peleas clandestinas revista contagio

Crónica de una madriza clandestina

Con fines periodísticos, llevaba un buen rato tratando de infiltrarme en peleas de box clandestinas pero no encontraba cómo hacerlo. Eso cambió hace unas semanas cuando el conductor de un taxi me comentó muy coloquialmente que era boxeador retirado pero que, “por gusto y necesidad”, seguía peleando. “¿Estás retirado y sigues peleando?, ¿cómo?”, le pregunté de bote pronto. El taxista me miró por el retrovisor y dijo: “digamos que ahora peleo en otros circuitos, sabes, en el under.” 

Aquellas palabras fueron la clave para soltarle un golpe verbal cargado de empatía: “Mira, ¡qué buena onda!, yo también practico box, pero a nivel amateur.” El taxista me miró de nuevo por el espejo, sonrió con complicidad púgil y platicamos sabroso sobre boxeo.

Lo escuchaba hablar y podía intuir que estaba con la persona indicada. El Virgilio que me abriría las puertas del Infierno. Y así fue. En un momento de la charla, medio entrados en confianza, le pregunté dónde peleaba; si lo hacía en un club deportivo, en un gimnasio, en un parque, y a qué se refería con “pelear por gusto y necesidad en el under”.

Lo pensó dos veces y al cabo de unos segundos respondió: “Hay unos compas de las barras del futbol que organizan peleas.” (¡Bingo!) “¿En serio?… Me gustaría ir, invítame”, le dije. Semana y media después, el taxista boxeador, a quien me referiré como el Toro, me llevó en su auto a un local ubicado en Avenida del Imán, en el sur de la Ciudad de México, mismo que sirve como arena de peleas clandestinas de box y donde se apuesta y se bebe en serio.

***

Obviamente, no cualquiera puede entrar al local. La cortina de metal estaba extendida y solo había acceso por la puerta, que permanecía cerrada. Al llegar, El toro me envió un whats y luego nos dirigimos caminando hacia la entrada. Un tipo abrió la rendija de la puerta metálica, nos observó y pasamos rápido. Saludó al Toro y me ignoró por completo. Atravesamos un cuarto vacío y la siguiente puerta nos condujo a un espacio amplio, de unos 150 metros cuadrados, en cuyo centro estaba un precario ring montado al nivel del piso.

De la puerta por donde entramos apareció un personaje ataviado con ropa deportiva y cubrebocas, a quien me referiré como el Puma. Era un tipo de unos 30 años y 1.80 metros de alto, dueño del local y principal organizador de las peleas, a las que llama “tiros.” El toro lo saludó de puño y me presentó: “Es Roberto, el compa que te platiqué, dice que quiere pelear.”

El puma me miró a los ojos en picada y me dijo: “¿por qué quieres pelear, mi Robert?” Mi respuesta fue inmediata: “tengo necesidad, la pandemia acabó con mi negocio y ahorita cualquier entrada es buena.” El Puma soltó una carcajada: “Así estamos todos, pinche virus de mierda.”

Luego de preguntarme sobre mi experiencia en el box, edad, peso y estado de salud general, el Puma fue muy claro y directo conmigo: “Por ser tu primera pelea te voy a dar mil quinientos, y ya luego veremos… Aquí seguimos las reglas del boxeo. Se usan guantes y, en tu rango de peso y categoría, que son mayores de 40 [años], pelean cinco rounds de tres minutos cada uno. Yo soy el réferi y hay tres jueces en caso de irse a decisión. Está prohibido tomar fotos o videos. De eso nos encargamos nosotros.”

Me pareció hasta cierto punto una oferta justa, dadas las circunstancias. Mil quinientos por quince minutos de madrazos no está tan mal, sobre todo en estos tiempos que golpean más duro que cualquier individuo. Además, podía apostar a mi favor con la ayuda del Toro y escribir una crónica mamalona como ésta. Cerramos el trato con un apretón de manos y el Puma nos acompañó hasta la puerta de metal. Al salir, caí en cuenta de que solo tenía cinco días para prepararme y además no sabía nada de mi contrincante.

peleas clandestinas revista contagio

Getty Images

***

La noche antes de la pelea soñé que era soldado y combatía en una guerra mundial del siglo pasado. La primera o la segunda, eso no importa. El caso es que moría en combate. Me veía muerto y ensangrentado, y luego aparecía solo en el enorme baño de vapor de un deportivo al que iba de niño, donde sudaba copiosamente. Me desperté a medianoche bañado en sudor.  

***

Vía whats, El puma me citó a las 6 pm del sábado 3 de julio en su local. El mensaje decía: “Llega 6 pm, acá te cambias, avisa por aquí y yo te abro.” Así lo hice. Llegué puntual. No sabía a lo que me enfrentaba, pero la verdad esperaba encontrarme con un lugar abarrotado como en alguna película de Jean-Claude Van Damme. Había unas cincuenta personas, en su mayoría hombres jóvenes. La escena era algo más parecido al Club de la pelea, pero con venta de alcohol y dos escritorios vagamente iluminados para gestionar las apuestas.

Solo conocía al Toro, que también iba a pelear esa noche, pero en la coestelar, como a las 10 pm. “¿Quieres una chela?”, me dijo con una bien fría en la mano cuando me acerqué a saludarlo. “Después del tiro, con mucho gusto brindamos.Oye, ¿sabes contra quién peleo?” Él sonrió: “vas contra otro debutante, viene de Ecatepec, tú tranquilo… ¿quieres apostar?”.

Le di mi capital: mil quinientos pesos. “Voy a ganar por nocaut”.

Mi pelea era la primera de la jornada y estaba programada a las 7 p. m. Media hora antes, el Puma me llevó a un cuartito del tamaño de un baño donde me cambié de ropa. El Toro me vendó las manos y colocó los guantes. Estaba nervioso y empecé a calentar en ese micro espacio; traté de mentalizarme mientras recibía algunos consejos. 

A las 6.50 p. m. entró el Puma, me señaló con el índice y dijo: “¿Listo mi Robert?… ¡vamos!” Lo seguí hasta el ring y ahí me quedé ante la mirada del respetable, mientras iba por mi contrincante, que resultó ser un flacucho todo tatuado, de unos cuarenta y pocos años, bastante más alto y de brazos más largos que yo. 

A esa hora había unas setenta personas. Algunos aplaudieron cuando el Puma me presentó como Roberto “El Metralleta” Garza. Intenté relajarme, pero traía la adrenalina a tope. Solo quería sacar el chamuco y noquear a quien me pusieran enfrente, para luego tomarme una cerveza. A mi contrincante, que se le asomaba lo vicioso por los ojos, lo presentaron como el Ruso, aunque tenía toda la pinta de chilango.

***

Había llegado la hora de los madrazos.

El Puma nos volteó a ver: “¿Listos cabrones?  ¡A pelear!” Los primeros treinta segundos del round fueron de reconocimiento. Lancé el jab en tres ocasiones, pero no encontré la distancia correcta. Los brazos del Ruso eran largos y no lo alcanzaba a conectar. Me sacaba una cabeza. Respondió y me conectó el uno-dos. Pegaba fuerte el flaco. Cerré distancia, lo golpeé duro en el cuerpo y lance un upper que le pasó zumbando la quijada. 

Nos amarramos y el Puma intervino. Así se fueron los primeros tres minutos. Un round parejo, en el que ambos nos conectamos sin hacernos daño.

Al inicio del segundo round volví a cerrar distancia y lo conecté con un gancho de izquierda al estilo Julio César Chávez. Le dolió. Con esa pinta, había que pegarle en el hígado, pensé. Sin embargo, se repuso pronto y empezó a mantenerme a distancia con el jab largo, que me conectaba una y otra vez. 

Por más que estiraba mis golpes, no logré conectarlo. El ruso aprovechó su alcance y no dejó de tirar, como si estuviera en anfetas. Entonces escuché al Toro gritarme: “¡Métete, Robert, métete!” Y entré con un volado de derecha a la cabeza y lo mandé a las cuerdas, pero el Ruso giró la cadera y se escapó.

Mi única opción era acortar la distancia, así que entré con todo al intercambio de golpes, pero en el trayecto hacia adelante El ruso me recibió con un gancho ascendente a la mandíbula que literalmente me apagó las luces ¡¡¡Pum!!! Caí de jeta a la lona, inconsciente, completamente noqueado. Unos segundos después, regresé lentamente del limbo. Lo primero que se me apareció enfrente fue la cara del Puma que me hablaba, pero no entendía lo que decía. Poco a poco fui regresando hasta que me reincorporé.

El Ruso se acercó a abrazarme y decirme que había sido una buena pelea, que lo había golpeado fuerte en el hígado. El Puma nos llevó al centro del cuadrilátero y levantó el brazo del ganador. Los que apostaron por el ganador aplaudieron su victoria. Me acababan de noquear gacho y el Toro era el único que me animaba. “Venga mi Robert, te invito una cerveza.”

No nos tomamos una sino tres cervezas cada quien. Las peleas continuaron en tándem esa noche y el Toro, que ya andaba medio pedo, también perdió, aunque no tan gacho como yo. Con varias chelas encima aguantó los cinco rounds. El Puma me pagó lo acordado y salí tablas con lo perdido en la apuesta. Afortunadamente, a los tres días de la madriza estaba repuesto, fresco como si nada hubiera pasado y con ganas de ganarme otros mil quinientos “por gusto y necesidad”, como diría el Toro.

Somos

La pandemia global de Covid-19 ha catalizado la degradación del ejercicio periodístico como una manifestación cultural de primer orden. A nuestro lado y en todas direcciones, vemos caer redacciones enteras y explotar medios en una crisis infinita. El mundo como lo conocíamos ha terminado. Sin embargo, nos quedan nuestras historias y el lenguaje que las enuncia desde una particularidad que nos empuja a irrumpir. CONTAGIO es una revista digital de historias para el fin del mundo. Crónicas, híbridos, fotorrelatos y testimonios desde el margen de la Historia. No mantenemos ninguna esperanza, pero creemos en lo nuestro, vivimos ahora y lo escribimos. Nuestra experiencia es proteica; nuestra locura, creativa; nuestro ocio, activo; y nuestra irresponsabilidad, literaria.

Lo que hacemos:

Contar historias

Contarnos cosas

Contactar vida inteligente

Contaminar la blancura mental

Contagiar ideas

Más Historias
El cielo es una cantina jarocha
Skip to content