Los ondeados sin cubrebocas

A la caza de los ondeados sin cubrebocas

La pandemia del “apocovidsis” me ha obligado a imitar la vida de los anacoretas. Como un buda de los suburbios: me quedo en casa, meditando. En estos tiempos no queda más opción que la vida contemplativa. Parece aburrido, pero tengo la fortuna de vivir en una colonia infestada de personajes pintorescos en cuanto a desgraciados. Por alguna extraña razón, muchos yonquis, esquizofrénicos y otro tipo de locos prefieren deambular sin cubrebocas por esa avenida de clasemedieros que por cualquier otro sitio de la frontera de Nogales, Sonora; el Boulevard del Ensueño, Colonia Lomas de Fátima. Quizá las calles bien pavimentadas y los abundantes parques atraen a todos los alucinados. Es cagado, los alucinados deambulan por el Boulevard del Ensueño, bien jaipos.

Así que un día, en plena epifanía lograda por un cóctel de tedio y whisky Glenfiddich 12, decidí subirme al techo a vigilar mi granja de ondeados piratones. Lo pensé dos veces antes de subir, porque podría parecer sospechoso, no fuera a pensar la gente en los cerros que soy un halcón; la frontera está caliente. Pero la intriga y el morbo de espiar a aquellos zombies desdichados esfumó mis preocupaciones de seudoreportero. 

Me recargué a un lado de la chimenea y comencé a observarlos. Alcancé a ver el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado de Sonora (ISSSTESON) custodiado por la Guardia Nacional. Bajaban de sus coches militares cargando hieleras azules como para las Tecates. Pero no eran cervezas sino vacunas. Y justo por ahí, frente al hospital, pasaba el Negro

Es un hombre tímido y parco al hablar. No logré saber mucho de él, pero por lo poco que me contó, puedo decir lo siguiente: es un hondureño deportado. Tiene cinco años flotando en Nogales. Su familia son sus cinco perros, y trabaja muy duro para alimentarlos. Lava carros desde las cinco a. m. hasta altas horas de la noche. De ahí obtiene lo suficiente para rentar un pequeño lugar en un tráiler abandonado en un car wash. Todos los días, el Negro come frijoles charros con tortillas de harina; los perros, Dog Chow que les compra en la tiendita del vaquero, llamada La cabaña del cazador. Me contó que desde inicios de la pandemia la gente evitaba contratarlo por miedo al coronavirus. El Negro no cree en el covid, dice que ha visto cosas muy extrañas en el ISSSTESON, que los señores llegan sanos y al rato salen bien muertos sin razón. Le aconsejé que si utilizaba cubrebocas la gente le tendría más confianza, y le regalé unos cuantos. Se alejó contento, tenía una roquita que fumarse para soportar las bajas temperaturas.

homeless covid nogales sonora
Foto: Getty Images

Por uno de esos bajones, uno de sus perros, Daisy, había muerto unas semanas atrás, congelada junto a sus crías. Se había escondido en un cerro para parir. Murió en la nevada.

Decepcionado de la entrevista tan escueta que le hice al Negro, fui por una caguama Tecate roja a La cabaña del cazador. Tomé mi guitarra y salí con mi chela al porche, mientras tocaba un remedo de slide blues. En eso, pasó el Diógenes del Boulevard, don Manuel. 

Atraído por los ruidos de mi guitarra, don Manu se acercó a la reja de mi casa. Experimentaba sus acostumbrados ataques psicóticos amigables, hablaba solo, temblaba y balbuceaba con seres que solo él puede ver. Al pasar sus calambres, me dio un cálido saludo y me preguntó por mis abuelos. Curiosamente, don Manuel recuerda el nombre completo de la mayoría de  los vecinos de la colonia. Estuvimos charlando, le hice algunas preguntas.

—Don Manuel, ¿cómo está?

—Muy bien,  mijo. Aquí nomás batallando, se me perdió la Beatriz. Sí, luego la gente anda ahí buscándome, les digo que me den algo de comer, me dicen que pida lo que quiera, yo les pido un millón de pesos y me mandan a la chingada.

Don Manu siempre deambula con un montón de chamarras. Las deja tiradas en varios puntos de la colonia. Siempre en los mismos lugares. Luego se quita sus zapatos, los pone en medio de la calle y camina semidesnudo, saludando a quien encuentre a su paso. Es muy querido por los vecinos. Tampoco usa cubrebocas. Es mayor, ha de tener setenta años.

—¿Y qué ha visto, don Manuel? Usted que todo lo sabe y lo que no, lo inventa.

—No, pues muchas cosas, mijo. Los balazos. Qué feo estuvieron, ahí cerca de donde vive doña Susana, le dejaron agujereado el carrito, ya está muy feo Nogales —agregó indiferente. A don Manuel le gusta el humor negro y es poco sensible. Muy burlón.

Empezaba a oscurecer, y un frío sutil calaba hasta los huesos. Don Manuel se aburrió de mí y continúo su camino. Hasta donde sé, es hijo de un ingeniero civil que murió hace muchos años. Vive solo en su casa que está muy abandonada. Consigue alimento de la caridad de los vecinos. En todos lados le regalan comida, cuando no está sufriendo un ataque psicótico es un hombre muy lúcido y de buena charla, de lenguaje educado. Pero la mayor parte del tiempo está vagando, alucinando con Beatriz y otras sombras, buscando sus chamarras y ropas tiesas de suciedad. 

La partida de Don Manuel se vio interrumpida por un convoy de muchachos en Razers, motocicletas de cuatro llantas y narcocorridos a todo volumen. No respetan altos y pasan frente al ISSTESON y la Guardia Nacional. Nadie dice nada. Dejan la estela de una canción de Natanael Cano: “Pacas verdes, duplicamos, y aquí andamos”.

Me faltaba ir con el Duende. Un muchacho muy extraño, con rasgos de gnomo, finos. Barba larga y siempre de gorra. Se notaba que tenía mucho tiempo sin cambiarse de ropa. Al Duende, si le dieran una buena ducha y ropita, sería un cabrón guapo, hasta conseguiría una doñita que lo mantuviera o algún mayate.

Lo fui a buscar a la tiendita de doña Malú. A unos doscientos metros de mi casa.  Mientras caminaba podía ver que todos los postes de la CFE tienen anuncios de muchachitas desaparecidas. Desgraciadamente, las madres buscadoras tienen mucho trabajo en la región, admiro su valentía.

Antes de llegar con Malú hay un Oxxo. Ahí siempre están los limpiavidrios, adictos al cristo, cristalero. Flacos por la dieta de Puerto Rico: “No comas nada y fuma puro crico”. Como en The walking dead, acechan. Su mirada ya no es humana. Sus trapos ensucian más que limpiar, y la gente por miedo les da dinero. A estos compadres les vale verga el covid, ni saben qué es un cubrebocas: “Eso es de putos, mi apá”. Las niñas se bajan con miedo a comprar sus gansitos, las doñas les sacan la vuelta. El cristal y el white chyna (fentanilo con heroína) son la otra pandemia acá en la frontera. 

Llegando con Malú me encontré al Duende. Vestido como siempre, de negro. Estaba sentado sobre una hielera grande donde venden marisco en el verano. Relajado, no pedía dinero. Me miró con ojos tristes; el cristal aún no ha devorado su alma, hay algo de humanidad en él.

Después de saludarlo y hacerle unas preguntas casuales, fui al grano y le pedí que me contara su historia. Y si sabía por qué hay tanta gente sin hogar por estos rumbos.

“La neta, compa. Aquí casi no nos molesta la chota, ni vienen pa’ cá. Yo aquí me vengo a fumar. Ahí hay un cantoncito abandonado, ahí nos metemos los plebes a fumar cristal. También se pican los chivos. Anda mucho morro jaipo, también porque allá arriba hay un centro de rehabilitación, pero ese centro no es derecho carnal, la neta nos tratan bien gacho. Ni tienen permiso del gobierno. Mucho morro prefiere escaparse a la verga. Aquí en la calle limpiando vidrio tragamos mejor que en esa madre”.

También le regalé un cubrebocas para que la raza no sea tan culera y le tiren un dime tan siquiera.

Regresé a la casa bien agüitado. A echarme gel, entré por atrás para no tener contacto con nadie. Me aislarían dos semanas por andar de alucín, entrevistando locos, jugándola al periodista González. Luego pensé que quizá mi crónica no valía verga. Me puse a pedirle nudes a mi vieja, quien me paga estos cursos porque soy un nini. Ella sí es periodista. Yo nomás un zángano.

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Esta crónica es resultado del taller “Periodismo Gonzo, escribir sin etiquetas”, impartido por el escritor y cronista J.M. Servín y organizado por la Pulquería Los Insurgentes los días 28, 29 y 30 de enero de 2021.

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