Cuántos Juanitos Alimaña conocen

Fotografías: Lionel Vega / @lionelvegaphoto

Cuando era una inocente palomita, mi papá decía que la salsa era un ritmo chafa. Música de sonidero y para gente vaga, viciosa, entre otros prejuicios implícitos en su discurso. Curiosamente no somos una familia acomodada, así que ahora comprendo: trataba de evitar que me comportara como las ñeras y los ñeros del arrabal donde crecí, la colonia Zapata, Atizapán, Estado de México.

Si no prendía la tele, mi abuelita Margot, con quien pasaba las tardes viendo telenovelas, sintonizaba en la radio La Sabrosita 100.9 FM. Dicha estación de música tropical me dotó de un amplio repertorio de canciones para llegar con todo a las fiestas. Porque allá donde crecí alejada de la urbe era cotidiano cerrar las calles para celebrar bodorrios, bautizos, XV años o primeras comuniones con un sonidero que ponía a gozar la fiesta.

Tuve la suerte de contar con mi tío Juan, quien era un experto en baile callejero. También a escondidas y en compañía de mis primos: el Pelón, Michael, Paola e Irving me llevaba a ver bailar salsa, cumbia y guaracha a media cuadra. Ahí aprendí que moverse entre luces, humo y el ruido de la calle es otro rollo. Entendí lo emocionante que resulta ser tomado en cuenta durante los saludos que manda el sonidero, cuando interrumpe la rola y se la dedican a Janet Guadalupe Contreras Rosas alias la “Mimosa”.

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Con el tiempo, mi familia y yo dejamos de vivir en un lugar marginado y llegamos a una colonia “menos peor” de Tlalnepantla: Los Reyes Ixtacala. En ese lugar solíamos ser aspiracionales; ya saben, actuábamos como si a nuestro alrededor no hubiera pobreza. Las fiestas sonideras desaparecieron y había decidido olvidarlo; aunque ahora añoro mis días en Atizapán. También recuerdo que lloré un montón cuando no me dejaron ir con mi tío a Tepito. Era la fiesta de los mercados y quería ir con él y mis primos a cotorrear.

Años después me tragué el cuento de mi papá: elegí ser clasista y pensar que la salsa era para gente ñera. Cuando pasé por el pedo juvenil en el que la música que escuchas define quién eres, me esforzaba porque lo hicieran Strokes, Arctic Monkeys y Coldplay. Hasta decidí hacer a un lado las rolas que me hacían mover los pies y sólo bailarlas en las fiestas.

Las cosas comenzaron a cambiar cuando el bato que me gustaba en plan de mamador me dijo que era bien salserote y que oía salsa brava, no las canciones románticas como “La cita” de Galy Galiano: “Pasa y siéntate, tranquilizate, al fin ya estás aquí, que más te da”.

Al pasar tiempo con él, me di cuenta de que tenía cosas en común con mi mamá. Por ejemplo: ambos crecieron en el Rosario, una colonia al norte de la Ciudad de México. Y por las pláticas que nos aventamos, descubrí que el lugar y la forma de fiestear de mi jefa y mis tíos ya había sido contada en crónicas de baile, y que mi familia estaba permeada por ello. 

Por eso me animé a darme un chapuzón en este mundo llamado salsa. Me entró la curiosidad de que la gente de mi calaña los que romantizamos el barrio nos agarremos de las cosas que le gustan a los marginados para hablar de nosotros, aun cuando a mí se me había  dicho que tal cosa no debía gustarme.

El ritmo de los latinos

La salsa tiene sus propias complicaciones, orígenes y evoluciones. Tiene sus lados sociopolítico, económico, erótico, divertido y que protesta para diferenciarse frente a lo que no somos. Algunos autores señalan que su origen es mítico y que distintas comunidades latinas buscan apañar su surgimiento. Entre los primeros en levantar la mano están los cubanos, los boricuas y los colombianos.

Más allá de su origen, lo que me atrae es su evolución y la forma en que grupos de latinos se identifican con esta música. Pienso en la relación que hay entre los barrios y la bravura de la gente que los habita; como Juanito Alimaña, un personaje que le dio vida Héctor Lavoe, en 1983, quien a todo mundo robó la plata y aunque todos vieron nadie lo delata.

También me gusta la riqueza que tiene el ritmo y la manera compleja en que se ha nutrido de otros. En términos generales, la salsa se ha consolidado gracias a cinco ritmos: la rumba, la campesina, la danzaria, el jazz y el son.

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En cuanto a sus inicios, revisando El libro de la salsa. Crónica de la música del Caribe urbano, de César Miguel Rondón, en las primeras páginas se da a la tarea de mostrar el polifacético origen, tomando en cuenta una urbe que no he mencionado hasta ahora: Nueva York. Según el autor, aquella mezcla de sonidos, sabor y energía que electrizó el cuerpo de miles, nació en la década de los cincuenta, en los pequeños salones donde se reunían latinos que emigraron a Estados Unidos.

Para Miguel Rondón, este ritmo siempre fue portavoz del sentir del barrio, de los amores contrariados, de la vida precaria, de los malandros y, por supuesto, de los desarraigados. Igualmente fue una forma de llevar el Caribe al gran escenario neoyorquino; un son para evadirse, para unirse con los compatriotas, lejos de la tierra natal.

Y es que tan sólo durante la segunda mitad del siglo XX, miles de migrantes latinos llegaban a los Estados Unidos deseando una vida nueva. Es por lo que, entre 1950 y 1955, una cuarta parte de la población puertorriqueña, y casi la mitad de su fuerza de trabajo, había emigrado. Todos traían consigo tradiciones, miedos y fracasos. Sin embargo, por aquellos años era un caldo de cultivo para las diferencias culturales. Incluso la Revolución Cubana tuvo repercusiones en el asunto: aumentó el flujo de migrantes y el bloqueo económico, político y social que cerró la frontera cubana, terminó depositando en la Gran Manzana muchas de sus añoranzas.

La producción de boleros y sones cubanos quedó sometida a la experimentación de jóvenes neoyorkinos deseosos de contar su propia historia en medio de la gran oferta cultural y contracultural de una urbe como Nueva York. Los salones de baile y las casas disqueras abrieron sus puertas a músicos latinos para convertir a la ciudad en una meca contemporánea de toda la música que pudiera adquirir la etiqueta de latina.

La necesidad de presencia cultural y económica de los latinos emigrados, halló en la salsa la fortuna para trascender.

Con el tiempo, la salsa fue transformándose debido a la crisis y los cambios sociales. En un inicio funcionó como ritmo cargado de jazz. Más adelante se consolidó como ritmo de calle. Posteriormente, esta noble expresión cultural pasó a ser un mero producto comercial y se eliminaron las diferencias, por lo que para muchas personas no es más que un género musical romántico.

En este último caso quizá la música se pudo abaratar, pero también continúa dando voz y ritmo a experiencias con las que los humanos sentimos, vivimos y buscamos expresarnos. Si bien no todos los latinos nos identificamos con la salsa, desde sus orígenes expresó  la situación de ciertos sectores populares entre los que se encuentran los barrios de América Latina.

El latin jazz y los melómanos empedernidos

Como en todo género musical, entre los escuchas y bailarines hay diversidad. Podemos encontrar a los que son del barril y de clase baja, con su estilo cadencioso y medio tambaleado (parecido al de Tin Tan en El rey del barrio). No obstante, también están los que toman clases en alguna academia y cuya motivación para bailar es brillar en los congresos de salsa. Otra forma de segmentar a los salseros es separando a los mamadores: personas que parecen no conformarse con la simplicidad en la apreciación de algo, pues siempre pueden especificar alguna característica mamastrosa del ritmo.

Algunos de mis conocidos entre los que considero melómanos y mamadores justifican su gusto por la salsa debido a su cercanía con el latín jazz.  Y ya que estamos en esto, debemos decir que durante el siglo XX la música que se podía bailar y los lugares donde se hacía pertenecían a la gente blanca y adinerada, a quienes dadas sus costumbres racistas no les molestaba que los músicos de la comunidad negra interpretaran ritmos similares al jazz.

Como parte de su privilegio gozaban de acceso a espectáculos nocturnos y espacios en universidades. Mientras que los boricuas, costarricenses, cubanos, mexicanos y los miles de personas que llegaron como refugiados a Estados Unidos, luchaban por hallar trabajo y transformar sus vidas.

La salsa revolucionó su sonoridad a través de la práctica de faltarle al respeto a la integridad de otros géneros musicales. Al no respetar los bordes definidos por el jazz y mediante herramientas de la sonoridad afrocaribeña, los primeros exponentes fueron delineando las fronteras del nuevo estilo. Al final, es difícil determinar si se estaba tocando una guaracha, un son, una rumba o un guaguancó; tan difícil como identificar cada ingrediente en el sabor de una salsa para comerse unos tacos.

Por eso existe una línea delgada que separa a los admiradores pretenciosos de los que en muchos otros casos la consideran una propuesta más de la música popular. Porque no es el folclore latinoamericano limitado por los parámetros occidentales, sino el sonido de la calle y del pueblo; tiene el vigor y la fuerza de artistas como Rubén Blades, Celia Cruz, Roberto Roena, el mencionado Lavoe, Willie Colón, La Lupe, El Gran Combo y docenas de artistas y personajes que dedicaron su vida a la construcción del género musical, a tal grado que hasta algunos reguetoneros se dicen herederos del soneo salsero en sus canciones, como Tego Calderón.

La Fania Records fue la disquera más famosa del mundo salsero y apareció a principios de los años sesenta. Pero su discurso de “hablar de nuestra cosa latina”, como en su documental de 1972, no escatimó en explotar a sus artistas y dar vida a una identidad que sigue jugando con nosotros. A mí me gusta el sello y los videos que hay en YouTube de su concierto en África, pero en ciertos aspectos conserva su lado yanqui, conquistador y dominante.

La Fania Records manejaba un doble discurso. Por un lado, muy bonita la música de nicho, brava y dura que producen los latinos; la voz de afrodescendientes que se hicieron libres en Estados Unidos; la mirada herida de los marginados de los barrios al compararse con las elites urbanas. Pero no podemos ignorar que detrás de todo eso hay siglos de dominio y colonialismo, comunidades afrodescendientes que tienen procesos históricos interesantísimos, y que existieron movimientos sociales que no requirieron del reconocimiento norteaméricano ni occidental.

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El Barrio Bravo

Según Google Trends, la búsqueda del tema “Tú eres mi sueño salsa sólo se dio en la Ciudad de México, Estado de México y Perú. Me parecía una canción popular, pero resulta que sólo se escucha en esos tres sitios. Eso significa una cosa: la salsa se sigue produciendo, sí, aunque quizá muchos ya no la valoramos.

Sin embargo, y aunque no estoy en condiciones de decirles que se vuelvan soneras y soneros, antes de la pandemia fui a buscar al Lavoe de Tepito. En compañía de algunas amigas y amigos, acompañamos a un conocido que buscaba hacer un reportaje acerca del mercado y los cantantes que ambientan las chelerías. Me sorprendió darme cuenta de que Tepito es un barrio salsero, a pesar de que sólo lo veía como un lugar éxotico y de diversión.

Con el calor del tianguis me cayó bien chida mi michelada. Me puse a bailar al ritmo de un timbal que amenizó la fiesta callejera. Pero también topé a señores bien puercotes viendo las chichis de las asistentes, policías corruptos y venta de drogas, entre otras cosas de las que nos hicimos de la vista gorda porque no somos del Barrio Bravo.

Al poco tiempo me invitaron a una fiesta que se llevó a cabo en una vecindad frente al Mercado de la Lagunilla. Me convencieron diciéndome que estaría lleno de bailarinas y bailarines, entre los cuales destacaba el “Tirantes”, un tepiteño que es famoso por haber inspirado al comediante Héctor Suarez, para la construcción de su personaje en la película Lagunilla mi barrio, de 1981.

La vecindad estaba reluciente y la gente despampanante. Era el cumpleaños de un bailarín que vive allí. Inmediatamente la gente topó que mis amigas y amigos y yo no éramos locales; lo terminé de entender cuando vi la forma en que bailaban. Aquello no era como bailar con tu tío por compromiso nomás para que te deje de estar jorobando. Ahí gozaban y se comunicaban de manera natural a través de un ritmo que yo apenas entendía.

Fue una gran sorpresa porque Tepito es un barrio que paradójicamente se ubica en el centro de la Ciudad de México, y socioeconómicamente se desarrolla en el margen. Es un barrio que ha resistido y evolucionado con los violentos cambios urbanos, y que a lo largo de su historia ha albergado a indígenas precolombinos, a mestizos repudiados por los españoles, a negros y a gente pobre.

La neta es que los barrios del mundo son espacios de reconocimiento y construcción de identidades sociales. En el caso de Tepito, el fenómeno de la salsa no es una moda pasajera que se justifica con la venta de sudaderas de Fania Records. Su identidad está sujeta a la industria cultural y responde a un proceso de identificación que se manifiesta en la apropiación de la música.

Por lo mismo, diferentes proyectos gubernamentales han deseado transformar el estilo de vida de Tepito para hacerlo más “civilizado”, invisibilizando así los problemas que padece el barrio, con la idea de que se vea “bonito” y “transitable”. Claro que eso no significa que esté chingón crecer ahí sólo porque sí. La tesis de la académica Noelia Ávila Delgado ofrece un poco de luz sobre este aspecto:

El barrio se asocia a un medio popular cálido, solidario e integrador. Ahí el pobre, a pesar de la miseria y la indigencia puede encontrar apoyo y protección […], una especie de microcosmos que se presenta relativamente homogénea. Ahí se entretejen lazos de identidad social, pero, también una instancia de control social de exclusión y rechazo.

Como vivimos con una percepción sobre los lugares, existe una oposición irreconciliable entre barrio y colonia; hasta la fecha seguimos diferenciando uno de otro. Lo mismo ocurre entre ciudades con autos y pueblos bicicleteros. Y ahí están los proyectos de urbanización que, en lugar de tomar en cuenta las problemáticas de la pluralidad de comunidades en los centros urbanos, elige desplazarlos del centro para apostar por la gentrificación, dejando que su identidad brava continúe desarrollándose en las nuevas periferias: Coacalco, Ecatepec, Tultitlán y Chimalhuacán, entre otras zonas, sin responsabilizarse de las consecuencias.

Entonces yo les preguntaría: ¿cuántos Juanitos Alimaña conocen?

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