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Noche de Jalowin en Infiernavit

31 de octubre de 1987. Celebrábamos con nuestros amigos afuera de casa de mi padre el cumpleaños veintidós de mi hermano menor, Eduardo, el Cartucho. Noche de sábado y la adrenalina al cien en el Infiernavit de esos años que no daba tregua a nadie y volvía común lo más perturbador. Dos cajas de caguamas, una patona de Bacardí, refrescos, mota y cigarros como para matar de cáncer a todos los vecinos.

En algún momento recordamos que había una fiesta de Jalowin en Oyamel, la calle vecina, paralela a la del domicilio donde vivíamos Cartucho, mi padre y yo. Se nos ocurrió que no era mala idea invitarnos por nuestra cuenta al reventón de disfraces en casa de los hermanos Bolo y Cacho. Después le caemos, dije, pensando en dejar antes a mi novia, que en ese momento nos acompañaba. Extrañamente, mi Laurie Strode había decidido tomarse un par de vasos de cervezas con nosotros.

La noche se prestaba para convertirnos en clones de Michael Myers y divertirnos un poco, pese a que los anfitriones estaban lejos de ser nuestros amigos. Dos animalotes sobrealimentados, enormes y taimados. Dignos de una película de John Carpenter. Nos odiábamos sin aceptar las pocas diferencias de unos y otros. Ellos y nosotros. Oyamel y Sauce del Agua, los conservadores secos y los anarcoebrios. Nos despreciábamos mutuamente, pero teníamos un pacto de no agresión que a regañadientes permitía saludarnos y rivalizar en el tochito callejero sin agredirnos más allá de los golpazos durante el juego.

Calles paralelas y colindantes, casi siamesas por los patiecillos traseros separados por las bardas de ladrillo de cada una. Infiernavit era como nosotros: toscos y aspiracionistas sin oportunidades de crecer, pero las casas de Oyamel, en ambos lados de la calle, parecían torres de vigilancia de dos pisos con un pequeño estacionamiento empastado a la entrada. Una herradura de asfalto cuya curva era un enorme estacionamiento que nos unía por los extremos a la avenida Apatlaco.

Quedé en alcanzarlos luego de acompañar a mi novia de regreso a su casa.

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Unidad Habitacional Infonavit “Infiernavit” de Iztacalco, Ciudad de México / Foto: El Universal

No de muy buen modo les permitieron entrar. No éramos bien recibidos en la mayoría de las fiestas de la zona de Infiernavit donde rolábamos habitualmente, separados de la mitad de las secciones por una avenida que partía en dos la unidad y por el lago que abarcaba la mitad del territorio de oriente a poniente. Vivíamos del lado sureste y algunos estacionamientos los usábamos como salón de bacanales por lo menos dos veces por semana.

Nuestro disfraz era el atuendo cotidiano, así que a nadie le extrañaba nuestra apariencia en una fecha así. Pantalón de mezclilla, botas de obrero o tenis Converse, playeras blancas, abrigos largos, chamarras de cuero o tipo militar a la gringa. Rapados, pinta de zombies por tantas desveladas y crudas acumuladas, carcajadas burlonas. Esa noche de su cumpleaños, Cartucho y Mogly se habían maquillado con un lápiz rojo las orillas de los párpados.

Al cabo de unas horas, los padres de los mazacotes decidieron que ya era tiempo de que se largaran los intrusos, borrachos y necios con poner rock pesado en la casetera del estéreo. Se negaban a irse sin antes terminar un Bacardí de a galón, de las conocidas en aquellos años como pata de elefante. Quedaba un cuarto de botella.

De la discusión pasaron a los empujones con los hijos y el padre. Luego a los gritos de amenazas y de ahí Cartucho destruyó el estéreo de un patadón, inició los descontones y el ruido de botellas rotas. ¡NO LE PEEEEEGUEEEEN! se oía de pronto, un grito familiar salido siempre de alguna cotorrona o novia que así defiende la integridad de su protegido, aunque sea como los otros, los indeseables.

Yo estaba a punto de llegar, me había retrasado por quedarme a fajar con mi novia en el embarcadero del lago. De regreso puse atención en los adornos de Jalowin que colgaban de ventanas y zaguanes, en algunos había fotos enormes a color de familiares muertos. Las cumbias a todo volumen sonaban por todas partes y un par de estacionamientos habían sido tomados por los vecinos para organizar fiestas.

Crucé un amplio andador cuadrado con piso de tierra arcillosa que utilizábamos para jugar hoyos y canicas. Unía ambas secciones y por las noches era refugio de mariguanos. Al subir una de las tres escaleras del andador para salir a Oyamel me alertó el resplandor inconfundible de la fatalidad: luces rojas y azules intermitentes. Iban bien con la celebración de esa noche. Dos patrullas llegaron a la fiesta primero que yo y sus torretas despedían amenazadoras sus luces giratorias. Vecinos en pijama afuera de sus casas miraban el zafarrancho, como secuelas de una película de terror.

Corrí hacia las perreras temiendo lo peor y cuando menos me di cuenta me subían por la fuerza a una de ellas donde iban el Porleas, el Bigos y Riguin, echando espumarajos por la boca del coraje, bien pedos. En la otra iba Cartucho, Mogly y Pechos Chicos, igual. Bolo, el mayor de los hermanos, se burlaba de nosotros con el hocico roto.

Nos habían sometido en bola y los anfitriones de la fiesta aprovecharon para tirarnos golpes y palazos de escoba por la espalda mientras nos subían a las patrullas. Los policías no se llevaron a nadie del bando contrario, Padres y parentela protegían a los suyos y no dudaron en soltar dinero para garantizar su inocencia. Terminamos en el Ministerio Público de la delegación Iztacalco.

De camino, apretujados, gritábamos por venganza. La conspiración contra nuestros enemigos se había puesto en marcha, nos reímos de los polis, quienes nos amenazaban con darnos una “calentada” nomás llegando a la delegación. Quítate el uniforme, culero, y nos damos, retó el Bigos al conductor de la patrulla. Así éramos: bravucones, altaneros, imprudentes contra toda posibilidad de salirnos con la nuestra. Nos pasearon en las patrullas por más de media hora para convencerse de que no traíamos para la mordida. Posteriormente nos condujeron a los separos, luego de que un médico legista nos formara en fila para hacernos soplar por un cucurucho de papel y comprobar el grado de alcohol que traíamos. Nos pidió hacer “el cuatro” a uno por uno, es decir, flexionar la pierna derecha sobre la rodilla de la izquierda para comprobar nuestro equilibrio. Reprobados.

Esperamos horas encerrados en una celda repleta de malvivientes, casi todos ebrios o drogados, hasta que el MP se dignó a atender nuestro caso. Nos llevaron en grupo a una salita apartada del mostrador de denuncias. Por alguna razón que hasta la fecha no tengo clara, el MP decidió que el causante de todo el alboroto había sido yo. Así lo indicaba el reporte de los patrulleros: “conducta y lenguaje despectivos, sobre todo a la Autoridad”. Hubo una fuerte reprimenda llena de desprecio por nuestra apariencia y estado físico antes de regresarnos a los separos y nos obligaron a quitarnos las agujetas de los zapatos para entregárselas a un custodio. Yo traía un fuerte golpe en la espalda y nunca supe quién me lo dio.

Casi al amanecer ingresó a la celda un grupo de sujetos con pinta temible. El líder, chaparro, greñudo, con cicatrices en los brazos macizos y rostro de asesino, nos tiró un largo sermón amenazante para que firmáramos una carta de aceptación para ingresar a un anexo de rehabilitación de alcohólicos. Tenía su perorata bien ensayada y de corrido para que nadie lo interrumpiera, y si alguien lo hacía, quién sabe cuáles serían las consecuencias. Resistimos a las amenazas con referencias cristianas y nos negamos a firmar. Cartucho se mantenía expectante, mirando al techo como ajeno a todo, desafiando con su actitud a los crápulas redentores. El resto de los detenidos, dos o tres pobres diablos con la autoestima por los suelos y entregados a su suerte escarmentados por la vida, firmaban su aceptación a sabiendas que no les quedaba de otra.

Se fueron los sicarios del alcoholismo y desde nuestro separo oíamos como insultaban a otros detenidos por no firmar la responsiva.

Pasamos la noche en vela haciendo el recuento de la noche, con chistoretes que poco o nada nos quitaban el miedo a las represalias ahí dentro. Nos poseía una lucidez propia del bajón sin estimulantes que aminoren el castigo de la sobriedad forzada. Soporté las bromas a mi presencia tardía en la fiesta. Casi lo salvan las nalgas de su vieja, jajajaja. Riguin, el primo de mi novia, se reía negando con la cabeza, a saber de qué. Nuestros cuatro compañeros de encierro dormían la mona acurrucados sobre sí mismos o acuclillados abrazándose las rodillas. No pedían nada ni ofrecían nada, como si nada debieran, pese a la criba. Y tenían razón.

El MP fue llamando de uno en uno a mis amigos. Era domingo por la tarde. Los dejaba ir sin pedir mordida resignado a que no traían dinero, era cambio de turno y había urgencia por no dejar números rojos al juez de ingreso.

Me curé la cruda con el hedor a pies, solvente, tufo de borracho y orines, y tomando agua de una llave en el pasillo que un policía nos llevaba en un pocillo de plástico que compartíamos todos los detenidos en los cuatro separos. Permanecí encerrado hasta que mi padre fue a la delegación al día siguiente a pagar una mordida que negoció tras convencer al juez que no le alcanzaba para mi fianza. El lunes poco antes del mediodía salí directo a la calle sin pasar por el MP. Como si no existiera. Después me enteré que el viejo me castigó con su tardanza y traía dinero suficiente.

Mi padre tomó un taxi sobre la avenida Churubusco y me dejo ahí sin dirigirme la palabra. Al regresar a pie a Infiernavit, mi hermano y los amigos se reían de mí. Volvía a la vida como Michael Myers. Tomaban caguamas en uno de los macetones del estacionamiento donde nos reuníamos habitualmente. Yo ni siquiera había participado en la trifulca, llegué cuando estaba terminando. Cuando vi lo que ocurría, apenas tuve tiempo de reaccionar. ¿Para qué?

Alguien me reconoció como parte de ese desfile de acontecimientos que cada semana hacía de nosotros seres indeseables.

Confirmé que vivía anclado a mi presente y solo me dejé llevar por sus designios.

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