Montreal, el virus está aquí

Es 13 de marzo de 2020. Unos días antes de que se declare la pandemia por Covid-19 que puso al mundo en cuarentena. Soy mexicano y vivo en Canadá desde hace tiempo. Un país en el que aparentemente todo funciona a la perfección. Donde miles de inmigrantes escapando a los más variados y trágicos destinos, han encontrado finalmente paz y la esperanza de un futuro posible. Así que mientras China ve morir a gente por docenas a causa de un virus oportunista que provoca la muerte a organismos vulnerables y España e Italia comienzan a reportar sus primeros casos, en Montreal nos seguimos sintiendo seguros, ajenos a la amenaza.

Hace poco más de un mes, el 2 de febrero, Fred, la marmotte, pronosticó que el invierno duraría sólo 6 semanas más, así que con nuestros -14 grados de temperatura en promedio, por las tardes, nos sentimos confiados y optimistas. Listos para olvidarnos durante unos cuantos meses de la blancura infernal de la nieve y sus tempestades interminables.

He quedado con S para ir por la noche a Cabaret Berlín, un club ubicado en la calle St. Catherine del que nos hemos vuelto asiduos. Un lugar para gente extraña donde goths, punks, queers y drags se reúnen por las noches para bailar hasta el amanecer. Pero a eso de las seis de la tarde suena mi teléfono. Es S. Me dice que algo raro está pasando. Que hay rumores de que van a cerrar clubes y discotecas. Por lo del virus chino ese, dice con cierto fastidio en la voz. Le respondo que voy a investigar; que le devuelvo la llamada en unos minutos. Enseguida entro al site del antro. En el home solo dice que el gobierno de la ciudad ha decidido suspender las actividades que involucren a más de 250 personas en un mismo sitio, pero que en el club solo caben 150, así que nos esperan por la noche, as usual. Incluso han bautizado la fiesta como Wash your hands and dance, bromeando un poco con las recomendaciones que han empezado a circular para evitar la propagación del bicho. Así que le marco a S y le digo que el plan continúa sin alteraciones.

A las 9 lleno mi anforita con Jack Daniels y salgo a los -23 grados centígrados de la noche montrealense. A unas cuadras de mi departamento tomo el autobús 33, que pasa puntual como un maldito inglés, y después el metro. S ya me está esperando en el andén de la estación Pie IX (“Pi Nef”, dicen con su acento cantarín los quebecuas) y ahí mismo termina de liar un porro que encendemos en cuanto pisamos la calle. Es un joint de buen tamaño pero las ráfagas de viento helado que nos azotan la espalda mientras caminamos por las calles de este barrio lleno de gente en busca de fiesta, dificultan fumarlo y provocan que se consuma a una velocidad exasperante. De cualquier manera, S es una experta en ese tipo de situaciones, así que nos refugiamos en la entrada de un edificio y mientras reímos a carcajadas, maldiciendo a Eolo, a la madre que lo parió y a todos los dioses del Olimpo, bebemos un poco del JD y le damos profundas caladas hasta que lo liquidamos. Es una mariguana suave y amistosa, comprada de manera legal a la sociedad canábica de Quebec. Gran mota, S, le digo y ella me responde sonriendo con esa expresión deliciosa que adquiere su rostro cuando algo la envuelve de placer.

Cuando llegamos al club estamos flotando entre algodones. En cuanto nos ve, Fat Mike, el doorman, un colombiano enorme que se hizo mi amigo desde el primer día, me hace la broma habitual: eh, mexicano, el 649 (un lugar para bailar salsa) está más allá. Finjo golpearlo en el estómago y antes de entrar le vuelvo a preguntar porqué las mujeres de su país son tan bellas y los hombres tan feos. El gordo ríe a carcajadas y su barriga se agita como si fuera un gigantesco flan, mientras sus manazas de oso palmean mi espalda amistosamente.

En el interior del bar hay unas 30 personas calentando motores. Aunque en Montreal vive gente de todo el mundo, aquí los únicos latinos parecemos ser el Gordo, S y yo. Dejamos en el guardarropa las chamarras, guantes, beanies y todo lo que se necesita para sobrevivir a estas temperaturas y vamos a la barra por un trago. La cantinera es una morena espectacular de pelo azul y brazos tapizados de tatuajes que agradece las propinas guiñando encantadoramente su ojo izquierdo. Le pido dos pintas de Saint Ambroise rojas y nos vamos a una pequeña mesita lejos de la pista de baile.

Frente a las cervezas, le digo a S lo sensual que luce con esa blusa de tirantes negra, pero ella está pensando en otra cosa. Me cuenta que todo el día estuvo leyendo acerca de la situación en China. Que hay cientos de muertos y la cosa está completamente fuera de control. Ojalá el virus no llegue a Montreal y todas las medidas sean sólo preventivas, me dice antes de levantarse por otro par de rojas.

Cuando regresa, me dice que va a confesarme algo. ¿Sabes?, cuando era adolescente, traté de suicidarme. Me corté las venas pero mi padre evitó que me desangrara. Me sacó de la tina y me llevó al hospital. Después estuve internada algunos meses… me dice, con un tono de voz desconocido para mí, con la mirada perdida en algún punto de su pasado. Yo ya había lamido infinidad de veces las cicatrices de sus muñecas, pero por prudencia no le había preguntado nunca nada. ¿Y por qué lo hiciste S?, la inquiero. No lo sé. Ya no recuerdo. Supongo que lo borré de mi mente. Lo que sí sé es que no tenía miedo de morir. Ahora tampoco lo tengo, remarca con firmeza y junta su nariz con la mía.

Yo también, últimamente, he estado pensando mucho en la muerte, pero no se lo digo. Y tampoco tengo miedo. Claro que siento un poco de congoja pero si tiene que ser así, pues que sea. Es parte del contrato. La única cláusula, de hecho, no susceptible de negociación. No soy un hombre religioso. No creo en paraísos eternos. Espero que aquí, en esta tierra, empiece y termine todo. Y siempre que el asunto ronda por mi cabeza encuentro consuelo en el aforismo del gran Epicuro de Samos: ¿Por qué temer a la muerte?, si mientras existimos, ella no existe y cuando existe la muerte, no existimos nosotros.

Entonces, mientras le doy el último trago a mi tercera Saint Ambroise, suena “World in my eyes”, de Depeche Mode y S lanza un grito de entusiasmo. Sonriendo, me toma de la mano y me arrastra a la pista dando brinquitos de júbilo. Al tiempo que Dave Gahan canta acerca de un viaje en donde promete a su pareja mostrarle el mundo a través de sus ojos, S se ondula sensualmente restregando su cuerpo contra el mío. La mezcla de cerveza y mariguana de su aliento me embriaga más que el líquido. A nuestro lado, dos japonesas que no han dejado de transmitir en vivo a través de sus celulares, enredan sus lenguas como si quisieran fundirse una contra la otra en un beso feroz. Detrás de los controles, la DJ, una albina enfundada en un body de látex plateado, comienza a disparar impactos sónicos que nos alcanzan certeramente a todos en el pecho: Morrissey, Killing Joke, Les visiteurs du soir, A flock of seagulls, The Sweet, David Bowie. Y nosotros bailamos. Y cantamos. Y chocamos caderas, hombros y vasos de cerveza contra góticos, punks y dos enormes dragas que se han hecho amigas de S y le proponen seguir la fiesta en el quartier Mount Royal, cuando terminen por echarnos de aquí. Lo hacemos porque a nadie le asusta el contacto físico. Porque disfrutamos nuestra piel y nuestros humores. Y sobre todo porque ignoramos que justo en estos momentos un virus microscópico está atravesando el Atlántico para intentar matarnos a todos.

Cuando S se acerca para meter su lengua en mi boca, mientras suena “The passenger”, de Iggy Pop, pienso que es un maravilloso milagro estar vivo aquí y ahora, en la promiscuidad de esta pista de baile. Aspirando el perfume de las dos noruegas que se han unido a nosotros y giran tomadas de la mano con S como en un baile de párvulos. Disfrutando de la perfección absoluta de este momento que no se repetirá jamás…

Al día siguiente, cuando despierto, S ya se ha ido. En su lado de la cama hay una nota garabateada con descuido. Me tuve que ir. Te llamo luego. Te quiero. Besos. Me levanto y me preparo algo de comer. Si alguien me preguntara en estos momentos qué extraño más de México, diría que por sobre todas las cosas, la barbacoa. La bendita barbacoa, Santa patrona de los resacosos, alimento curativo por el cual un crudo sería capaz de atravesar mares y montañas. Pero por aquí no hay nada que se le acerque siquiera, así que destapo una cerveza, como lo que cociné y regreso a la cama para holgazanear lo que resta del día.

El domingo me levanto temprano. Bebo un batido de proteína y me voy al gimnasio. La chica de la recepción me dice que no han recibido ninguna indicación del gobierno, salvo lo de las 250 personas en sitios públicos, así que puedo hacer mi rutina con tranquilidad. Sin embargo, unos 30 minutos después, su compañero, con cara de susto y ademanes de alarma, se acerca para informarnos que tenemos que irnos; que van a cerrar por órdenes directas del Primer Ministro. ¡Váyanse, por favor! ¡Dense prisa! ¡El virus está aquí! ¡El virus está aquí!, repite como loco, en francés, mientras camina de un lado a otro haciendo gestos histéricos. Pues sí, esto parece más serio de lo que creía, pienso y, acongojado, me dirijo a los vestidores a cambiarme.

Ya en la calle, noto que hay menos gente que de costumbre. La carretera luce vacía. A mi teléfono empiezan a llegar noticias. Hablan del cierre de negocios y suspensión de actividades. De confinamiento obligatorio. De pánico y paranoia. Las gaviotas, que vuelan en parvadas sobre mi cabeza, graznan como mujeres enloquecidas. Su graznido, que anuncia que el invierno está por terminar, me parece siniestro. Pienso en Los pájaros de Alfred Hitchcock y en los mundos distópicos de Orwell y Ballard. En Black Mirror. Le marco a mi madre, allá, en México.

¡El virus está aquí!, le digo.

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