Lina sostiene un machete

Ilustraciones: Fernanda Suárez

Wendolina se miró en el espejo y confirmó que no era la misma de hace diez o quince años, algo había en ese reflejo que no era suyo; no tenía claro si era el hundimiento de los ojos, o el deterioro generalizado de la piel y del cabello, o algo más: se miraba las manos y pensaba que aquellos eran dispositivos biotecnológicos imponentes: una superficie palmar, más o menos cuadrada, apuntalada por cinco extensiones, las falanges, dispuestas a perfecta distancia una de la otra, capaces de cerrarse hasta formar el puño, o abrirse, como rosas. Abría y cerraba las manos y no encontraba una relación precisa entre sí misma y aquellos objetos vivos, que parecían obedecer a su voluntad de coger un cuchillo y cortar el pan, o aferrarse al manubrio de la bicicleta y…

—¡Lina, está abierta la pinche puerta! ¿Por qué jijos?

Posó la mirada en el espejo y los brazos, amarillentos, cenizos, blandos, colgaron sin fuerza desde sus hombros. La mirada del reflejo honda, negra, sin expresión. 

—Yo la abrí, voy a tomar pedidos unas horas, necesito juntar los… –la voz salía áspera desde sus adentros, desde su aparato fonador que incluía diafragma, corazón, pulmones, tráquea, laringe, faringe, cavidad bucal, lengua, saliva, sangre…

¿Qué será todo aquello?, se preguntaba, ¿cómo estará todo dispuesto en esa carne compacta? Apagó la luz del baño y salió. Sin mirarse, se hizo una coleta en el cabello y se vistió con un bóxer, sostén rosa, calcetines cortos blancos, pantalones de mezclilla rotos, la primera camiseta que encontró, y una sudadera amarilla con capucha. Tenía los pechos calientes.  

—No vas a ningún lado, hija de la chingada –la atajó con el dedo índice, la uña en punta.

—Tengo que salir, no me queda de otra, mamá.

—¿Para qué putas madres vas a salir? ¿Acaso no ves la televisión? ¡Miles de muertos al día, puta! Miles y yo voy a ser una de ellos, ¡gracias a ti!

—Gracias a mí es que puedes quedarte a ver la televisión, y comer, y…

La vieja se dio media vuelta y sin escuchar a Lina se sentó en el sillón y cambió el canal del televisor… las cifras apuntan a que el crecimiento de la enfermedad es ´súper exponencial’. Gracias a un nuevo modelo matemático, un equipo de epidemiólogos e ingenieros estimó el índice de contagio en 18.6, lo que deriva en un parámetro importante para medir la peligrosidad de esta nueva enfermedad, que no ha encontrado casos de inmunidad, ni existe vacuna para ella… los individuos afectados por este patógeno determinado empiezan por… 

Lina miró una vez más sus manos, luego a su madre tirada sobre el sillón que ya no prestaba atención a su presencia… más adelante, hemorragias internas pueden presentarse, que provocan sangrados por ojos, oídos y boca. Salió del departamento y se subió a la bicicleta. 

Pedaleando hacia la avenida principal, decidió no iniciar ATQ. Desde el brote local y la confirmación del departamento de salud de que el patógeno había mutado, considerándosele un “supernumerario infeccioso”, la clientela se había esfumado; sin embargo, salir a la calle, pese a la ley marcial, le daba a Lina la sensación de que el cuerpo que habitaba todavía era suyo, de que el mundo todavía estaba allí. 

Después de pedalear entre avenidas y calles vacías, llegó al parque de los Olivos, el punto de reunión de los repartidores. Ahí sólo se encontraban Chino y Matheus fumando. Al llegar a ellos, Lina se bajó de la bicicleta de un salto.

—No deberían de estarse pasando ese forjado, podrían morir en medio de una agonía terrible.

Matheus sonrió y exhaló el humo. 

—Ya estamos en medio de una agonía terrible, Lina. ¿Quieres? –Ella tomó el forjado entre sus dedos y se lo llevó a la boca. Inhaló el humo, lo retuvo entre sus pulmones y dejó que todo dentro de ella se calentara, después exhaló. Se detuvo a observar la voluta de humo, su quieta danza, y cómo el aire se hacía visible en aquella densidad azul, “el humo es el cuerpo del aire”, pensó.

—¿Ya saben algo de Sanabria? –dijo ella, sacando todavía un poco por nariz y boca.

—Nada. En ATQ no nos dicen una palabra, sólo emitieron un comunicado donde decían que alzaban su voz para que se fincaran responsabilidades –Chino pidió el forjado con los dedos–, pero, díganme ustedes, ¿qué es alzar la voz en un mund…

—Ví el comunicado –interrumpió Lina y le extendió el forjado. 

—¿Creen que lo hayan llevado al Palacio? Desde que lo alzaron no hay una sola pista de él… Dicen que era un hotel en realidad, ¿no? Hace muchos años… que era un hotel muy grande y muy lujoso… —a lo lejos se escuchó una sirena. Matheus guardó silencio de pronto, luego dijo–: No tengo idea de qué podemos hacer.

El localizador de Chino había estado arrojando notificaciones. Con la conversación y el humo, ninguno de los tres había prestado atención. El movimiento en la calle, hasta ese momento, había sido en su mayoría comercial: a 7 kilómetros al este, las brigadas militares de sanidad hacían una redada en un edificio clausurado y en ruinas, donde se encontraban indigentes infectados. Chino y Matheus ya habían ido a buscar a Sanabria allí, sin éxito. 

Ninguno de ellos llevaba traje de aislamiento, ni guantes o protección bucal de alguna clase; se encontraban charlando a una equidistancia de metro y medio, lo cual constituía una falta causal de arraigo domiciliario. Por esa misma razón habían detenido a Sanabria, que nunca llegó a su domicilio.

ATQ no proveía de aisladores a sus “garantías”, como llamaba a sus repartidores. Ninguno de los tres contaba con ellos, pero se las habían ingeniado para mantener un ritmo más o menos continuo de repartos. Y dado que ese día, aún con la redada en el edificio, el movimiento en el exterior había sido de origen comercial, Chino y Matheus decidieron salir a repartir lo que hubiera, y a buscar a Sanabria.

—Ya revisa tu localizador –interrumpió Matheus– desde hace rato está sonando…

Chino ingresó a ATQ. Lina dijo:

—Lo que quieren es deshabilitar toda interacción humana y meternos por completo en estos aparatos. 

Chino guardó el localizador en la bolsa de su pantalón. 

—¿Qué, ya se armó? 

Sin contestar, se echó la enorme mochila repartidora a la espalda y montó la bicicleta. Matheus hizo lo mismo sin preguntar, pero añadió:

—Después, seguiremos buscándolo.

Al tiempo que montaba la bicicleta, se percató de que Lina seguía sin moverse, y de que no llevaba mochila repartidora. Por su actitud, parecía que solo estaba ahí para observar la tarde, algo que no era en absoluto natural. 

—¿Y tu mochila? –preguntó Matheus. 

Ella respondió con un ademán de cansancio. Se quedaron callados un instante, y como no supieron qué más decir, se pusieron en marcha. 

No tenían mucho tiempo de conocerse. Lina había empezado a repartir comida on demand después del anexo de su madre, poco antes de la última suspensión que emitió el Estado. Con sus ingresos sostenía la alimentación de ambas y cubría otras necesidades. Desde su punto de vista, tenía un trabajo poco peligroso; al menos en comparación con el encierro; al menos el reparto de bienes, que no se había detenido con la ley marcial, le permitía salir a rodar y sentir la brisa, o lo que creía que la brisa debía ser.

Lina había decidido no ingresar a ATQ. Su presencia en el exterior tenía más que ver con el hecho de que, en movimiento, aquella sensación de estar disociada de su cuerpo se aminoraba. Los vértigos le habían comenzado con el brote original de la cepa, y a raíz, ella suponía, de la suspensión de sus medicamentos. Su madre, por otro lado, no daba muestras de recuperar la razón.

Después de la desaparición de Sanabria, para Lina todo lo conocido y lo percibido por sus sentidos, su vida y todo su espectro temporal, los objetos y todo lo contenido en ellos, eran como imágenes en el agua, tan livianas que al toque de la mano desaparecían entre ondas para disolverse en la nada. Durante sus noches en vela, que acumulaba por docenas, se había sorprendido a sí misma más de una vez en medio del cuarto con un cuchillo en la mano, sin saber cómo había llegado ahí. Durante el insomnio se obsesionaba con la idea de “rasgar el velo”, y de pronto se encontraba en medio de la habitación con un filo en la mano. No era consciente de sus movimientos; entre su cuerpo y su consciencia, había una honda oscuridad.

Lina comenzaba a sospechar que, en el momento menos pensado, se desplomaría hacia el suelo incapaz de sostenerse; creyó que sucumbiría a lo hondo, a esa falla oscura que presentía alrededor de todo. Pero aquella fuerza cedía al movimiento, se replegaba como un arácnido, como una mano que de pronto soltara el mango de un martillo, y el peso lo hiciera caer. Por eso cuando Chino y Matheus emprendieron carrera para garantizar la entrega de ATQ, decidió seguirlos. 

La tarde había caído azul y el aire llenaba todo de un olor a polvo. Uno que hacía pensar a Lina en todas las personas que estarían muriendo en ese momento; en los cuerpos que yacían dispersos por la calle, de quienes habían cruzado la puerta por el amor de una bala, o por la furia de la enfermedad; en el tiempo en que tardarían en levantarlos… en el cadáver.

Llegaron al establecimiento. Todo estaba cubierto de plástico: un largo tubo salía desde la puerta del restaurante hasta la banqueta, donde esperaba Chino. La puerta se abrió al interior de ese túnel de aire intocado y emergió un sujeto, totalmente aislado, con una bolsa amarilla membretada con el logo de ATQ. Se acercó caminando por el tubo hasta llegar al punto de entrega: sacó la bolsa. Chino la recibió sin mirar al sujeto, y en silencio, de un solo movimiento, la introdujo en su mochila. Matheus y Lina esperaban detrás, a una equidistancia de dos metros y medio.

Entonces llegaron los militares, un convoy de siete uniformados. Chino fue el primero en enterarse: los vio de frente, aun cuando brincaron de la tanqueta y sometieron a Matheus con una llave al cuello, después a Lina con una patada en las piernas.

—¡Al suelo, hijos de su puta madre!

Ninguno opuso resistencia. Chino dejó su mochila en el suelo y se llevó las manos a la cabeza. 

—Número de identidad y a quién garantizan.

ATQ, dijeron al unísono. El mayor, cubierto por un pasamontaña y goggles negros, caminaba con la mano posada sobre el cinto. Lina los observaba desde el piso. Habían sometido a Chino. El resto de la brigada permanecía firmes a las órdenes del mayor. 

—Localizadores… –desenfundó el arma muslera y cortó cartucho –¡con una sola mano!

Los tres entregaron sus equipos. Los recibió el oficial de brigada, quien los sincronizó con la base de datos: los tres aparecieron como miembros de ATQ, con números de identidad vigentes en el nuevo registro de población. Tanto Chino como Matheus aparecían activos en el status de ATQ. Sólo Lina estaba inactiva. “Ella no está, no está”, repitió el oficial.

—Hazles tabay…

Por el cabello los levantaron y con el cuerpo contra la tanqueta los amarraron con cintillos de plástico; con ambos brazos hacia la espalda, un amarre por encima de los codos, y uno sobre las muñecas. Lina se dejaba hacer sin oponer resistencia, de hecho, no sentía los golpes. 

—¿Qué hacen afuera sin aisladores?

—Estamos garantizando para ATQ –dijo, temblando, Chino– ahí en la mochila está el pedido que estoy a punto de terminar… –con un dedo, el mayor ordenó ir a ver. Recogieron la mochila del suelo y sacaron la bolsa.  

—Sólo salimos a garantizar señor…

—Violan la equidistancia oficial, los vamos a llevar a…

Una ráfaga de tiros se escuchó en el aire; toda la brigada reaccionó. El mayor se quedó quieto, pero interrumpió sus palabras. Observaba a Lina; ella, como Chino y Matheus, permanecía inmóvil con el cuerpo contra la tanqueta. 

—Señor, por favor, fue solo un momento –dijo Matheus– nos encontramos en el camino mientras hacíamos repartos, nos saludábamos simplemente… en eso estábamos cuando ustedes llegaron…

El mayor se sacó los aisladores y soltó una carcajada. Ordenó darles media vuelta. Lina, entonces, pudo ver al mayor a los ojos. 

—Tú, estás inactiva en el sistema, tú no estás garantizando nada –la tomó de la cara con fuerza, deformando sus facciones–: ¿Qué tanto miras, perra? Estás violando la ley marcial, puta. ¿Qué estás haciendo afuera? ¿No tienes a quién atender, una madre, un hombre? –le escupió esas palabras. Después volvió a colocarse los aisladores.

Se escuchó una segunda ráfaga de tiros, después el radio de la tanqueta. Lina no se movió, pero Matheus soltó un pequeño grito de dolor. Uno de ellos le pegó un culatazo en la cara: una línea de sangre cayó sobre el piso. El localizador de Chino empezó a sonar, era su reparto, que seguía vigente en ATQ, y alertando el retraso. 

—Por favor, déjennos, ya –y oyó el sonido de su localizador– ¿Ya lo escucha? Oiga, oiga… ahí está, ¡es mi localizador! Es mi reparto, déjennos ir…

Uno de los oficiales intervino. El mayor ordenó soltarlos y con un navajazo deshicieron los cinchos. Matheus manaba sangre de la cabeza, tirado en el suelo, sin moverse. 

—¡Sólo tú te vienes conmigo! 

El mayor cubrió la cabeza de Lina con una bolsa negra y la metió a la tanqueta. Chino no pudo moverse, no supo qué hacer ante lo que había visto; sucumbió a su indefensión y entre lágrimas vio cómo se llevaban a Lina. Matheus, en el suelo, no despertaba. 

Dentro de la tanqueta Lina no escuchaba los tiros, sólo las carcajadas de la brigada, y el abrir y cerrar de las puertas. 

—¡Tírale, tírale!

—¡Todavía tengo parque! 

Escuchaba su corazón y tenía un sabor acre en la boca, que se hacía más intenso cada vez. Un gusto biliar que la hizo vaciar su estómago. El líquido caliente se derramó por su cuello y por entre la bolsa. Se detuvieron entonces los tiros y arrancaron la tanqueta. No supo cuánto tiempo pasó. La sacaron entre empujones y al verla sucia de vómito la patearon. Afuera, escuchaba el aire soplar y el crujido de cables de alta tensión. 

—Párate, perra, no te hinques, no te hinques… –supo que era la voz del mayor. La llevaba tomada por el cuello y apuntándole con la pistola a la altura del hígado. Lina se hincaba cada tres pasos y posaba su rodilla en el suelo; desde la rotura de su pantalón, sentía la tierra seca y entonces creyó saber en dónde se encontraba. El mayor la golpeó con la pistola un par de veces para hacerla caminar, hasta que la metió en otro vehículo. Se sentía como un vehículo particular. 

—Háganme disloque –dijo el mayor, y arrancó.

Lina sentía la circulación de sus brazos detenida. El vómito se había secado, y la taquicardia la hacía respirar con mucha dificultad. La porosidad de la bolsa era mínima. 

—¿A dónde me llevas? –dijo por fin, y se sorprendió por el sonido de su voz. Una voz que jamás se había escuchado, y que no sabía de dónde venía–: ¿Por qué me haces esto?

Lina escuchaba sus palabras, pero no podía relacionarse con ellas. Era como si una extraña las pronunciara. Sintió lágrimas correr por su rostro, pero no lloraba. 

—Vas a ver, mi amor, vas a ver ahorita a dónde te voy a llevar… vas a tener una regadera, y una cama.

—Déjame ir…

—No te preocupes, te voy a meter a bañar y vas a quedar lista, ¿eh?

El mayor se escuchaba frenético; el poder y la autoridad en su voz, de unas horas antes, las había perdido ahora mientras cruzaba la ciudad hacia el búnker, en donde había instalado la sala de transmisión. 

Lina iba sujeta de los brazos, por los codos y las muñecas; no podía permanecer erguida dentro del carro, de modo que reposaba del dolor echada sobre el tablero. La taquicardia no se había detenido. Sangraba de la nariz, y el sudor le corría por toda la cara; había logrado respirar a ritmo, y en ese sometimiento, en medio del dolor, la brecha de aquel abismo se había ido angostando. La resistencia de Lina había sorprendido al mayor, pero ella no lo sabía. 

La bajó del auto sin golpearla, casi con cuidado, con algo de… ¿afecto?

—Vas a estar bien, preciosa, vas a estar bien. Tienes que estar tranquila, si no, no te voy a poder soltar. Grita todo lo que quieras.

El mayor abrió los aisladores del búnker y entraron. Lina caminaba lentamente sin decir palabra; sus sentidos se habían agudizado y sentía una extrema lucidez. Caminaban por un pasillo. Había caído la noche. 

—Eres más hermosa que muchas de las que han estado aquí, ¡les vas a encantar! Por favor no te muevas –el mayor cortó las amarras, la sentó. Volvió a amarrarla de manos y pies a la silla, y le quitó la bolsa de la cabeza. Rasgó sus ropas.

La luz la cegó unos minutos, se encontraba amarrada a una silla de hierro, sobre un piso cubierto de plástico. Frente a ella, una cámara de video. El mayor tecleaba sobre una computadora. 

—Estoy completamente enganchado a esto…

Los ojos de Lina se adaptaron al contraste de la luz; sobre ella había un gran andamio de hierro, del que pendían cadenas. Sobre el piso, dos mesas quirúrgicas dispuestas con cuchillos y navajas de toda clase. El mayor comenzó a desvestirse. Bailando frente a la cámara, se puso la máscara negra y los tirantes; las botas al último.

Lina luchaba por romper los cintillos de sus muñecas. Todo dentro de ella estaba quieto, su ritmo cardiaco se había normalizado y ya no sudaba. Sentía la tensión de sus músculos, desde el cráneo hasta las pantorrillas, y la concentración de su fuerza sobre los barrotes. La cámara, minúscula sobre el trípode, se iluminaba de ámbar en la lente. El mayor se dio vuelta, abrió el cierre de la máscara en la boca, y gritó. 

—¡La tortura y el terror nos han fascinado desde el origen! Lo que vieron nuestros ancestros en los templos de sacrificio; o los que disfrutaron el paisaje de colgados en la Revolución, sintieron lo mismo que ustedes cuando se quedaron observando un choque sangriento de autos; ¡o cuando se estremecieron ante la agonía del toro en la plaza!

Lina logró romper el cintillo de su mano izquierda.

—Hoy, el cine, la televisión, los videojuegos nos han permitido el lujo de observar cruentos asesinatos sin que… nadie, de hecho, salga lastimado. Pero, alguna vez damas y caballeros –el mayor apuntaba a la cámara con un machete– han acontecido a la carnicería humana, ¡¿en persona?! Pues esta noche, desde este palacio y la comodidad de sus asientos, tendrán el privilegio de ver ¡exactamente lo que es!

El mayor se dio media vuelta y blandió el machete, Lina lo vio venir y con su mano libre alcanzó a detenerlo. El filo cayó sobre su hombro izquierdo: un golpe caliente que le puso el corazón a latir de verdad. Cayó el machete; el mayor pateó a Lina en el abdomen y derribó la silla. En el suelo, Lina pudo romper el segundo cintillo. 

Con todo el peso de su cuerpo intentó someterla; ella, en un instante, pensó en Chino y en Matheus; en su madre sobre el sillón, en los edificios aislados y en la enfermedad; en su propio cuerpo tan cerca de la parálisis. Como el martillo que cae sobre el suelo, de golpe se supo consciente de su corporalidad, de la materia que ocupaba en aquel punto sin nombre del espacio. Una materia viviente, con pulso, defendiéndose. 

Los golpes caían sobre su rostro y de pronto las manos se cerraron sobre su cuello…

—No se me ha escapado ninguna… –los ojos sin vida del mayor se encendieron debajo de la máscara, en un éxtasis invertido; ansioso de alcanzar la puerta, de alcanzarla lo más pronto posible. 

Lina rompió todas sus amarras y pateó al mayor. Pelearon. La máscara lo protegía de rasguños. En el forcejeó la mesa quirúrgica se vino abajo y tiró todos los instrumentos.  Ella sentía toda la sangre subir hasta su cabeza, y luego derramarse por entre las heridas. Dejó de ver. Cedió poco a poco al ahorcamiento hasta que sus manos cayeron sin fuerza. Entonces la soltó y se puso de pie.

—Odio a la naturaleza. Apenas lo puedo soportar, la forma del rostro, ese témpano oscuro siempre espectador. Deshacerme del rostro es lo que me lleva a cometer actos cada vez más grandes. 

Con toda su fuerza se arrojó hasta Lina, que alcanzó el machete en el suelo, y ciega en su propia sangre, lo blandió contra el mayor. El filo cayó seco sobre la máscara. Aire se liberó, como si los tubos respiratorios del mayor se hubieran roto; un spray rosado lo bañó todo. La sangre empezó a correr. El mayor, luchando por sostenerse en pie, se llevó las manos a la cara y gritó. Lina, que tosía en el suelo, se puso lentamente en pie, mientras el mayor gemía y murmuraba. Las palabras le salían deformes entre la máscara rota y la herida. 

—¡Lárgate de aquí! –alcanzó a escuchar– ¡Largo! 

El rostro del mayor estaba abierto en dos, como un ojo, entre pliegues de grasa, músculo y sangre. Lina, en pie, estaba completamente dentro de su cuerpo. Todo lo observaba con sumo cuidado. El plástico en el suelo, los instrumentos y la mesa volcada, luego la cámara encendida y una computadora. 

El mayor se desplomó y Lina lo vio retorcerse en espasmos. Todo el salón estaba encendido y cuidadosamente dispuesto. Se acercó hasta la pantalla de la computadora, que transmitía en vivo. Los comentarios de los espectadores seguían llegando. Dio unos pasos hasta el mayor, que ya estaba quieto. Diluidos entre la sangre, había saliva y orín. Se acercó hasta el ojo de la cámara, “somos nada más que materia”, pensó, pero sentía su cuerpo completamente suyo; y en la falla, ahí estaba ya, la materia, su finitud restaurada. Enfrentó aquella luz ámbar, y en el reflejo de la lente se vio a sí misma, cubierta de sangre y con el machete en la mano. Un sonido inundó la sala de transmisión: el localizador del mayor. Lina observó todo a su alrededor. Ya los oiría venir.

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