Caída libre al precipicio de la escritura

La primera cosa que hacen algunas personas al despertar es besar a su pareja o a sus hijos. Los más religiosos oran incluso antes de lanzar la primera meada del día. En mi caso, el tragarme mis píldoras de esomeprazol de 40 mg, claritromicina de 500 mg, amoxicilina de 1000 mg y mebeverina de 200 mg, marca el primer acto de la mañana. Aún con los rastros de una visible erección bajo mis calzones, engullo la dosis que me permitirá, más tarde, deshacerme el estómago con venenos sólidos, líquidos y gaseosos.

Mi despertar medicado es sin embargo una de las múltiples facturas que un cuerpo que empieza a entrar en franca decadencia cobra con abusivos intereses. Pese a esto hay otros síntomas que me resultan más abrumadores: observarme frente al espejo que impertinente me devuelve una mirada agotada, sin luz; un rostro abotagado, una piel que empieza a ser invadida por surcos que trazan la cartografía de la pérdida y el vacío. Observar esa imagen desoladora que descubre a un desconocido que me mira con curiosidad, con extrañamiento y nostalgia, basta para no entender qué hace uno en este sitio. Es un momento de extravío, como cuando se avanza ya proscrito de la memoria de las mujeres amadas. Y el corazón, carbón quemado y crepitante bajo nuestro pecho, es un mantra furioso que sólo convoca al vacío, al silencio que incendia las palabras, pero levanta cruel las sombras del recuerdo.

Descubro de repente que estoy dentro de uno de esos boleros (decir blues sería una falta de respeto) que tanto odio por melodramáticos. Recuerdo que en realidad de lo que quería hablar era acerca de mis razones para escribir; sin embargo, una especie de zapping involuntario asalta mis pensamientos: una lápida sobre la que yace el nombre de mi madre, Rebeca González Caballero, y bajo de éste la leyenda:

RECUERDO DE SU MADRE Y DE SU HIJO

Pienso en lo ordinario de esa leyenda y en su significado ligero por ser un lugar común grabado entre las tumbas. Imagino que, en aquel entonces, hace ya treinta y siete años, nadie tenía el ánimo para escribirle un canto fúnebre o una línea sensible a mi madre. De modo extraño, las palabras que sí me estremecieron fueron las de la causa de su muerte asentadas en el acta de defunción que leí años más tarde. No he logrado enterrarlas aún en mi memoria. Permanecen ahí, en sus fotografías en las que, sosteniéndome fuerte entre sus brazos a los pocos años de nacido, me observa amorosamente.

Escribir acerca de la muerte debería de ser algo delicado, no sólo una ocurrencia que se multiplica en las lápidas de los panteones —o una fría frase precedida de las palabras “causa de la muerte” en un acta que se archiva entre documentos inútiles.

Un amanuense de la muerte debería al menos tener un poco de imaginación, si no para conmover, al menos para darle dignidad a los huesos hechos polvo bajo la tierra. Un epitafio no es un anuncio de aviso oportuno ni uno de protección civil. Tampoco es que sean tablillas mesopotámicas, pero, ¿acaso no resultaría provechoso que las visitas y los cuidadores de tumbas descubrieran en las leyendas de las lápidas del cementerio un libro de la muerte para sosegar su espíritu? ¿Que hallara una provocación el necrófilo, una advertencia el profanador, fetichista u ocioso?

Leyendas del tipo “No se orine aquí”, “Váyase al carajo”, “Aquí no es restorán”, “Cómprate tus propias flores”, “Esto no es hotel de paso, cabrones”, interpelarían directamente al lector, quien tendría una hermenéutica de la muerte más inmediata que aquella en la que la repetición infinita genera la falta de asombro o el bostezo irrespetuoso.

La escritura de la muerte —o del asombro o el placer— tendría que ser tan eficaz como una guillotina, melancólica como canción lejana, inmediata como un disparo, pero, sobre todo, tendría que ser inflamable. Si no, recuérdese las palabras de Vicente Huidobro en Altazor: “los ojos de la amada son más fuertes que la tumba”; o las de Rilke en su “Elegía Primera”: “Pues la belleza no es sino el comienzo de lo terrible”; o las de Baudelaire en su poema “Carroña”: “y sin embargo, igual serás que esta basura,/ que esta infección horrible, /estrella de mis ojos, claro sol de mi vida/ tú, mi pasión, ¡mi ángel!”.

Resumiendo, si la carroña es belleza, la ceniza palabra y un aullido el recuerdo de mi madre, escribir entonces es una caída libre, un salto al precipicio sublimado por un vértigo que, seductor, embriaga y satura el cuerpo con una zalamería de puta astuta y maliciosa; escribir es excavar en la tierra de los solos para sacudirse el miedo.

Contrario a lo que algunos fanfarronean, escribir no lo hace a uno un maldito, mucho menos un hijo de puta o un ilustrado engreído que se adorna los labios con el carmín de la palabra hueca, con el cosmético de la teoría vuelta inservible cuando, en medio de la fatalidad o el hambre, uno hace como que arregla las cañerías del alma sólo para terminar siendo apaleado por la fortuna que, descaradamente, lo convierte a uno en rabioso chucho callejero en busca de carne y compañía,

Perro o hiena, quien escribe con los huevos enfebrecidos parece más bien un alebrije ridículamente ominoso: misántropo, intolerante, anodino, neurótico, farsante, bestia enloquecida.

Convocar los demonios personales sobre papel es más una muestra de un espíritu insensato (o de una vana arrogancia que pretende ensanchar la sonrisa agria del placer) que de hechicero que crea mundos, revela lenguajes, deshace entuertos o arregla virgos.

Más charlatán que bardo, el acto de la escritura es una mentira inacabable: conjurar los goces perdidos o el dolor acaecido exhibe al escritor como un esquizofrénico que comparte sus delirios con el resto del manicomio a la hora del recreo o de las visitas.

Es sin embargo esta visión de lunático la que permite extraviarse entre el desperdicio de la madrugada, entre los escombros de cuerpos desconocidos, en el filo de los deseos para luego, en soledad, paladearlos como si se tratase de un oloroso coño henchido.

Escribir implica escuchar “la cuenta de protección” mientras asentimos con la cabeza, pero con el espasmo en el cuerpo. Escribir es la testarudez por confrontar al silencio para incendiarlo y con sus cenizas trazar la ruta de entrada al laberinto, al espejismo de los sentidos, o sencillamente, a un callejón sin salida donde nos espera el destino con sus puños apretados. O un canto de sirenas entonado por una ambulancia del psiquiátrico.

Escribir es descender del sueño a la pesadilla para conjurarla —o al menos para hacernos sus molestos inquilinos—; escribir es construirse en la caída, en la lona, acaso por ello la necesidad de desplomarnos una y otra vez para luego arrojar baladronadas sobre el papel y sentir que un placer perverso inflama nuestro pecho o nuestros testículos y, ya delirantes, nos incita a reclamar la pérdida, a convocar la victoria pírrica.

Pienso de nuevo en la tumba abandonada de mi madre, en todos los años que llevo sin visitarla, en aquella fotografía en la que, amado, reposo entre sus brazos.

Lo dicho, escribir es una caída libre, un salto al precipicio.

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