Adolescente gay cisgénero

La noche eléctrica de un adolescente gay cisgénero

El cumpleaños

La música es ensordecedora. Está oscuro, solo se distinguen los destellos de luces láser azules y verdes y esa iluminación blanca intermitente que se podía encontrar en los antros de México hace poco más de diez años. Distingo siluetas alrededor, percibo sus movimientos en pequeños instantes; cada destello capta uno diferente. Algunos cuerpos bailan eufóricos con música electrónica de fondo. Celebramos el cumpleaños de Manu, mi mejor amigo de la prepa. Debido a la oscuridad y el ruido, no distingo los rostros. Y me dan ganas de gritar “bájenle que no veo”. 

Una extraña ligereza invade mi cuerpo. Como si trajera puestos zapatos con campos magnéticos que me hacen flotar en lugar de caminar, con los pies cerca del piso. Traigo puestos unos Adidas “concha” blancos madreadones. Siento como si mis ojos no fueran míos, y lo que estuviera viendo fuera parte de una película. Todo es familiar, pero al mismo tiempo distante, y no logro descifrar el porqué. Espero por alguna señal que me dé razón a esta sensación extracorpórea que me hace sentir electrificado.

Entonces se acercan algunos meseros. Traen tres charolas circulares con copas de cristal y una botella de Moët en una hielera. La circunda una vela de chispas. Uno de ellos deja la charola en la mesa micrométrica, que parece estar diseñada para albergar un juego de té de muñequitas, más que una botella overpriced de champán. Manu se ve muy chavito, sonríe con su dentadura perfecta. Pero, su sonrisa, a pesar de ser genuina, simula un gesto de incomodidad. El remix que suena de fondo se desvanece para dar pie al violín inconfundible de “Las mañanitas”. Distingo entre gritos la voz ronca de Rubén. “Feliz cumpleaños, pinche Manu”.

Adolescente gay cisgénero

Como el resto, me acerco al grupo y la peculiar sensación que estaba experimentando se agudiza. Algo en mi interacción con este círculo, y en especial con Manu, me hace sentir ajeno. Como si fuera un amigo nuevo que acabo de conocer y no desde la primaria. Nunca me sentí así junto a él. Me parece que, de haber contacto físico, le daría un toque eléctrico. Pero nada, todo es normal. Mantengo una sonrisa tratando de compartir la euforia del momento. 

Mariana, la novia de Manu, le acaricia la cara con un gesto cariñoso. Con la otra mano, sostiene su celular para grabar el rostro feliz de su “bebé”, como siempre le llama. Hacen realmente una linda pareja, parece que los sacaron de un anuncio de la temporada primavera-verano 2008 de American Eagle. Finalmente, las chispas se extinguen, y el grupo empieza a disiparse, al igual que “Las Mañanitas”. Gracias, Dios. Todos bailan al ritmo de “Todavía”, masterpiece de La Factoría. Señores, se acabó el show, pueden regresar a lo suyo.

Camino hacia Manu, quien alza los ojos y hace un gesto con la cabeza que interpreto como “lo que callamos los cumpleañeros”. Yo sonrío en respuesta y le doy unas palmadas en la espalda. “Felicidades, amigo”.

Todos lo saben

Siento de nuevo como si un rayo atravesara mi cuerpo. Desde que nuestra amistad se volvió especial nos hemos llamado “amigo” y jamás sentí esta energía adentro. Como si se lo estuviera diciendo por primera vez. Como si Manu fuera un desconocido, pero Manu y yo somos los más brothers. “Güey, ¿qué pedo?”

Acto seguido, escucho un gritito “¡Oh my gooood, ya dieciocho!”. Es Paola, otra amiga, quien me aparta para abrirse camino hacia Manu y abrazarlo. Camino en dirección contraria para acomodarme en una esquina. El ambiente me es muy familiar, y sigo reconociendo rostros de personajes épicos de la prepa interactuando unos con los otros, con trago en mano, y avorazándose las botellas de vodka que no duran ni dos minutos sin que alguien las tome para servirse otro chupe. 

Empiezo a descubrir el secreto detrás de la electricidad. Estoy extrañamente cómodo en este ambiente. Mientras la escena de la celebración de Manu se desenvuelve frente a mí, reflexiono y, de pronto, todo tiene sentido. “Todos lo saben”, me digo.

Me tallo los ojos, vuelvo a dirigir la mirada hacia la pista. La escena es la misma. Gente bailando, algunos cruzan sus miradas con la mía, me hacen gestos de que me acerque o brindan con su trago a la distancia. Devuelvo el gesto con una amplia sonrisa y alzo mi vaso al aire; se lee en mis labios “salud”. Acompañado de este gran descubrimiento, viene un sentimiento de paz infinita, una seguridad en mí mismo particularmente inusual.

¿Adolescentes cisgénero?

Tantos años de represión y de doble vida lo hacen a uno curtirse en el arte de aparentar y engañar. Muchos adolescentes gays vivimos la prepa escondiendo una parte de nosotros mismos que definía rasgos claves de nuestra personalidad. Nos dedicamos a crear un personaje que satisficiera los estándares que nos empujaban a cumplir, desde los corporales y de vestimenta hasta, en mi caso, introducirme formalmente en la cata de alcoholes baratos, incluyendo Padre Kino y Los Reyes.

Adolescente gay cisgénero

Ni se diga de la experiencia sexual y las cosas que uno “debería estar probando” a los dieciséis o diecisiete años. ¿Virgen? Loser. ¿Con kilometraje? Putas las mujeres, campeones los hombres. ¿Faje? Solo cuenta si pescaste pezón. ¿Quién chingados dijo que así es como debía ser? A eso agrégale que estás fuera del estándar en el campo de preferencias sexuales. A esa edad y como hombre, lo peor que puedes ser aparte de virgen, es puto. Y que se te note, todavía peor. Súmale otros 20 años a tu sentencia. 

Para el adolescente heterosexual, las amistades se dan por sí solas. Tengas la personalidad y los gustos que tengas, si te consideras intelectual o revoltoso, siempre hay alguien afín a ti. O por lo menos, un poco afín. Lidian con problemáticas en común como acercarse a las niñas bonitas, y aunque sea reventándote un balonazo en el culo durante el partido de fut, demuestran su apoyo y su cariño. Nada de abrazos o palabras sutiles, qué puterías son esas. 

Eso es terreno totalmente desconocido para un adolescente gay. Y hay que apechugar. O te armas de valor y muestras tu verdadero yo pagando la soledad como intereses, o te cuidas hasta de no mover demasiado las manos al hablar, porque donde se te salga una jotería, bailó Berta.

Hombres, pues. Las niñas son otro cantar. En mi caso, siempre estaré agradecido por mis amigas de la prepa, el sueño adolescente de los popus y de los rechas. Pero el mecanismo de los heteros funciona de una manera muy curiosa. Yo solo me junto con otros hombres que me afirmen lo hombre que soy. ¿Y qué es ser hombre? Lo que los otros hombres digan que te hace más hombre, y como tú no me haces más hombre porque te gustan los hombres, ¡hombre! ¿Qué haces aquí entonces? 

¿Kastapasanda?

La noche avanza rápidamente entre copas, danza y muchos gritos que corean “Y es que no puedo olvidarte” de MDO y “La Calle de las Sirenas” de Kabah. No cabe duda que estamos en algún antrillo de Satélite. Los Ibizas aparcados afuera del antro esperan ansiosamente a sus dueños que se subirán con un dulce perfume a Bacardi blanco campechano. Un jalón en el brazo me saca de mi ensimismamiento; es Lily, que me lleva a la pista a bailar. Me incorporo rápidamente y me dejo llevar por la música. Se nota una euforia alcohólica en algunos de mis amigos mientras entonan torpemente la letra de una canción en inglés que no conozco. 

En el calor de la rola, el Bolas se arranca la playera y abraza a otros dos compillas, que saltan como simios en brama. Uno de ellos es Francisco, por todos sabido que es gay y que no entiendo en qué momento apareció en el antro, pues no es muy cercano al cumpleañero. Río y volteo a ver a Lily con una mirada de complicidad. “Cuerpazo”, leo en su mente. El torso ahora desnudo revela cuadros perfectamente esculpidos en el abdomen.

Me detengo en seco y releo la situación. Primero un güey straight quitándose la camisa, danzando cuerpo a cuerpo con otros machos, uno de ellos recién salido del clóset. ¿Cómo es que los otros hombres no se abalanzan a poner en tela de juicio la virilidad del Bolas con un cabrón restregándole la face en los cuadritos? Un chiflido, una grosería a quemarropa, una risotada señalando con el dedo a Francisco, que aparentemente está en el mejor día de su vida… algo. Sorpresivamente, no se percibe ninguna tensión, todos parecen estar a tono. Caigo en cuenta: en mis adentros, tampoco a mí me sorprende. De nuevo la electricidad. Me pregunto en mi cabeza desde cuándo las expresiones de cariño entre hombres en un círculo como este, no levanta comentarios o sorpresa. Güey… ¿Kastapasanda?

La canción termina y el grupo vuelve de nuevo al baile normal. El Bolas, cagado de risa, recoge su playera pisoteada y se la pone en un movimiento. Le da un beso en el cráneo a Francisco, quien ya anda ultra bizco, y le sacude el pelo con la mano derecha. Manu, que nunca ha sido adepto de los antros, aprovecha para escabullirse y se sienta en uno de los sillones que está cerca de la micro mesa.

El womanizer

El Bolas se caracterizó toda la vida por ser de los machos. El más. Siempre las chavitas más lindas, todas cuerneadas una y otra vez por ese womanizer. Existe la constante necesidad de algunos hombres heteronormados, como él, de reasegurar su virilidad una y otra vez (sin generalizar, porque en el mundo hay de chile, mole y pozole). Encuentran su valor machacando su propia inseguridad de sentirse vulnerables.

Esto se convierte en una dinámica nociva para los adolescentes “como yo”, simplemente porque somos lo opuesto. Nacimos más vulnerables de lo que muchos quisiéramos, y en este momento sentimos que no hay cabida para nosotros, que no merecemos su atención, y mucho menos, su amistad. Nos repetimos que somos débiles, afeminados. Maricones. ¿Qué nos queda a los que buscamos un amigo, no para espiarlo mientras se baña, si no para recibir apoyo de hombre a hombre, aun cuando ese apoyo venga en forma de un pellizco de pezón o de un pedo en la jeta mientras duermo? Bromas pesadas que te curten para “aguantar vara”, acompañadas de risas.

Pero a nosotros nos curten otras cosas; el autoengaño, las máscaras, inventar que mi acompañante es Nixon, el primo de un amigo, con el que me besuqueo a escondidas al más puro estilo de Ana Gabriel. Y tú ni en cuenta.

Si ningún hombre straight va a ser tu amigo y estás rodeado de ellos, entonces ¿qué hacer? Escóndete y crea un personaje. Uno que esté acorde con esta realidad, para que vivas un poquito de esa experiencia. Queda bien en este sistema donde todo lo que no sea “hombre heterosexual cisgénero” vale menos que tú. Y desgraciadamente, papito, eso te incluye a ti. Que si me gusta tal o cuál “vieja”, que si me inscribo con ustedes al equipo de fut (oh sí, yo compré rodilleras, tacos y toda la cosa), que si el Francisco es bien “putito”. Uno vive estas cosas desde donde está sentado, ajeno, totalmente incomprendido. Y pareciera que está viendo el apogeo del sistema en una pantalla de cine, pero de alguna forma, uno hace hasta lo imposible por encajar en la película frente a sus ojos. 

El sistema es el sistema, y no es culpa del Bolas y compañía ser como son y pensar como piensan. No hay culpables aquí, más que la misma sociedad tradicionalista que enferma a las generaciones con los roles que uno debe cumplir como hombre, diverso o no. Al mundo no vinimos a juzgar, sino a entenderlo y a mejorarlo para que los próximos prepos vivan mejor y encuentren lo que buscan. En mi experiencia, fue una etapa feliz. Pero las preguntas no respetan el espacio personal, y nos acompañan como sanguijuelas incrustadas a nuestros talones. ¿Cómo hubiera sido tener una amistad totalmente real con un hombre a quien solo le gustan las mujeres en esa época? ¿Qué habría pasado si yo hubiera tenido el valor de ser quien realmente soy frente a todos mis amigos hombres en aquel entonces? ¿Sería diferente? ¿Acaso el culpable fui yo, por ser mentiroso y aparentar durante años?

La cicatriz de “no pertenecer realmente” no se quita ni con Cicatricure. Seguramente muchos de nosotros en nuestra edad adulta nos preguntamos, ¿qué hubiera pasado si se los hubiera dicho de frente? ¿Me hubieran aceptado, sin hablar a mis espaldas entre ellos? O tal vez, ¿ellos lo sabían y se hacían de la vista gorda a mis inverosímiles intentos de ser “más hombre” y cortejar alguna lady? Tal vez simplemente se hubieran alejado, o tal vez no. ¿Serían los adolescentes de aquella época capaces de mostrar apoyo incondicional a otro hombre sin sentimientos románticos o connotaciones sexuales?

Muchos de nosotros nos refugiamos en mantener un pequeño círculo de amistades, casi siempre en su mayoría mujeres y uno que otro “enclosetado” desorientado como uno, que sabían realmente quiénes éramos a calzón quitado. Ellas, en mi caso, fueron un refugio que sirvieron como tapadera incontables veces, y nuestra amistad se basaba en múltiples códigos clave para hablar de “los Voldemorts”, los innombrables. Pero qué increíble hubiera sido poder compartir esto con Manu, con Rubén, con Patricio y demás caballería pesada.

Una realidad alterna

Un dolor impresionante en el pie derecho me distrae y veo que Valeria acaba de incrustar su tacón de aguja en mi dedo chiquito del pie. “¡Güey, me pisaste cabrona!”. Responde con una sonrisa fingida y leo en sus labios un “sorry”. Cojeando por el dolor me dirijo al sillón donde está Manu y me siento para esperar a que se disipe el pisotón.

—Pinche Valeria, me pisó con su tacón de esquinera, güey –le digo a Manu, con una mueca de dolor. Manu suelta una carcajada señalando mi pie en tono burlón.

—Ya anda hasta la madre esa Valeria. Pobre Quique que va a llevarla a su casa, a ver si no le guacarea el coche –responde Manu, volviendo su mirada a Valeria quien, con singular alegría, se empina un caballito lleno con lo que parece ser Absolut Raspberry. Ella y Manu salieron por un tiempo, nada serio, pero me da gusto saber que se superó el tema.

—Jajaja pobre cabrón. Anyway, ¿qué tal la estás pasando? ¿Y Mariana?

—No sé, vi que se fue con Esme, creo que fueron al baño. La estoy pasando a gusto, no puedo creer que ya son dieciocho, caon –concuerdo en silencio con Manu y me río, dirigiendo mi mirada hacia la pista, pensando que en unos meses también tendré dieciocho. Manu retoma la conversación con una frase que hace explotar nuevamente la electricidad que había sentido toda la noche.

—Qué bueno que viniste güey. Me da mucho gusto que estés aquí, neta eres mi mejor amigo, eres como un hermano para mí.

Manu me abraza. La electricidad invade nuevamente mi cuerpo, pero esta vez, siento que me estoy electrocutando. Es un abrazo sincero, lleno de energía y pasión, pero no sexuales. Es un abrazo que me cobija, como si estuviera abrazando cada parte de mí que duele, sin que yo hubiera sentido siquiera ese dolor. Siento cómo en ese abrazo Manu me expone sus miedos, sus preguntas de la vida. ¿Qué voy a ser de grande? ¿Te han cachado pedo tus papás? Mariana quiere que hagamos el amor, pero no me siento listo; ¿y si se embaraza? ¿Qué voy a estudiar? Mis jefes quieren que yo sea arquitecto, pero no quiero, ¿qué les digo? Así en silencio, yo le expongo mis propios miedos. ¿Será que tengo que salir del clóset con mi papá? Me da miedo lo que me va a decir. Llevo un año con mi novio y lo quiero un chingo, pero ya no quiero sentirme atrapado, ¿qué hago? El otro día me besé con Rossy de desmadre y sentí cosquillitas, ¿será que soy bi? 

Sin separarnos, me pregunto qué pensarían sus amigos hombres si lo vieran. La respuesta que viene a mi mente es: NADA. Eso pensarían, nada. Porque somos dos amigos expresándose el cariño que sienten el uno por el otro. Un hombre heterosexual expresando su cariño a un hombre homosexual sin mezclar una cosa con la otra, sin miedo de caer en ningún estereotipo. Manu lo entiende y lo sabe, y me expresa su cariño como lo haría literalmente, con su hermano de sangre.

Pero mi respuesta viene porque estamos situados en una realidad alterna, una realidad que no existió.

Bum, abro los ojos. Todo está obscuro y caigo en cuenta que estoy acostado. Me incorporo torpemente y manoteo para encontrar mi teléfono. Son las cuatro cuarenta y ocho de la mañana del 21 de diciembre de 2020, unos doce años adelante en el tiempo. Evoco lentamente los detalles de lo que acabo de experimentar, y sonrío. Solo sonrío.

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