Odio que digan que éramos felices y no lo sabíamos

Fotos: Irving Cabello / @irvingcabello

Los frenos rechinaron. Ramiro le pidió al chofer que se detuviera de golpe cuando faltaban dos semáforos para llegar a casa. Fueron 70 pesos de la dejada. Ramiro pagó y, sin pedir explicaciones, Mayra siguió sus pasos una vez que abandonaron el auto, haciendo de lado sus tapabocas. ABIERTO EN APOYO AL EQUIPO DE LIMPIEZA Y SUS FAMILIAS. Una manta inmensa cubría la fachada del hotel al que entraron para que Ramiro pidiera un cuarto.

Tras tomar el elevador, apenas cerraron la puerta del 308 se entregaron a su primer beso. Se lo debían desde antaño, así como las ganas de bajarse mutuamente los calzones y restregarse en la cama; actos que consumaron de inmediato. Calentaron el colchón hasta que, media hora más tarde, llegó una invitada: la culpa. Extrañamente, la pareja la dejó acostarse justo en medio de los dos, en el preciso instante en que no hablaban y Mayra pensaba que lo mejor sería escapar luego de darse un baño, con la esperanza de con ello perfumar su falta. Finalmente, la mujer se sentó en la orilla del lecho para activar de nuevo la lengua.

“Es que no Ramiro, antes no estábamos bien. ¿Sabes qué? Odio que digan que éramos felices y no lo sabíamos. Eso es falso. Al menos nosotras nos sentíamos muy enojadas. Íbamos a quemarlo todo, tú lo sabes. Nos estaban matando”. Ramiro se mordió el labio inferior y suspiró, conteniéndose, procurando que no lo escucharan jalar aire. Era una buena forma de eludir la responsabilidad; sí, mejor retomar la álgida charla que tuvieron por la mañana y así despejarse.

“Pues sí, es cierto eso de que no éramos felices. El machismo está muy arraigado”, prosiguió Ramiro; “pero se trata de deconstruirnos, ¿no? Todes”. Al pronunciar la última palabra se empeñó en recalcar la letra E. Ambos asintieron, mirándose de reojo mientras ella buscaba en la pared los botones del control remoto. Deconstruirse. El término permaneció en el aire, flotando, como si se encontrara encerrado en un globo de cómic.  Encendieron la TV. En el canal porno, un tipo penetraba a un par de rubias, iba turnándoselas mientras aquellas se besaban. “¿Te gustaría hacerlo?”, inquirió ella con voz baja, un tanto apenada, sin separar la mirada de la pantalla; “¿qué, cogerme a dos al mismo tiempo?”, contestó su compañero antes de ganar el baño y activar la regadera.     

Abriendo el empaque del jaboncito que encontró en una repisa, Ramiro se acordó de Rocío. Fue una imagen fugaz, un tren bala cruzando la pradera. Estaba poniéndole énfasis a sus genitales, quería dejarlos más limpios que los de un bebé, tan brillantes como las letras E en sus discursos incluyentes. Afuera, Mayra sacudía su ropa. Se había hecho un chongo y caminaba de puntitas, de esquina a esquina, pensando dónde habría arrojado la tanga. Su teléfono vibraba. Tomó el aparato, pero decidió no abrir un mensaje firmado por Martín. “Mayita, dónde est…”. Ya sabía cómo iba a acabar aquello. Apagó la televisión cuando el semental meaba sobre las güeras; sus bocas estaban copeteadas de líquido amarillo. Recordó que orinar era buena opción para deshacerse de bacterias luego de tener sexo.

Sentada en el retrete, al otro lado del vidrio alcanzaba a ver a Ramiro enjabonándose los testículos. Bajó la mira; las uñas de sus pies estaban medio pintadas de amarillo. Pensó que de haber sabido el futuro, la noche previa las hubiera retocado. Tomó su turno bajo la ducha no sin antes intercambiar un beso con su acompañante, quien se secaba alabando la calidez del agua. Viéndola ahí, perdida en una nube de vapor, dándose un beso tierno y cómplice, aquella lucía como una pareja de años que convivía rutinariamente. Sin embargo, Mayra no quiso usar el mismo jabón que Ramiro. Prefirió lavarse con champú. Sabía lo ridículo de su obrar, pero no podía evitarlo. Al salir, encontró que Ramiro hablaba con la chica de la recepción al teléfono; preguntaba si había servicio al cuarto.

Llegaron dos club sándwich cuando Mayra enchufaba la secadora. También un jugo de mango y una cerveza. La pareja tomó asiento en una mesita. Ninguno podía creer que ahí todo operara como si el mundo fuera el mismo de toda la vida. En apariencia no ocurría nada mortal tras las puertas del hotel. Y curiosamente, lejos de alterarlos, enterarse de ese blindaje inaudito les otorgaba tranquilidad. Ahí dentro estaban seguros, al parecer. Comieron en silencio. Por las ventanas, ocasionalmente se colaba el rugir de los motores, autobuses que pasaban por la avenida como ráfagas. Fue Ramiro quien tomó la palabra luego de darle la última mordida a su emparedado. 

¿Hablaste con Martín?

Me ha estado mensajeando, pero no quiero ver, me da no sé qué hacerlo −respondió Mayra.

¿Por qué, se puso peor? −Ramiro estaba impaciente, con sólo tocar el tema comenzó a hablar golpeado.

Todo igual. Fiebre, tos. Está asustado. Dice que le duele el pecho. Yo pienso que está sugestionado. ¿Qué pasó con mi hermana?

No sé nada de Rocío desde el martes. Y francamente me vale madre. Hasta donde sé te pasa igual con Martín, ¿verdad que también te vale?

Mayra guardó silencio. Se sentía presionada a decir que sí, a decir siempre que sí, a todo. Por eso prefería callarse, dejarse llevar y después confrontar las consecuencias de hacer mutis. Sin embargo, más allá de Martín, de pronto sintió angustia al pensar en Rocío. ¿Cómo había podido hacerle eso a su propia su hermana? Estar ahí, en un hotel, con él. Haberse acostado con Ramiro, su cuñado, era de lo más bajo. Jamás planeó llegar tan lejos. Discretamente, la culpa había vuelto por sus fueros. Sintió pena, pero también coraje. Sin saber bien por qué, la invadieron unas ganas inmensas de vengarse. De él, sí, justo. De vengarse de él. De Ramiro. Por no haberse atrevido a decirle que no, por no conseguir negarse una vez en la vida. 

Mayra, terminemos la cuarentena juntos.

¿Qué? ¿De qué hablas? –la propuesta de Ramiro la sacó de sus cavilaciones.

De quedarnos aquí, encerrados, hasta que acabe esto.

¿Y mi hermana?

Hace tiempo que no somos felices. Bueno, la verdad es que desde que nos juntamos sabíamos que jamás seríamos felices.

Ay, no. Ramiro. Yo no podría hacerle eso a Rocío.

Cálmate. ¿A poco crees que es una santa? Tiene su cositas, bien que lo sé. O, a ver, ¿no te parece sospechoso lo bien que se lleva con tu marido, Martín? Quedémonos aquí, tú y yo, para que vean lo que se siente. No hay que hacernos güeyes, esos dos algo se traen. Rocío le truena lo dedos y aquel pendejo obedece, es como su perro.

No me gusta que hables así…

Mira, dile a Martín que te vas a cuidar a tu mamá el resto de la semana a Taxco y ya, ni quién sepa la verdad.  

Mayra pensó en lo que escuchó sobre su esposo. Él no podía engañarla, mucho menos con su hermana. Qué vergüenza sentía. Ahí, envuelta en una toalla frente a su cuñado. Qué pena y qué rabia, qué ansias de soltar golpes al aire. Por su parte, Ramiro aprovechó para ponerse los pantalones. Tras subirse el cierre,  su tono agresivo se intensificó. “Bueno, ¿nos quedamos verdad? Pronto todo volverá a la normalidad, o tendremos una nueva normalidad. Como sea. Será más difícil vernos. Antes de que esto acabe tenemos que darnos un buen encerrón, nos lo merecemos”.

Mayra observaba las uñas de sus pies, quedaban cada vez menos rastros de barniz. También se sobaba los muslos, perdida en sus pensamientos; ideas espesas, densas como su debilidad. Ramiro prosiguió: “Iré a la recepción a apartar estos días, de una vez, no vaya a ser la de malas”. Y encimándose la camisa, remató: “¿Quieres algo de abajo, cigarros, otro jugo?”. Mayra seguía sin reaccionar. Pensaba en minutos, en segundos, en la constitución del tiempo. También contaba pasos, escalones. Su cuerpo estaba ahí, tendido en la dura cama de ese hotel, pero su cabeza rodaba a cuadras de distancia.

Apenas escuchó la puerta azotarse, tomó el teléfono y al fin abrió el mensaje de Martín: “Mayita, dónde estás???? Me duele el pecho, me falta el aire, creo que debo ira al Dr.., Contéestarme por favor”. Parecía increíble, un hombre forjado en el ejército, responsable de la muerte de narcotraficantes en operativos dignos de película, se mostraba como un cachorro temeroso de infectarse de parvovirus. De qué le valían las armas, su facha de toro con pasamontañas, si no era más que un hipocondriaco sin remedio y, ciertamente, parecía el perro faldero de su hermana. Bastaba que aquella le dijera que el rojo era verde para que cambiara de opinión.

Por instinto, Mayra olió la tanga que bajo la cama estaba y se vistió. Después tecleó ágilmente el teléfono. Susurraba al tiempo que movía los dedos, parecía escribir algo importante para alguien importante. Cuando Ramiro volvió, ya estaba cambiada, peinada, lista para irse de ahí. “La acabo de cagar horrible. Me voy, y no quiero volver a verte”, dijo ceremoniosa, sin dejar espacio para el ruego a quien ya se estaba acomodando en la cama revuelta para destapar una lata de cerveza. Luego, salió agitando las llaves del cuarto, dejándolas caer en el buró. También dejó la puerta abierta, estaba segura de que Ramiro la seguiría.

Y así ocurrió. Fue tras ella hasta al elevador y mientras descendían procuró hacerla cambiar de opinión. La recepcionista se sorprendió al verlos tan pronto de regreso, y discutiendo. Para evitar escenas, Ramiro decidió cancelar la reservación. Había pagado por adelantado, así que era necesario hacer varios movimientos. El trámite desesperó a Mayra. Apresuraba a la chica del mostrador, rascándose el cuello, tronándose los dedos, dando vueltas. Sudaba frío, pero sentía la cabeza arder. Como si el aire de la recepción estuviera preñado por el virus.

“Me voy, no puedo esperar más”, le decía a Ramiro, quien apresurado organizaba su billetera y jalaba a Mayra del brazo para que lo esperara. Parecía desesperada por escapar, aunque al mismo tiempo algo la hacía quedarse. Fueron sólo 3 minutos de espera en la recepción, 180 segundos que parecieron semanas en el ártico. Ya en la calle, Ramiro intentó tomar la mano de Mayra, pensaba convencerla de pasar la noche en otro hotel, pero ella apretó el puño y lo empujó bruscamente. Después apresuró el ritmo, hasta adelantarse unos cuantos pasos.

Anduvieron en silencio, cruzando veloces la avenida sobre un gastado puente peatonal. La estructura bajo el cemento se asomaba; varillas viejas. Mayra se sentía así, oxidada. Al otro lado del arroyo vial los aguardaba un jardín, uno de esos parques de bolsillo con arbustos y aparatos para hacer ejercicio. Fue ella quien eligió una banca y con tosquedad sentó a Ramiro para decirle algo que, insistió, no pensaba discutir. Había tomado una determinación. “No quiero problemas. No sé cómo fui tan pendeja. Hasta aquí llegamos”, recalcó agitando las manos. 

Ramiro veía venir algo así. Al terminar en la cama, se mostró apenada por su gemidos y por el fuerte olor que su propio sexo despedía. Para él, Mayra no era una mujer de riesgos. ¿Cómo, de la nada, tras un acostón rutinario, se había puesto nerviosa, paranoica? Bastaba ver cómo volteaba a cada segundo hacia todas partes mientras hablaba rápidamente, como si alguien persiguiera sus enunciados. “No, no pienso volver a verte jamás”, concluyó la mujer, casi gritando, mirando el reloj de su teléfono. “Y ni te atrevas a mencionarle lo que pasó a quien sea, que te puede cargar la verga”. Tras la sentencia, a paso raudo se alejó para detener un taxi que frenó de golpe, manando un chirrido. Se sentía tan feliz haber dicho no, no y no. De dejar a Ramiro ahí, escurrido en la banca, hablando solo.

Para él, la aventura que ese día había arrancado podía durar años. “Qué pendeja, pudimos haberla pasado tan bien”, pensaba. “Pinche vieja loca, no era para tanto”, mascullaba. La mujer pretendió amedrentarlo, pero no se sintió amenazado. En realidad, para él Mayra no representaba peligro alguno. Podía ladrar lo que quisiera, ir y venir con chismes; sin pruebas de por medio, ¿quién iba a sospechar, a dudar de él? ¿Rocío? Jamás. Ramiro la tenía comiendo de su mano, era tan confiada. ¿Y Martín? Bueno, Martín. Decían que era imbatible con los narcos, que le sobraban medallas por su excelso desempeño; pero en la cotidianidad se comportaba tan manipulable, tan, ¿pendejo? 

En realidad, Ramiro era el confiado. Ramiro era el pendejo. Sentado ahí, en esa banca, fumando como si el cielo lo esperara con las nubes abiertas, desconocía que Rocío, su mujer, se encontraba a tan solo una calle de distancia, bufando de rabia, corriendo hacia él, empuñando el celular; arrancándose el cubre bocas, alistándose para embarrar en la cara de Ramiro la pantalla del teléfono. 

El hombre ignoraba, además, que, al lado de Rocío, Martín corría también, apretando los dientes, sofocado, con una mano puesta en el cinturón y la otra palpándose el pecho. La propia Rocío le pidió que la acompañara. Jamás le comentó el motivo de la emergencia, pero le insistió que no saliera sin su pistola porque el asunto era de vida o de muerte. “Es una cuestión de honor”, alcanzó a decirle. En la lista de chats de WhatsApp de Rocío, hasta arriba, en la punta de la montaña, se encontraba el mensaje que diez minutos atrás, con los nervios deshebrados, Mayra le envió desde el cuarto del hotel:

Vez el parque que esta frente al hotelito cerca de la casa???? Ahí esta Ramiro, acaba de salir de acostarse con su amante. Yo lo vi, Te lo dije, te es infielll!! Trae el pelo mojado. acaba de bañarse,. No te podrá mentir, PEro No te derrmbes, todos osn igualea. SoRORridad hermana. ..Te espero en casa ☹

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