La escuela a través de una pantalla

Todos los personajes son reales, pero cambiamos sus nombres para no meternos en problemas. Lea y disfrute.

Marion vivió el viernes 13 de marzo como cualquier otro, ignorando que sería el último para muchas cosas. Se levantó como siempre a las siete de la mañana, se vistió con el uniforme de la escuela, desayunó y llegó temprano al salón. Salió al recreo, se compró una paleta de grosella. Grabó un TikTok con sus amigas. Entregó la tarea, escribió un dictado, resolvió problemas matemáticos. Le sonrió al niño que le gusta. Manchó su falda de salsa Valentina. Guardó sus útiles. Perdió un lápiz. Se río de un chiste. Esperó a que llegaran por ella y se marchó a casa sin decirle adiós a nadie. 

Luego llegó el anuncio de la Secretaría de Educación Pública: no habría más clases. No más contacto. Marion, de once años, celebró la noticia porque podría levantarse más tarde pero la idea de las vacaciones se acabó pronto. Su maestra creó un grupo de WhatsApp y agregó a todos los padres. Empezó a pedir tareas. Más tarea. Mucha tarea. Entender sola. Aprender sola. Estudiar sola. Ya no le gustó. 

Acabó mayo y terminó la Primaria para siempre. El último día de clases, su madre le arregló la sala con globos y le hizo un pastel. Celebraron su graduación. Recibió regalos de sus abuelos que trataban de abrazarla a la distancia. No volvió a usar el uniforme. Tampoco supo más del niño que le gusta. No recuperó el sacapuntas que le prestó a Jennifer. Ni le pagará a Doña Concha los cinco pesos que le debía de unas papas. Su maestra no volverá a pedirle que se calle. Extrañará su pupitre. No le dijo adiós a nadie.

 

Mi maestra está sorda 

Rodrigo es malcriado pero honesto. Su madre no lo sabe pero está por descubrirlo. Hace dos semanas cancelaron las clases presenciales. El niño tiene cinco años y va a un Kínder particular que no piensa perder un quinto. Las misses han tenido que adaptarse velozmente. Dan la clase por Zoom. Los niños tienen que conectarse a las ocho de la mañana.

Rodrigo y su madre son la excepción. Se conectan tarde y en pijama, a veces hasta metidos en la cama. Nadie dice nada pero la cámara no miente. Luego la madre se levanta y sale del cuadro. Deja al niño solo en la computadora y éste hace de las suyas. Es inteligente, aprendió a quitar el silenciador. Cuando su miss habla a él se le ocurre ponerse a gritar. 

A veces se aburre y saca sus juguetes. Mientras los demás trabajan, él se aleja de la cámara, entra y sale de cuadro. La maestra lo llama, pero no hace caso.

Un día es el colmo. La miss le pregunta algo y él no responde. La miss vuelve a preguntar y Rodrigo le contesta: “Ya le dije que sí, ¿está sorda?”. Los demás niños y sus padres escuchan a través de sus cámaras, desde sus casas. La miss resuelve el momento y lo exhorta: “Acuérdate que respetamos a la autoridad, eso que dijiste no es correcto”. 

Por fin, la madre de Rodrigo se hace presente. Le demanda al niño una disculpa y él lo hace. Fin de la controversia, o eso parece. Al día siguiente, antes de iniciar la clase, la madre se pone a cuadro: “Miss, quería disculparme por lo que sucedió ayer, fue un malentendido, mi hijo no le decía sorda a usted, me lo decía a mí”. Rodrigo mira a su madre y con toda naturalidad la interrumpe: “No mamá, sí le decía a la maestra”. Todos escuchan. La miss no dice nada, inicia la clase. Rodrigo es malcriado, pero honesto. 

 

Hija, ayúdame con el Zoom 

Algo bueno sale de las clases en línea: el reconocimiento a los maestros. Porque son unos rifados. Porque ellos sí que saben aguantar a los hijos de otros y encima enseñarles a leer, a contar, a sumar, a restar. Yo tengo una en casa. Mi madre es maestra de Kínder, pero no por ser mi madre voy a decir lo siguiente: es una fregona.

Me encanta que el covid-19 me permita verla trabajar y observar lo buena que es. Luego que cerraron las escuelas en todo el país, la directora se movilizó en seguida. Hizo un manual preciso de cómo descargar Zoom y se lo envió a todos sus maestros. En menos de una semana estaban listos para arrancar las clases virtuales

En marzo mi madre siguió levantándose a las 6:30 de la mañana para bañarse. Se volvía a poner su pantalón de pijama pero arriba vestía su bata de maestra. Desayunaba algo y se acomodaba en la mesa para iniciar la clase. A las ocho sus pequeños estudiantes debían estar levantados y desayunados frente a la computadora. 

Trataba de observarlos a todos a través de la cámara, estaban aprendiendo a leer y a escribir. Así que a la maestra se le ocurrió enseñarles el juego de basta. También les ponía retos diarios para distraerlos del encierro. Los desafíos eran: recoger su cuarto, lavar un traste, barrer la sala, trapear la cocina, hacerle un masaje a mamá, sacudir un mueble, doblar la ropa, hacer agua de limón. Cada día al final de la clase los niños preguntaban cuál era el reto, se había vuelto su propósito de vida. 

Los padres tenían que enviar fotos, evidencias de que habían cumplido el reto pero no todos lo hacían. Las clases virtuales también resaltaron el descuido en el que muchos niños viven. Padres incumplidos, impuntuales, desinteresados, hartos. Para muchos niños el salón de clases era su único lugar seguro pero con la llegada de la contingencia, ese refugio quedó suspendido para miles. 

El día del niño fue virtual. Mi madre se vistió de payaso y jugaron toda la clase. Serpientes y escaleras, la Oca, Simón dice. 

Luego llegó el cierre del ciclo, el grupo de mamá pasó a la primaria. Tuvieron una graduación virtual donde hubo lágrimas. Muchos de ellos no volverían a verse. Se dijeron cosas bonitas y se desearon mucho éxito. Luego finalizó la sesión. 

Mi madre pensaba que el nuevo ciclo escolar sería en las escuelas, se puso triste cuando anunciaron que no habría un regreso. Ahora le toca un grupo que no conoce. Es adaptarse nuevamente. Nuestra sala otra vez es un salón de clases, mi madre pegó un letrero grande con globos y mariposas que dice “Bienvenidos”. Yo la sigo admirando. 

regreso a clases covid-19

Ya no sabe echarse por el tobogán 

Coyavidus no sé qué. Algo trató de decir Caleb, mi sobrino de dos años mientras desayunamos sobre la mesa el diez de mayo. Todavía no sabe que vive en un país llamado México, dentro de un planeta llamado Tierra, pero él está tratando de decir “coronavirus”. Apenas aprendió a avisar popo y pipí y ahora pretende pronunciar el nombre de una enfermedad que aqueja al mundo entero. Es bien sabido que los niños tienen un superpoder para escuchar todo y simular que no lo hacen. 

Caleb se deja poner el cubrebocas con tal de que lo lleven a pasear un poco. A dar la vuelta a la manzana aunque sea. Con sus deditos se acomoda el cubrebocas constantemente porque, o se le cae o le tapa los ojos. Me sorprende que se lo deje puesto. Se ve tierno pero prefiero verle la sonrisa. 

Su vida también ha sufrido cambios. En mayo enloqueció por la campana de la basura, cuando la escuchaba corría a la puerta, sabía que era su oportunidad para salir un momento. 

Hace unos días lo llevamos al parque, después de cuatro meses de no subirse a un columpio, ni de bajar por la resbaladilla nos percatamos que perdió práctica. Subía con temor las escaleras de los juegos y ya no sabía cómo echarse por el tobogán. También se cansó muy rápido. 

Lo bueno es que muy probablemente Caleb no recuerde nada de esto. Para él siempre habrá existido la Nueva Normalidad. El uso del cubrebocas siempre habrá sido parte del atuendo. Lavarse las manos cada vez que vuelve a casa, una regla tan normal como decir por favor y gracias. Quiero pensar que sufre en chiquito, no sabe de malviajes, solo quiere jugar y que le pongan Toy Story. Qué bueno que no sepa leer esta revista digital y sus Historias para el Fin del Mundo.

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