseo Evangelista Mora, es sábado, la noche en Cali promete ser entrañable. Es la primera vez que se presenta Héctor Lavoe en esta ciudad. La gente se arremolina, muchos entran escurriéndose de los vigilantes. Héctor los hace esperar hasta la una de la mañana cuando el concierto estaba programado a las nueve. Una inmensa nube de humo surge del antro, humo y aroma a marihuana. Lavoe tiene 31 años, el micro en la mano, la camisa llena de sudor se embarra en su piel. A Héctor le gusta Cali y la ciudad lo ha mirado fijamente a los ojos, le ha sonreído con la coquetería natural de las caleñas.

El 28 de febrero de 1977 Lavoe se presentó en Buenaventura. Unos textos dicen que fue ahí donde coincidió con Andrés Caicedo, un joven novelista que será mítico en las letras colombianas gracias a un personaje que está obsesionado con la salsa y las drogas, el libro se llama ¡Que viva la música! Otros dicen que la foto fue tomada durante el primer concierto en Cali.

En primer plano una niña intrusa mira a la cámara. Quizá solo iba pasando. Al fondo tres greñudos: Patricia Restrepo, Héctor Lavoe y Andrés Caicedo. Caicedo es el más contento. En su sonrisa cabe toda la Fania. Patricia está a media sonrisa cuando el disparo del obturador la sorprende. O no quiere estar ahí. Parece una alumna del colegio Madrid. Andrés está enamorado de ella, que es la novia de su mejor amigo. Andrés se suicidó unos días después, el 4 de marzo, con una dosis trágica de barbitúricos. Héctor sonríe como una estrella de la música tomándose una foto junto a dos adolescentes greñudos, adictos, trágicos y desconocidos.

b. En 1983 Héctor se enfrentaba a una crisis de trabajo y su adicción a las drogas se comenzaba a acentuar. Su impuntualidad ya había logrado, hace mucho, que se separara de Willie Colón y los empresarios de Nueva York difícilmente confiaban en él. Larry Landa le ofrece su avión privado para que salga lo antes posible del ambiente tóxico de la urbe de acero.

Larry Landa era un empresario con mala reputación, responsable de transformar a Cali en la Capital Mundial de la salsa. Los narcos lo buscan para contratar artistas para sus fiestas. Larry además es dueño de algunos locales dedicados a la comida, el baile y la vida nocturna. 

Héctor permanece unos meses en Cali. Unos dicen que fueron tres, otros que seis. El caso es que nunca pudo recuperarse de su adicción, todos los días había parranda y tecata por todos lados. La leyenda cuenta que tocaba sin descanso en fiestas que duraban dos días. 

Durante una cena en casa de Larry, cuando unos invitados todavía no terminaban de comer, Lavoe sacó su envoltorio de heroína, lo vacío sobre una cuchara, lo calentó, lo metió a la jeringa y luego, frente a todos, se arponeó. 

Foto: El País Colombia. El empresario Larry Landa, Héctor Lavoe y el periodista Merdardo Arias

Lo único que quería Larry era llevar a Lavoe para que cantara en uno de sus antros, el Juan Pachangas. Un día Larry comprometió a Lavoe a realizar una presentación. Vendieron todas las entradas, pero Héctor no llegaba. Lo fueron a buscar y  estaba a punto de irse de fiesta con una de sus novias y unos amigos. No quería cantar. Decía que él no sabía nada de ir a Juan Pachangas, nadie le había avisado nada. Lo llevan a la fuerza. 

Héctor era berrinchudo y no le gustaban las órdenes. Puso sus condiciones. Primero, no iba a cantar con orquesta, quería pista. Segundo, iba a cantar en calzones y así lo hizo. Además le dio la espalda al público que lo ovacionó por cantar unas cuantas piezas.

c. Dicen que en 1981 Lavoe tocó para Pablo Escobar. Fueron contratados Ismael Rivera, Vicentico Valdés y Lavoe para tocar hasta las dos de la mañana. Parece que Héctor fue invitado, mediante una oferta que no pudo rechazar, a que tocara un rato más. Cantó diez veces “El Cantante”. Estaba harto y no quiso seguir haciéndolo. Escobar no quería escuchar otra canción. El cantante ya no quiso cantar. Su orquesta y él fueron a parar al baño, les quitaron pasaportes e instrumentos y los amenazaron.

Héctor debió maldecir a Larry Landa. Él hizo el contacto y debía de estar con ellos. Siempre era el negociador entre el grupo y los narcos. Pero no regresó de un viaje de Miami a tiempo. Los músicos comenzaban a desesperarse y temer por sus vidas. Alguien se dio cuenta que se podían escapar por la ventana. Treparon a Héctor, que quitó el marco. Uno por uno fueron escapando. Caminaron en la oscuridad del bosque, dando tropezones, resbalando, hasta que llegaron cerca de una carretera. Ahí pensaron que era mejor esconderse y que sólo uno fuera en busca de ayuda. Mandaron a Héctor, por ser el más famoso y porque era amigo de Larry. Héctor encontró un taxi, le dijo al chófer quien era y lo que había pasado. El taxista no pudo creer que fuera Lavoe, así que le pidió, como condición para llevarlo, que le cantara una canción: “El Cantante”.

d. Agosto de 1986, el Primer Festival Latinoamericano de intérpretes de salsa es la última presentación de Héctor en Colombia, al parecer no les fue bien y eso molesta a Héctor que viene regresando de una exitosa temporada en Perú.

Perú: El día de mi suerte

El 8 de febrero de 1986 el presidente peruano Alan García declara Estado de Emergencia. Se suspenden las garantías constitucionales y se restringen las libertades de reunión y tránsito en Lima y en el puerto del Callao. Abimael Guzmán y su Sendero Luminoso sostienen una guerra casi silenciosa contra el gobierno en Ayacucho, Apurímac, Huancavelica. Silenciosa porque no se conoce mucho en Lima pero la guerra es brutal. Masacres colectivas de un lado y del otro. En las calles de la capital se han desatado robos, asaltos, tráfico de drogas y secuestros. 

Héctor Lavoe aterriza de madrugada en Perú, baja del vuelo 541 de Lan Chile, son las cuatro cuando desciende en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez vestido de color crema. Lavoe está de buenas, piensa que Perú puede ser un trampolín para que su carrera recupere altura. Zaida Candela, Carlos Loza Arellano, por parte de la producción y el especialista en salsa, Walter Rentería esperan al Cantante. Por recomendaciones de un médico lo primero que hace Zaida cuando aterriza Lavoe, es colocar una chalina en su garganta. La prenda es color marrón. En Lima hay toque de queda y no pueden abandonar el aeropuerto hasta las seis de la mañana, tiempo que aprovecha Rentería para entrevistar a la estrella de Fania

El primer atentado del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso fue en Chuschi, el 17 de mayo de 1980. Quemaron las boletas y las urnas como protesta en contra de las primeras elecciones democráticas que habría en el país luego de 12 años de dictadura militar. La noticia no tuvo mucha relevancia, solo un par de diarios hablaron del suceso. Los integrantes de Sendero Luminoso no usan uniforme, ningún distintivo. Están camuflados con la población civil y eso vuelve el escenario más caótico. 

Cuando Frank Griffiths, gerente de producción de la Feria del Hogar, conoció a Lavoe, lo primero que vio no fue al cantante, sino al brujo. Héctor condujo a Frank a un lugar apartado: “Tu vida está en peligro”. Solo quería decirle dos cosas. La segunda era que ni loco iba a cantar seis días seguidos. Acaso dos, tres días, no más. En ese momento un niño de la familia de Frank se encontraba secuestrado y él era quien negociaba su libertad. 

La primera noche que toca Lavoe en la Feria del Hogar es el martes 5 de agosto de 1986. Sale vestido con una sudadera verde agua y un pantalón blanco. Se ve algo pasado de peso, pero contento. Canta nueve canciones en una hora. Sus músicos esa noche son Miltón Cardona en las congas, Chino Núñez en el bongó, Bryan Lynch y Tony Cofresí en las trompetas, Johnny Torres en el bajo, el trombón y la dirección musical, Lewis Kahn en otro trombón, Víctor Pérez en los timbales, en el piano, como decía Héctor: “el hombre que se come los guineos y se fuma la cáscara; el Profesor, Joe Torres”. Lavoe está tan contento que en la segunda canción hace algo que nunca más se le vio hacer sobre el escenario: baila. Baila de gozo y contento. Es una gran noche. Otra.  

Para 1985 los ataques de Sendero Luminoso comenzaron a dejar el campo y las provincias para caer sobre la ciudad. Se registró el primer gran apagón, estallaron dos coches bomba y hubo balaceras. La policía logró aprehender a varios militantes del Partido Comunista del Perú, que han aprovechado para difundir su mensaje y ganar miembros desde las cárceles. En junio de 1986 los presos senderistas eran bastantes. 

En Lima se celebra el 17 Congreso Mundial de la Internacional Socialista, el primero en América Latina, con políticos y presidentes de todo el mundo. Tres cárceles se amotinaron al mismo tiempo, tomando como rehenes a los custodios. Lurigancho, el Frontón y la cárcel de mujeres de Santa Bárbara, en el Callao, son los lugares que se han sublevado. Los presos acusados de terrorismo son los responsables. 14 mil presos rebeldes en las tres cárceles. El domingo se cancela el Congreso y el gobierno peruano es duramente criticado, llegan observadores de derechos humanos, se abre una Comisión de la Verdad

“Quiero nacionalizarme Chalaco”, dijo Héctor luego de conocer el barrio bravo del Perú. El 10 de agosto de 1986 Héctor Lavoe daba su último concierto en la feria del Hogar de Lima. Se despidió de ellos prometiendo volver. Tenía apalabrado presentarse en el Hotel Crillón y en el Jockey Club de Perú. Uno de los organizadores mandó a un escolta que cuidara el piso del hotel de Héctor, no permitía el paso de visitas extrañas. Héctor tuvo que fugarse con un locutor de radio, Hugo Abelle, para divertirse. En los seis días logró reunir 50,000. personas.

Finalmente las fuerzas armadas entran en acción para terminar con los motines; la Policía Republicana, los oficiales de la Marina. El resultado de esta jornada sería de alrededor de 300 reclusos muertos. En el Frontón los senderistas se rinden, salen con bandera blanca. Son más o menos 125. Todos son puestos en el suelo boca abajo y con las manos en la nuca. No les perdonan la vida. Además la versión de los custodios dirá que los presos nunca se rindieron. 

La Comisión Andina de Juristas aseguró en su momento: “Se ha procedido a inhumar los cadáveres furtivamente.” 

Uno de esos rebeldes recibe ocho balazos. Ni así muere. Él es el testigo que señaló a las Fuerzas Armadas como responsables del genocidio. En 2017 la Comisión de la Verdad consiguió exhumar los cuerpos de quienes habían participado en el motín. Los médicos forenses encontraron elementos suficientes para asegurar que muchos fueron eliminados con el tiro de gracia. Además, el presidente Alan García firmó una orden para enterrarlos sin darle aviso a sus familiares. 

Una de esas noches, ya encariñado con la gente y enamorado de todo lo que le hablaban del Callao, Lavoe decía. Chim pum, y el público respondía: ¡Callao! Luego comenzó a improvisar:  “Héctor lavoe se ha perdido, de Nueva York se ha fugado. No lo encuentran donde quiera, búsquenlo en el Callao” En las seis presentaciones mucha gente se quedó afuera. Personal del hotel Sheraton ha declarado que hubo días que no llegó a dormir. Pero cada noche se presentó a cantar. 

Semanas después de que Lavoe abandonara Lima, las Fuerzas Armadas al mando de Telo Hurtado masacraron a 61 comuneros. Mujeres, ancianos y niños. Los metieron a un cuarto, separaron a las mujeres para violarlas, luego exterminaron a todos. Ya muertos, les colocaron granadas en las manos a las víctimas para incendiarlas. 

Mientras paseaba por las aguas de la Punta y el Callao, Héctor se le ocurrió que sería buena idea comprar la isla de San Lorenzo pensando que ahí sería feliz.

Abimael Guzmán fue capturado hasta el 12 de abril de 1992. Estuvo en la Isla San Lorenzo hasta septiembre del mismo año, cuando fue trasladado a la base naval del puerto del Callao. Abimael fue trasladado en una jaula gigante y transparente, como una bestia peligrosísima, como villano de un cómic. La nave iba montada sobre una torpedera protegida por 15 oficiales con pasamontañas. Escoltada por dos lanchas, cada una con tres hombres. Un helicóptero sobrevoló la zona por la que iban avanzando. Abimael fue encerrado en una celda subterránea en la parte norte del cuartel naval. Abimael también estudió y vivió en el Callao, acaso la última tierra que sedujo a Lavoe. El lugar donde Abimael se encuentra aislado, viviendo en un sótano.  

Foto: Héctor Lavoe

 

De lanzarse al abismo considerado como una de las Bellas Artes

Héctor Lavoe era miembro de esa secta secreta que menciona Thomas de Quincey en On morder considered as one of the Fine Arts, la Sociedad de fomento al Vicio, y también pertenecía al Club del Fuego Infernal, pero en la sociedad secreta en la que más se le recuerda, donde era integrante honorífico, es en la Sociedad de Conocedores del Abismo. Los miembros de esta secta se declaran curiosos de todo lo relativo al tema. Expertos de las múltiples formas que tiene la caída. En una palabra, aficionados a caer. No importa si esas grandes profundidades resultan físicas o espirituales. Los integrantes de esta sociedad secreta están convencidos, mediante la experiencia, que siempre se puede llegar más abajo. 

Uno de los casos más hermosos que son objeto de estudio para esta selecta cofradía es el de Vesna Vulović, la azafata yugoslava que cayó desde los diez mil metros de altura, siendo la única sobreviviente de todo el vuelo que fue víctima de un atentado terrorista. O el de Alan Magee, sargento gringo que al ver su nave fuera de combate decidió saltar desde los seis mil metros, y su paracaídas no respondió. En el trayecto perdió el conocimiento varias veces. 

La primera vez que Héctor se lanzó por una ventana fue para escapar del fuego. Corría el segundo mes de 1987. Olvidó un cigarro encendido. Arrullado por los caballos ebrios de la heroína, por el cansancio de fumar tanto crack, o quizá sólo por un churro que se le olvidó apagar antes de quedarse jetón. El caso es que lo despertó el calor. Lenguas de fuego, humo. Saltó al abismo y Puchi con él. Saltó tres pisos. Así que tardó 1.4 segundos en caer. Cayó de pie, por eso se rompió los talones. Caer de ese modo es una reacción del instinto de supervivencia. 

Ángel Ganivet saltó dos veces al mar. La sífilis le estaba provocando demencia y parálisis al poeta y ensayista español. Las aguas que lo vieron por última vez fueron las del río Daugava. Se lanzó desde una embarcación que lo rescató de su primer intento de ahogarse. 

En 1988 en un programa de televisión panameño, Héctor declaró lo siguiente, todavía ataviado con esclavas y cadenas de oro, anillos, vestido con un conjutno de ropa amarillo: “Este año me ha sido un poco malo. Yo no quiero recordarle esto a la gente, porque yo vine a traerle alegría.” A continuación, hizo un recuento de todas las desgracias: En febrero del 87 se quema el depa de Queens. A los pocos días matan a su suegra enterrándole un desarmador varias veces. Héctor la quería mucho, veía en ella una imagen materna de la que tanto padecía. También muere su padre, con quien existía un distanciamiento. Y la muerte más dolorosa fue la de su hijo consentido, Héctor Pérez Jr, de catorce años. Hijo de Puchi. Un amigo le disparó por accidente. Los budistas dicen que hay 18 tipos de infiernos. Héctor los recorrió todos. En esos días también se entera que tiene Sida. Uno siempre corre el riesgo de mimetizarse con el abismo. 

 

A nueve pisos del cielo

Piso 9: Lavoe voló muy alto. Al mismo tiempo que lo diagnostican como cero positivo, lo nominan para un Grammy por su disco Strikes Back. Algo que nunca antes había conseguido. El 26 de junio de 1988 Lavoe se lanza desde el noveno piso del Hotel Regency en su natal Puerto Rico, en el condado Bocabajo. Su cuerpo golpeó contra un ducto de aire acondicionado y eso detuvo un poco su caída. Se sabe que al volver del coliseo, Rubén Rodríguez de Bayamón, Héctor Pérez y su esposa, Nilda “Puchi” Román discutieron toda la noche. Durmieron un poco y al amanecer ya estaban peleando de nuevo. Quizá Puchi se enteró que Héctor era seropositivo. Y quizá ella también. Johny Pacheco junto a su esposa y Rick Sostre, esperaban a la pareja para almorzar. Vieron caer un bulto. Un bulto apenas reconocible por los lentes.  

Piso 8: Desde 1974 Willie Colón se separa de Héctor Lavoe. Estaba harto de la falta de puntualidad y seriedad de Héctor. A Lavoe, el escenario que más le gustaba era el de la fiesta que no terminaba nunca. Supongo que ese fue el primer aviso del precipicio que se veía venir. Grabaron nueve discos juntos. El último es Lo Mato (1973), ese mismo año graban la segunda parte del asalto navideño donde Yomo Toro se luce con el cuatro puertoriqueño. Un breve aporte de Héctor a la salsa. 

Willie recordaba sentirse parte de la fila de traidores que dejaron a Héctor solo, pues no se atrevía a ver su hermano destruído.

Dicen que quien se lanza de un sexto piso no sobrevive. Yo me rompí la tibia sólo saltando un torniquete del Metro. Héctor se lanzó del noveno piso. El médico que lo atendió, Rafael García, dijo que Lavoe no perdió nunca el conocimiento, pero solo hablaba incoherencias. Antes de ir a este viaje a Puerto Rico, Lavoe estaba recluido en Manhattan, en el hospital Bellevue, especializado en luchar contra las adicciones.

Piso 7: La idea de llevar a Lavoe a Puerto Rico fue del joven empresario, Rick Sostre. Se le ocurrió llevar a Puerto Rico viejas estrellas de la Fania, Pete Rodríguez, Ray Barretto, Perico Ortíz, Johnny Pacheco, con la intención de ayudar a Héctor. Cada uno tenía su orquesta. Tocarían uno por uno y al final todos juntos, los músicos que fueron de la Fania, llenarían el escenario para deleitar al público. Lavoe estaba emocionado de tocar de nuevo en su tierra. Aquí él era grande. Esperaban al menos siete mil personas que salieran a apoyar a Héctor. En el recinto cabían diez mil. Necesitaban vender al menos cuatro mil boletos para cubrir los gastos mínimos, el salario de la gente de iluminación y sonido. Rick dice que llegaron 3,545 personas. Otros dicen que los asistentes no pasaban de trescientos.

La salsa brava se había dejado de escuchar. Era el reino del merengue y la salsa empalagosa. Rick no contaba con la experiencia suficiente para encontrar una fecha adecuada, juntó el evento con las fiestas patronales, en donde abundan las ofertas de conciertos gratis en la playa. Además de que nunca hubo una buena difusión. Mucha gente ni siquiera se enteró.  

Piso 6: Para Héctor Lavoe su hijo era un fuera de serie. Decía que le daba tres patadas cantando y le auguraba ser el heredero al trono de la salsa. Hector Jr. cantaba en inglés. Antes de lanzarse por el balcón Héctor dijo ver a su hijo llamándolo a su lado. Y lo siguió. Al mismo tiempo, la decadencia había llegado sin remedio para la salsa. Tu caída, tu largo viaje de nueve pisos era un reflejo de que otros ritmos estaban llegando. Otros músicos, la salsa se había vuelto un animal exótico, pero enjaulado. Que extrañamente levanta la voz hasta el día de hoy.

Piso 5: Llovía el día de tu muerte, Héctor. 29 de junio de 1993, cinco años después de lanzarte desde el noveno piso. Fuiste, como Hesiodo quería, un yunque de acero cayendo durante noches y más noches hasta llegar al Tártaro. Fuiste un zumbido. Y luego un costalazo. Rotura de fémur derecho, dos roturas en la pierna izquierda, fracturas en las muñecas y codo derecho, tórax, y traumas en todo el cuerpo. La Sociedad de Conocedores del Abismo tiene el honor de cada cinco años otorgar un reconocimiento que lleva tu nombre. 

Piso 4: Para tener piedad de los que sufren, la voz de Héctor Lavoe. Para agradecer que Barra está bien, para pronunciar el nombre de mis amigos, Ame, Luz, Idalia, Liz, Paleta, Fabián, Santi. Para que llegue la noche, la voz de Héctor Lavoe. Para recibir a la Negra en mis brazos, tu voz Héctor Lavoe. Para acariciar a Garibaldi, a Barrabás, a Hela, a Lestat, a Lucio, a Loba, la voz de Héctor Lavoe. Para llamarle al díler, para aventarse un trompo, para acompañar el sexo, para abrir los ojos y fumarse el primer toque, para oler las cloacas de la ciudad, para los malandros y los rebeldes, la voz de Lavoe. Para ver bailar a Yolanda con Willy, para que no se pierda la costumbre de volar sin alas, para que soportemos el presagio funesto que nos gritan las ambulancias, para echar la cáscara y la caguama en la tienda, para lavar los trastes, para volverse loco, y para dar paseos por los abismos, la voz de Héctor Lavoe

Piso 3: ¿Quién quiere recordarte en ese concierto horrible que te organizó la Fania, con el rostro paralizado por la mitad, en silla de ruedas y ya sin voz? ¿De quién fue esa idea? ¿Quién quiere saber que al final, en tus últimas entrevistas, se notaban los estragos de todas tus enfermedades, de qué sirve verte enfadado con una reportera que no tiene nada de tacto, de qué ver cómo te maquillan? La decadencia humana es una. No es necesario describirla con precisión. Tú la padeciste, pero muchos pensamos que eras inmortal. Porque la gente de esta tierra no canta como tú.  

Piso 2: El tiempo se dilata en la caída. Te habrás acordado de tu madre junto a Hermes, ella cantando y él tocando la lira. De la tarde en que en África, mientras ibas camino a conocer a Mobutu, un chango comenzó a seguirte y molestarte. Querías golpearlo y le gritabas insultos. ¿Te acordabas que Blades te dio “El Cantante”? ¿De las noches que cantaste junto a Celia? ¿Y la tarde que junto a Willie compusieron “Juana Peña”? Hoy descansas todos los días junto al río, juegas con Cervero y pláticas con Caronte. 

Piso 1: Las calles de Nueva York se llenaron para despedirte. Te cantaban y les dolía tu muerte. Blades dijo que nunca comprendiste cuánto te querían tus compañeros, la gente. 

Planta Baja:

Uno vive para caer. 

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