Cero grados a la sombra del verano

Después de esperar cinco horas de escala con los ojos abiertos en el Aeropuerto de Guadalajara, subir a otro avión, bajar, tomar un auto, caminar con dos maletas entre las calles en rehabilitación de la colonia Narvarte y subir tres pisos, sentí que empezaba la nueva vida, una en la que pasaría mucho tiempo antes de volver a casa. Pero sólo fueron tres meses.

Todavía era invierno cuando me fui. Las sábanas que dejé en mi habitación eran polares, debajo de mi cobertor calientito. La otra ciudad, la Ciudad de México, es de climas variables: ahora me pongo un suéter, luego me lo quito. 

Faltaban pocos días para la primavera y, con un mes recién cumplido de la nueva vida, me mandaron a trabajar a casa, un séptimo piso camino a Santa Fe. Y en ese departamento se descompuso mi termostato. El contacto con el clima era ir cada quincena a hacer el mandado y nunca bajar a tomar el sol. Porque a veces así se viven estas casas sin jardín, en pisos altos, con el aire anunciando lluvia. ¿Siempre lluvia?

Extrañaba sentir. 

Después de no sé cuántas semanas de no tocar a nadie —porque en algún momento dejas de contar los días— compré un boleto de viernes para domingo y viajé hacia un lugar que tuviera calor: mi casa. O bueno, la casa de mis padres.

Calorcito número uno: un menudo llegando a mi estómago después de bajar del avión. 

Calorcito número dos: la sobrina de cuatro años abrazándome la pierna porque está un poco harta de que le nieguen los apapachos. 

Luego llegó el clima real y mi termostato interno descompuesto. 

Durango, mi estado, no es “el noreste caliente”, pero se acerca un poco.

Un día, mientras tecleaba en la computadora (la rutina) no podía soportar el sudor, el ambiente, todo. Eran casi las siete de la tarde, el aire del ventilador se sentía igual que el viento de la calle. Entonces tecleé para ver el clima: 34 grados centígrados. 

***

Mi familia tomó en serio lo de no salir, no verse, no tocarse. Saludar de codo, saludar desde el auto, no saludar de beso.

Resistí bastante al no abrazo de mis padres, porque técnicamente estaban ahí. Cada noche que veíamos la serie del basquetbolista más famoso de la historia, en cada juego de palabras, en la comida que hacía diario mamá para todos (muy temprano porque papá trabaja), en las gorditas que se desayunan los viernes, las cervezas de fin de semana y cada episodio de La Voz que veíamos durante la cena. 

Pero llegó el martes 9 de junio. Y abracé a ambos porque cumplí 25 años. 

***

El medidor de temperatura de mi cuerpo se fue arreglando. Tal vez ayudaron las mañanas o las tardes que salí a limpiar el patio para mis mascotas. O el fresco después de regar las plantas de mamá. Quizá en las pocas veces que nos atrevimos a dar una vuelta a la cuadra para disfrutar del aire nocturno, o el descanso después del trabajo en el balcón donde mamá y yo hablábamos de mucho o de poco. Quizá también fueron las lluvias que suelen llegar con la Feria, esa que este año no llegó.

En cada videollamada del trabajo un “¿cómo está el calor allá?”, seguido casi inmediatamente por un “está bueno, un día estuvimos a 34, pero bueno, no somos Chihuahua, Nuevo León o Sonora…”

Fue en una de esas juntas en las que supe que había que volver.

Una hora y media en el aeropuerto de Durango, otra hora y media de vuelo, otra hora hasta el departamento en auto. Aire y frío, en pleno verano. ¿El termostato se ha descompuesto de nuevo?

En la casa de allá dejé las pijamas de short y playeras de tirantes, para tomar el pantalón polar con la manga larga. De usar vestido en la jornada laboral a correr por la sudadera a mitad del día. 

También fue pasar del café recién hecho y desayuno con los padres a comer apresurada saludando a la chica que conozco hace poco menos de medio año. Del sazón de mamá, a ver qué tal me quedó ese pollo que decidí preparar. De cocinar la cena mientras veo un programa de talentos, a comer directo del plato al tiempo que critico las decisiones de los jueces de La Voz sola en mi habitación. 

Ahora, en pleno verano, tengo los pies y manos frías que se supone uno tiene hasta el invierno y extraño mis sábanas polares y el cobertor con el que no te dan ganas de despertar cuando estamos a -2 grados centígrados. 

Supongo que no queda de otra más que pensar en lo que no tenemos. Un día, temprano, papá me habló para decirme que envidiaba mi mañana, con 10 grados centígrados menos que los que tenía él a las 8:30. 

Me doy cuenta que gran parte del tiempo me sentiré “de fuera”, y muchas veces haré chistes sobre lo que es diferente, cómo se dice aquí y cómo allá. La comida, los patios, las casas, los juegos. 

Sé que pasará un año o dos y eventualmente haré el famoso anuncio en redes sociales: “Llegué a esta ciudad hace tanto tiempo y me declaro oficialmente chilanga”, acompañado de alguna reflexión sobre cómo aprendí a meter todo tipo de alimentos en un bolillo, a tolerar los minutos eternos en el tráfico, a pensar en el Metro, a defender la quesadilla con queso. 

También estoy segura que acá es mi lugar, con mis amigos que dicen que vivo en un “Tlaxcala del Norte”, con jefes que no saben quién es Ramón Ayala. Con personas definidas por esta ciudad o por otra, que vienen de la costa de Veracruz o de Oaxaca, con las que me siento parte de ese grupo que llegando “de fuera” tomamos nuestro sitio. 

Pero por unos días o minutos, después de volver a ver a los padres, de probar los sabores que conocíamos de niños y de sentirnos arropados, al llegar al lugar que ahora es la casa, nos toparemos de frente de nuevo con esas diferencias, con esa incomodidad. Y extrañaremos más fuerte lo que acabamos de sentir cerquita. 

Por ese breve lapso, el frío me llegará a los huesos (o me saldrá de ellos) e intentaré explicar a quien me pregunte cómo se siente regresar. Intentaré explicarles que, mientras me repongo, me preguntaré de dónde llega el calorcito en esta ciudad. La emoción por descubrirlo enciende apenas una pequeña chispa. ¿El termostato se descompuso de nuevo? 

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