La enfermedad que arruina bodas

Nada va a impedir que yo me case contigo. Esa fue la promesa que Luis Ángel Cruz telefoneó a su prometida, Arely Dávila, para calmar su llanto. La novia se había enterado por un mensaje de Whatsapp que su boda estaba cancelada. La fantasía de caminar al altar, el beso que sella el pacto, la víbora de la mar, el ramo lanzado, la noche ardiente, la nueva vida, el señor y su señora. Ahora parecía que eso no llegaría nunca.

En nuestra imaginación, el padre preguntó: si alguien se opone a esta boda que hable ahora o calle para siempre. Nadie habló pero murió uno, luego dos, luego cien, luego mil. Primero en China, después Italia, España, México, Argentina, la tierra entera. Cerraron cines, plazas, parques. Reagendaron las Olimpiadas. Pospusieron Cannes. Cancelaron vuelos, partidos, funerales, bodas. Sí, como la de de Luis Ángel y Arely, los amantes de esta historia.

A este inoportuno virus no le importó que ya tuvieran la banda de música pagada, los refrescos comprados, las flores apartadas en el mercado de Jamaica, el vestido de la novia, los invitados, las ganas, la pasión. Ya hasta habían asistido a misa cuatro domingos seguidos para ganarse el favor del padre, pero a este le cerraron la iglesia.

Cayeron en la desesperación y en la desilusión de ver un sueño volverse pesadilla. Apenas en febrero habían oído algo sobre una enfermedad que se extendía por allá, muy lejos, al otro lado del mundo. Todavía a principios de marzo siguieron con los preparativos, pero ese condenado virus ya acaparaba algunos titulares y los pensamientos de varios.

Luis empezó a escuchar en su trabajo rumores de que ya no dejarían hacer reuniones grandes y que estaban cancelando conciertos; se preocupó, pero jamás le pasó por la cabeza que se fuera a suspender su boda, la que hasta ese momento tenía 290 invitados confirmados. Y así, la mala nueva le llegó, primero con un comunicado del salón avisándole que solo les iban a permitir un festejo de 50 asistentes. Entonces a Luis se le hizo el corazón chiquito y pensó: esto ya valió. 

Días después, la dueña del salón El Cisne le mandó unas capturas de pantalla. Se trataba de un oficio irrefutable de las autoridades del municipio de Tlalnepantla, ordenando a todos los salones de eventos cerrar sus puertas hasta nuevo aviso. Solo faltaban 15 días para la boda. No había de otra. Luis Ángel reenvió las capturas a su novia y lo único que ella pudo hacer fue responder con emojis de la carita que llora.

Dice el novio que estuvo triste dos días, muy bajoneado, muy sacado de onda. Pero cuando vio a su chica mucho más afligida, decidió animarla: tu no te preocupes, todo tiene solución, no seremos los primeros, ni los únicos.

Empezaron a moverse, hacer llamadas, aplazar compromisos, buscar nuevas fechas. Redactaron un mensaje general para todos sus convidados. El padre les recomendó que se hiciera hasta noviembre, pero era demasiado lejano. El salón les propuso junio, pero al final eligieron septiembre por ser el mes patrio. Del 4 de abril al 12 de septiembre, ¡vaya retraso!

Los refrescos caducan entre mayo y junio, así que su familia le propuso venderlos en algunas tiendas, pero luego pensó en el Día de la Madre y en los próximos cumpleaños familiares, así que prefirió quedárselos. Solo ahí perdió dinero, porque hasta la fecha nadie se ha negado a aplazar el contrato, ni los del estudio de foto y vídeo. 

Pero de todo este tormento algún rayo de luz tenía que salir. Por la pandemia salió una promoción de botellas de vino al 50% de descuento. Así que del presupuesto que tenían destinado para el alcohol, terminaron gastando solo la mitad. No iban a irse de luna de miel pero ahora hasta tienen más tiempo para ahorrar y comprar su recámara completa. Ellos mismos se dieron cuenta que les faltaban varios detalles pero piensan que ahora su casamiento va estar más fregón. 

La verdad es que Luis Ángel y Arely ya son esposos, pero por el civil. Alcanzaron a realizar esa ceremonia el 7 de marzo, pero no viven juntos todavía. Aún no se despiertan en las mañanas y se desean un bonito día. Todavía él tiene que llevarla a su casa en las noches y pedir permiso para salir. Sobre lo irritante de la espera, Luis dice: ya llevamos 12 años de novios y apenas hace uno nos comprometimos; si ya nos esperamos tanto tiempo, pues qué son 6 meses más. 

Arely está preocupada. ¿Y si el vestido ya no le queda? Pero su amante trata de animarla en todos los sentidos: tenemos más tiempo para que nuestra boda nos salga más chida y de planear todo mejor, no pasa nada, tu vestido te va a quedar.

Luis no cree en los malos augurios. Niega que esto sea un castigo o una señal para no casarse. Está seguro de lo que quiere y esa decisión está bien tomada: que Arely sea su mujer, aunque un virus quiera interponerse. Y si alguien más se opone, que hable ahora o calle para siempre.

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