El huracán y después la calma

El día que llegó el huracán Delta amanecimos en medio del mar. Seis amigos y yo nadábamos tranquilos en el agua calma bajo un cielo gris. Hablábamos sobre si sería esta la primera vez que viviríamos en carne propia un huracán y bromeábamos al respecto. T dijo que estaba seguro que era uno de los fuertes porque tenía dolores en el cuerpo desde hace unos días. 

El cuerpo como un detector para predecir los cambios climáticos. 

Aunque llevo dos años viviendo en el mar, soy de ciudad y esas sensaciones me son de lo más ajenas, pero fantásticas. Cotorreamos y reímos un rato más en el agua antes de volver a subirnos a la canoa para enfrentarnos a la tormenta que nos esperaba. 

Me pareció un regalo haber empezado ese día así, antes de una catástrofe anunciada. Fumando un porro sobre una canoa con amigos. En un momento incluso las nubes se abrieron lo suficiente para que pudiéramos ver el sol. 

Durante el regreso también hubo mucho canto, risas y bogue, una de las maravillas que encontré cuando me mudé a Cancún desde Ciudad de México. Después de separarnos y desearnos buena suerte, la buena onda duró lo que el baño y el desayuno, para terminar abruptamente al llegar al supermercado: el panique a todo lo que daba. La gente comprando provisiones como si fueran a alimentar un ejército. 

Es difícil no contagiarse de esa sensación colectiva de querer comprar toda cosa sobre la que puedas poner tu mano. Para cada producto que elegía debía preguntarme lo mismo: ¿realmente lo necesito? Me basé en lo recomendado: enlatados, frutas, pan, galletas, cereal, agua, nueces. Lo suficiente para tres o cuatro días. Eso sí, lamenté profundamente que no me dejaran comprar vino porque qué pasa si a una la encuentra el fin del mundo y no se tiene una botella a la mano. Pero así es este país de salvajes donde se veta el alcohol a la menor provocación.

Después de haberme hecho de todo lo necesario, volví a casa para encintar machín las ventanas. Delta sería mi primer huracán por lo que no reparé en cinta adhesiva. Tapicé los cristales, una completa exageración que no se necesitaba en caso de que una ventana explotara por la presión del viento o por algún objeto proyectado. Ráfagas de viento de hasta 240 kilómetros por hora, decía en el boletín del gobierno estatal. Mi Chevy llega a una máxima de 120 kilómetros por hora sin sentir que tu vida está en peligro. 240 es una velocidad que ni siquiera imagino.

***

A eso de las cuatro de la tarde salí con mi novio a dar una vuelta a la zona hotelera para ver cómo estaba el jale y hacer unas fotos. Había una lluvia suave intermitente y una calma que inquietaba. Encontramos a un grupo de personas sacando sus lanchas y motos de la laguna de último minuto para llevarlos a un sitio seguro. También vimos a una mujer en una playa desierta que parecía petrificada, estirando los brazos hacia el agua: sin duda un preludio digno de tormenta. 

Para ese momento de la tarde terminaban el desalojo de unos 30 mil viajeros hospedados en esta zona hacia los albergues instalados por el gobierno. Es natural que, en una ciudad inventada en la década de los setenta por banqueros afanosos de cultivar el turismo masivo, sea una prioridad la seguridad de los turistas ante los ojos de las cámaras de los medios de comunicación.

La verdad es que sin importar lo que pase, los turistas siempre estarán a salvo.  

Quienes sorprenden de verdad son los guías de turistas, camareros, lancheros, intendentes, entre otras personas, que van y vienen de la ciudad y periferias hasta este brazo de arena entre mar y laguna para prestar sus servicios, una zona acaparada por y para los hoteles “resort” de cinco estrellas. No importa si llueve, truene o relampaguee, o se cruce una pandemia. Ellos, los verdaderos guardianes de las olas, no faltan ningún día. 

Como Adrián “El Flaco”, un hombre de unos 50 años originario de Guanajuato. Terminó en este sur remoto por sus adicciones y malas decisiones. Su jefe, dueño de un restaurante a menos de diez metros de la playa, lo hizo quedarse para cuidar del lugar, ante lo que se pronosticaba como un huracán categoría cuatro. 

El flaco me mostró el lugar en el que dormiría: un cuarto minúsculo donde apenas cabía un catre en la parte de atrás de la construcción junto a los baños. Intenté animarlo a ir a un albergue, aún quedaba tiempo. “No puedo, mi jefe me amenazó con despedirme y necesito este trabajo”, me dijo. De verdad que hay gente ojete por ahí suelta.

***

Las horas que precedieron la llegada del huracán avanzaron con tranquilidad. No había lluvia, ruido ni viento, pero las nubes corrían más rápido de lo normal. Fuentes oficiales confirmaron que entraría más tarde de lo esperado, en la madrugada, y que había disminuido a categoría tres. 

Me dormí aburrida de esperar para revivir a eso de las tres y cacho de la madrugada. Me despertaron los fuertes vientos y los maullidos intensos de Baguira, mi gata, ansiosa por salir del cuarto. Ella ama el peligro y si eso implica morir, mejor. Lo ha demostrado en numerosas ocasiones cuando va al parque a enfrentarse a esos perros que la corretean. Pero se chingó y no la dejé salir a ninguna parte.

Un huracán es uno de esos sonidos que se te quedan grabados y que se sienten en lo más profundo. Un eco que se ensancha, una sacudida y un pequeño temblor, todos a la vez. Y se repite, y se repite, y se repite hasta que te arrulla. Las últimas horas las pasamos acostados en el baño, por miedo a que las ventanas no resistieran. Ni toda la cinta que les había puesto parecía suficiente con tremendas arremetidas del viento.

Así lo sentí y lo viví durante un par de horas, a veces con más o menos lluvia. Poco a poco, conforme fue amaneciendo, disminuyo hasta parar. El anuncio de la calma lo dieron los pájaros cuando se hicieron presentes por la mañana. Pensé que volvería más fuerte para recibir lo último, pero no sucedió y a eso de la una de la tarde ya había continuado su camino. Y yo el mío.

La ciudad despertó sin luz ni agua, pero también sin inundaciones, algo muy común después de una fuerte tormenta. Delta solo provocó pocas lluvias y esparció por todas partes miles de árboles enormes, junto con postes, cables y alambrado. Las enormes raíces estaban levantadas de la tierra como si nada, en lo que fue un huracán categoría dos que duró muy poco. 

Delta fue solo una probadita del nivel de destrucción que provocó en esta ciudad hace casi quince años el huracán Wilma, categoría cinco, cuando se estacionó en el destino por tres días y acabó con la comunicación, comida y electricidad. Ni hablar de los daños emocionales., para los que quizá nunca haya reparo.

***

¡Que vivan por siempre todos esos espontáneos que sin deberla ni temerla salen a ayudar solo porque sí! 

Ese día, muchas personas comenzaron a barrer las hojas, jalar y cortar ramas para despejar calles y avenidas. “Es lo que nos toca”, me dijo un cubano dueño de un restaurante de mariscos, quien con ayuda de sus amigos liberaba el paso de una avenida de tres carriles bloqueada por un árbol caído. Por toda la ciudad había más personas haciendo lo mismo.

En la zona hotelera, posiblemente el área más afectada de la ciudad de Cancún, se concentraban un gran número de automóviles. ¿Por qué hay tantos autos afuera si la indicación era no salir? Comencé a mirar dentro de los coches. 

Mientras serpenteábamos para librar las palmeras y árboles caídos a ambos lados de la laguna y playa, noté que los autos iban repletos de familias, en los que al menos había un integrante que grababa con su celular los destrozos provocados. Sus caras eran como las de esos grupos de turistas que van tras un guía en un recorrido de museo, boquiabiertos, mirando para todos sitios; acompañado de esa lentitud, característica de los paseos por el centro comercial los domingos. 

Otros estaban pescando, caminando por la playa con sus hijos o simplemente admirando el caos como si fuera un escaparate. Haciendo que todo fuera más lento y torpe. Una concentración de coches detenidos llamó mi atención, eran algunas personas que estaban rapiñando cocos de las palmeras caídas. Cajuelas repletas de esta fruta que eran previamente agitadas para ver si tenían agua. Jamás se me hubiera ocurrido venir aquí después del huracán con suficientes manos para llevarnos los más posibles.

 “¿Usted vino por sus cocos porque ya sabía que habrían muchos después del huracán?”, le pregunté a una señora que buscaba debajo de una palmera con su esposo. “No, es la primera vez. Nos paramos porque vimos a los demás hacerlo”. A veces la vida te da limones y otras te da cocos, pero de que da, te da. 

Volví hasta el restaurante donde estuve el día anterior para ver cómo había pasado la noche El flaco. Lo encontré sentado frente a un mar embravecido, al borde de la plataforma moviendo sus pies como si fuera niño. Estaba intentando partir un coco, sonrió al verme. 

—Súbete a hacer fotos, si quieres —me dijo.

—¿Cómo estuvo? —le pregunté.

—No, sí estuvo muuuy feo. Pensé que me iba a morir, pero aquí estamos.

Después de todo lo que podía pasar en este año turbulento vino un huracán y después la calma. Y sí, aquí todavía estamos. 

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