Un sacrificio para Tlaloc: una gota de sangre por una de lluvia

El ritual de petición de lluvia en Acatlán, Zitlala y La Esperanza, municipios de la montaña de Guerrero,  se realiza durante un mes completo con diferentes actividades. En todo abril se visitan cuevas, donde se realizan rituales, se ofrendan las máscaras, se pintan o renuevan las cruces y se hacen recorridos y limpieza en los cerros. Los días más importantes son del 1 al 5 de mayo cuando los habitantes se acomodan en circulo y mujeres, niños y hombres se enfrentan a puño limpio para pedir al dios Tlaloc lluvia para sus cultivos. Sus cuerpos iracundos imploran una gota de lluvia por una de sangre.

Cuenta la leyenda que en un inicio, en estas montañas guerrerenses del sur de México la comida era abundante, no había enfermedades, ni conflictos. Los dioses y hombres se respetaban y las deidades daban lo necesario a los hombres como agradecimiento por el cuidado de la tierra. Pero los hombres perdieron ese respeto, olvidaron su misión de proteger la tierra y comenzaron a pelear entre ellos. Cuando Tlaloc, dios de la lluvia y del relámpago, se dio cuenta, se decepcionó tanto que los castigó arrebatándoles las lluvias. Así, la gente del pueblo empezó a morir de hambre. Tristes y arrepentidos, pedían que el castigo se levantara, pero era inútil, el dios no los escuchaba.

Entonces decidieron enviar a dos hombres a la casa de Tlaloc en un cerro en lo más alto del pueblo. Vestidos de tigres para engañar al dominador del agua y del relámpago, se introdujeron a su cueva para robar las semillas que alimentarían a su pueblo. Tlaloc los sorprendió. Lanzó rayos y lluvia sobre ellos. Asustados, los dos hombres vestidos de tigres salieron corriendo y frustrados por su fracaso empezaron a discutir entre ellos. Tlaloc quedó fascinado por la escena de los hombres tigres peleando y derramando sangre, así que pacto con ellos un combate anual entre los habitantes del pueblo que recordara por siempre el valor de la lluvia, la valentía y el coraje de sus héroes.

Cuando comencé a dedicarme a la fotografía documental pensaba que las tradiciones de los pueblos necesitaban difusión y una especie de mesías que los salvara del olvido, pero estaba equivocada. Mis experiencias en las comunidades me han enseñado que ellos no lo necesitan. Me mostraron su fe, así que me volví creyente. A través de sus rituales me reencontré a mí misma. Una catarsis reveladora con una cámara de por medio. 

Hace tres años, los cotlatlastin, en Acatlán, me pidieron no tomarles fotos. En mi afán amateur de retratarlo todo durante estos ritos me encontré con el rechazo, la sorpresa y la frustración: ellos no quieren ser protagonistas, lo importante es el ritual y lo dejan muy claro haciéndose presentes solo un momento; entienden la brevedad de la vida. Y yo comprendí el significado e importancia de la máscara, de la cuarta, del ritual, de las cruces, del sacrificio, del respeto y de la sangre.

Tengo cerca de siete años documentando varios rituales. La primera vez que asistí a uno fue en Zitlala, invitada por un grupo de amigos entusiastas de la fotografía y de los viajes. La impresión me llenó de adrenalina, era la escena de alguna pintura surrealista. Así que a partir de ese momento comencé a investigar sobre rituales y fiestas patronales con máscaras. Al principio, me atraía solo el ambiente festivo, después me di cuenta que los significados y símbolos dentro de las ceremonias eran más profundos. La construcción de las mascaras por sí misma es increíble, al igual que presenciar cómo las personas que las usan se transforman. En ellos y ellas se crea una energía demoledora que se puede sentir. Al final, estas mascaras son ofrendadas al fuego.

Me apasiona capturar esas escenas. Me hacen reflexionar sobre la vida, la muerte, las cosmovisiones de los pueblos nahuas y su forma de vida; la fotografía es mi herramienta para mantener viva la memoria. Sin ésta no recordaríamos mucho y sería difícil rememorar pequeños detalles de lo vivido. La fotografía es igual de importante que los textos de grandes historiadores y cronistas. En mi caso, he logrado una conexión con las personas que retrato en estas comunidades a través del valor de la palabra y de la lealtad. Comprendí que la vida no tiene que ser suavizada y que es mejor enfrentarla de frente. Que los místico también significa fortaleza e identidad.

 

 

 

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