City Lights Books

San Francisco: La ciudad entre las nubes

El Jefferson de American Airplanes aterrizó en Frisco. Al final del camino dorado me esperaba la capital psicodélica de la música, las substancias y los libros. Verano de 1998 en el reino soleado, diverso y tolerante de los Estados Alterados de Norteamérica, el lugar indicado para encontrar un Augustus Owsley Stanley III.

Disfrutaba cada paso al caminar por el aeropuerto cuando noté que había olvidado los boletos y las formas de migración en el asiento del avión. Me di vuelta y caminé de regreso, ya todos los pasajeros habían salido. Entré de nuevo al gusano que conecta con el avión y al empujar la última puerta: tuit tuit tuit, se activó una alarma aguda y roja, tuit tuit tuit… En ese instante los paneles de las paredes giraron y cuatro hombres armados saltaron gritando qué hacía ahí. Les dije que había dejado los documentos en el revistero del asiento. Desactivaron la alarma con una clave. Me pidieron el nombre, el pasaporte y el número de asiento. Dos de ellos fueron a verificar mientras que los otros me vigilaban sin dejar de hacer preguntas sobre los motivos de mi viaje. Regresaron en seguida con mis papeles. Me devolvieron todo y me llevaron de regreso a la salida con un don´t ever, ever, do that again.

Pasé migración y recogí la maleta todavía pálido por la bienvenida. Al salir para encontrar a mi hermano encendí un cigarro. Me pareció escuchar una voz insistente que fue acercándose, repitiendo algo en inglés. Hasta que escuché otro grito al lado: SIR, you can’t smoke here! Era otro pinche policía gordo y rubio, señalando unas rayas rojas en la banqueta a unos cinco metros. Casi me apago el cigarro en la mano, pero un bote de basura me salvó y ante la mirada impaciente del policía, lo apagué y lo tiré. Al parecer la capital de los freaks no iba a ser tan alivianada como la imaginé, sino paranoica y persecutoria, un estarse cuidando todo el tiempo para evitar reacciones desmedidas de policías pendejos.

Llegué a Silicon Valley porque mi hermano y su esposa viven ahí temporalmente y me invitaron a pasar unos días. Él es ingeniero electrónico, trabaja en Hewlett-Packard y vive en un conjunto de departamentos para los ingenieros y ejecutivos de las empresas establecidas en Santa Clara y San José. Oficinas de cristal que reflejan el sol de California sobre amplias avenidas con palmeras traídas desde Hawái. La tierra donde Bill Hewlett y Dave Packard empezaron en su garaje de Palo Alto. Después de ellos, cuenta la historia, vinieron otros emprendedores y desarrollaron esta cuna de la tecnología. Y en medio de todo, entre los freeways y los centros comerciales de Cupertino, el cubo gigantesco de Apple como un tótem, cubierto con el rostro de Albert Einstein y el eslogan Think different. Es la frase que sintetiza la filosofía de este corredor informático.

Al segundo día, mi hermano me dijo que lo llevara a HP y que me quedara con el coche. Vi la oportunidad de poner en marcha la operación Augustus Owsley Stanley III (AOS III). Acordamos que pasaría por él a las cinco de la tarde para comer, pero se me hizo un poco tarde y llegué a eso de las once de la noche. Como no uso teléfono celular, no tuvimos forma de comunicarnos. El tiempo se me fue volando. Mi hermano regresó en taxi a su departamento y cenó con mi cuñada. Cuando llegué, lo primero que hizo fue regalarme un reloj Iron Man negro como la canción de Black Sabbath y prestarme un teléfono. Esa fue la primera vez que me amarré el tiempo a la muñeca izquierda y que salí a la calle con un celular Samsung.

Y es que apenas estuve al volante del Honda no smoking car, tomé el freeway a San Francisco y me fui directo al Golden Gate en busca de La Visión. El puente impresiona. Crucé hacia el parque en dirección a Sausalito y al subir por un camino de la montaña llegué a uno de los miradores a donde van los turistas y los ciclistas. Ahí estaba, la ciudad que siempre había visto en fotografías, películas, programas de televisión, postales, cuadros, reportajes, portadas de discos, novelas y relatos. Desde ahí se ve el puente sobre el mar que se pierde en la bruma y atrás del banco de niebla, iluminada por el sol como una ciudad entre las nubes, San Francisco.

San Francisco
Foto: Reuters.

Foto: Reuters

Al día siguiente caminaba por la calle Haight, a la que regresé varias veces para husmear y conectar el AOS III en librerías, tiendas hippies, locales de discos usados, cafés musicales, salas de cine y pizzerías. Al final de esa calle, en el número 1855, estaba la tienda Amoeba, el templo de los cazadiscos donde te puedes armar varios ejemplares con el sello For promotional use only. Sale is prohibited. Discos de surf, punk y reggae a 1.95 dólares: Dick Dale, Aqua Velvets, The Turbo A.C.’s, Circle Jerks, Aunt Bettys, Sausage, Common Sense. Afuera de la disquería, sentados en la banqueta, una treintena de indihippies pedían monedas. Me acerqué a dos rubias, una tenía la cabellera morada y la otra la llevaba verde, ambas vestían ropa del desecho militar y, but of course, Dr. Martens. Luego de darles algunas monedas les pregunté si sabían dónde conseguir un AOS III. Se miraron con sus sonrisas medio podridas y me dieron una dirección: Ashbury 710. Y una recomendación: pregunta por Tom. Resultó ser la casa de Grateful Dead y el tipo era el guía. La ex comuna musical convertida en un pequeño museo y tienda de parafernalia. Pero el Mayor Tom no estaba. En su lugar hablé con una rubia new age llamada Marge. Recorrimos la casa con un grupo de turistas y luego fui al grano con el Owsley. Yeah, en la tienda podía comprar planillas de blotter art, los coleccionistas se las llevaban por cincuenta dólares; sin magia, por supuesto, la policía los supervisaba constantemente. Sólo conseguí la manta de Deadhead que diseñaron Bob Thomas y Owsley Stanley III. Y el libro Living with the Dead, de Rock Scully, el manager de GD durante veinte años. Si buscaba unos hits la rubia me sugirió que fuera a The Great Expectations Books, el dueño era un viejo hippie llamado Big Billy. “Dile que vas de parte de Marge y Tom, a ver si él puede ayudarte.”

En cuanto pude enfilé hacia la librería de Billy Grande. En el sonido ambiental sonaba Surrealistic Pillow de Jefferson Airplane, gran disco, pero bien podríamos estar escuchando algo de la nueva psicodelia que se cocina por acá, como The Brian Jonestown Massacre. Así la onda, el dueño no podía ser otro que el enorme albino de edad incalculable acomodando libros al fondo. Era flaco y estaba curtido por años bajo el sol, tenía una cabellera blanca, larga y lacia, en una cola de caballo a media espalda. Usaba una camisa de gamuza y un montón de collares nativos. Tuve la impresión de estar hablando con algún reptil pariente de los hermanos Winter. Me acerqué para preguntarle por Fuck the system de Abbie Hoffman. Yeah, sure, buddy. Además tenía Steal this book y otros títulos del yippie, muerto hace casi diez años por mano propia, quizá su última forma de joder al sistema. Adquirí los dos libros y al pagar sentí la confianza suficiente para soltarle la neta a Big Billy: by the way, Marge and Tom from the Grateful Dead´s House said that you can help me to find some AOS III. Big Billy se sacó de onda. Miró hacia la calle en varias direcciones para cerciorarse de que nadie vigilaba. Negó con la cabeza. Entonces sugirió que me diera una vuelta por el Straight Theater, pasaban Fear and Loathing in Las Vegas de Terry Gilliam, basada en la novela de Hunter Thompson. Era probable que en la entrada o durante la función alguien me ofreciera algo. También me sugirió que probara suerte en el Barrio Chino, donde corrían todas las substancias asequibles en San Francisco. Pues me despedí del Gran Billy para llegar a la última función de cine. Compré el boleto, esperé un rato por ahí y luego entré a la sala roja. A pesar de que estaba lleno de freaks y macizos, nadie se acercó a ofrecerme substancias, pero tampoco hicieron tanta falta. El libro de Fear and Loathing es alucinante. Y la película está voladísima, me pareció tan bien realizada que en algunos momentos te distorsiona la percepción. De paso probé los cigarros de clavo, los de lechuga y unos cosmic brownies para sopear con el café por la mañana. Pero el Augustus Owsley Stanley Tercero no aparecía.

Un día manejé sobre el mar en el Oakland Bay Bridge, mucho más largo e impresionante que el Golden Gate, pero menos mágico. La ciudad de Oakland es fea como puerto, centro industrial y base militar. Es gris y contrasta con el colorido de Berkeley, el escenario de tantos sucesos durante los sesenta. Al igual que toda zona estudiantil que se respete, más con el aura contracultural que la cubre, Berkeley es un lugar apropiado para pasear en bicicleta, escuchar rock y beber cerveza. Y como suele decirse en estos casos, a donde fueres haz lo que vieres. Renté una bici de montaña Marin —fabricada muy cerca de aquí— y pasé el día dando el rol. El rock sale por cada puerta, cada ventana y cada rendija. En una pequeña tienda de discos descubrí que aquí es el hogar de los Hellbillys, un grupo de psychobilly a quienes vimos una vez en México, así que me armé con su discografía. Por supuesto, no perdí la oportunidad de preguntar a los bikers dueños de la tienda si por casualidad sabían de un AOS III. “No, bro, pero date una vuelta por el campus.” Y allá cerré la tarde, con una tocada en un auditorio de la universidad: The Fabulous Hedgehogs, Tang! y Steady Ups. Por supuesto, no todo es de colores en SF. En esta ciudad victoriana no hay aspecto de la vida que no esté debidamente sistematizado y reglamentado, ni ser o cosa a los que no se les hayan otorgado sus derechos. Las prohibiciones se han acentuado de tal manera que cualquier equivocación es motivo suficiente para causar reacciones alarmantes. Hay demasiada gente vigilándome mutuamente y dispuesta a echar de tiros cuando siente que se violan sus derechos. Por eso, hasta el perro del vecino puede comprar un arma o poner una demanda. El tráfico y el estacionamiento también son una pesadilla.

Tenía una cita en Aztlán Records para entrevistar a Vicky Cabildo. Sus indicaciones para llegar a la disquera no podían ser más claras: “Estamos a un costado de la César Chávez Street, junto al car wash. Abajo hay un Balazito Taco, entras y dices que vienes a Aztlán”. El olor de los burritos con chilli era inconfundible en aquel sector de tráfico pesado y descarga, un territorio apropiado para albergar a la única compañía en los Estados Unidos dedicada a la música subterránea en español: ska, reggae, jazz, punk y heavy. Fue creada en 1994 por la periodista Elena Rodrigo y el activista John Melrod: Aztlán Records, puro eskañol, latin ska underground. La entrevista fluyó y Vicky tuvo a bien despacharme una buena discografía. Un fin de semana nos lanzamos a Monterey por carretera. Fue chingón pasar por todos esos lugares que describen Kerouac, Cassady, Kesey, Thompson y Wolfe en sus libros: San Jose, Los Gatos, Palo Alto, La Honda, Santa Cruz, hasta Monterey Bay. La carretera iba llena de motociclistas, al llegar a la ciudad nos enteramos, por un enorme letrero, que se realizaba la convención anual de la American Motorcyclist Association a la que acudían hordas.

Fuimos al Monterey Bay Aquarium, un lugar increíble donde pasamos el día. La bóveda de las medusas con música para meditar y la enorme pecera cilíndrica en la que un cardumen de sardinas plateadas nada en círculo a gran velocidad, son sitios y seres que hipnotizan. Hay asientos para quedarse sumido en una especie de terapia submarina. Al salir nos encontramos con que los establecimientos estaban atestados de motociclistas y sus motos en ambos lados de las calles. Todo tipo de personajes en grupos, solitarios, en familias, algunos hasta con la mascota, todos montados en motos americanas, japonesas y europeas. Demasiado ruido. En vano tratamos de conseguir un cuarto de hotel, así que comimos en un restaurante de pescado frente al mar y manejamos de regreso mirando los viñedos al atardecer, contra flujo de un desfile motorizado. Iba a ser una noche agitada con música de motores.

(1998)

II. City Lights Books

Un día estaba listo para ir al encuentro de la librería y editorial creada por el poeta Lawrence Ferlinghetti, ubicada entre Nort Beach y China Town. Llegué al Barrio Chino por la puerta verde de los dragones de oro: un gran mercado que se enrolla en las calles empinadas que suben y bajan. Un viaje de letras en la librería me vendría bien, pero al caminar a la esquina de Columbus y Broadway la voz de Big Billy resonó en mi cabeza y me perdí en el trayecto.

En ese universo de ideogramas el movimiento chino y su velocidad me atraparon, la actividad comercial es abrumadora: ropa, comida, electrónicos, juguetes, relojes, zapatos, tintas, pinceles, tatuajes, sex shops, porno, chácharas y esos grandes salones de ping pong, que te atraen desde la calle con su ritmo de pelotas rebotando entre las mesas y las raquetas: taca-taca, taca-taca. Los chinos son rápidos para todo: hablan rápido, comen rápido, juegan rápido y conectan rapidísimo. Me asomé a un salón y de volón ping pong un chino me abordó: dope, dope, want some dope? Asentí: el es di. Come inside, come inside. Taca-taca, taca-taca, el salón estaba lleno, el eco masivo de unas cincuenta pelotas en juego te puede aturdir. Pasamos por una cortina roja que servía como puerta lateral. Imaginé una pipa llena de opio para no pensar que iba a sacar una navaja o una pistola, en vez de eso sacó un post it y una pluma para que anotara lo que buscaba. Anoté: lsd purple haze. Lo leyó: ah, that’s forty dollar, forty, señaló con los dedos y extendió la mano. Sin pensarlo demasiado saqué dos billetes de a veinte y se los di. A cambio me entregó una tarjeta amarilla y roja: PYOO KING CHINESE FOOD. Go eat there, dijo. Ante mi confusión, insistió sonriente: “Go!

Caminé hasta la dirección que indicaba la tarjeta, en la calle Stone, con la sensación de haber sido robado. También pensé que podría ser una trampa. O que la policía estaría esperando. El restaurante era muy pequeño y percibí lo que dicen sobre los chinos, que sospechan al mirar. Después de un arroz frito delicioso y un té verde, la hija del cocinero me trajo la cuenta con una galleta de la suerte. Crack… y del interior cayó un papel morado: This is a lucky strange day for you.

Eran unos magazos. Me pareció una estupenda idea y mordí la mitad del papel antes de enfilar hacia la librería de los beats, más sonriente que el Gato de Cheshire, con un café en la mano. Por fin, el objetivo del plan AOS III se cumplía en el lugar y la hora adecuados. La galleta de la suerte decía la verdad, no tuve el big bang sicodélico que podría esperarse, pero empecé a entender lo que decían los chinos y casi me pongo a conversar. No tenía tiempo que perder, iba corriendo como el Conejo Blanco. Después vi con toda normalidad que la calle se transformaba en algo semejante a los dibujos animados, el barrio era una tira cómica. Y dos cuadras arriba, en una especie de cuchilla, apareció el letrero amarillo de City Lights Booksellers & Publishers. Era como tener la cima a la vista, finalmente estaba frente a ella y me disponía a internarme en sus entrañas de papel. Atravesar la calle del cómic fue pasar de una viñeta a otra.

City Lights Books

Foto: Reuters

Crucé la entrada y me sentí como la Pantera Rosa en el capítulo “Psychedelic Pink”, cuando entra a una librería hipnotizada por el ojo en la puerta. City Lights es así, un laberinto de libros, pasillos y escaleras sin fin. Subes, bajas, das vueltas, hay pequeñas estancias llenas de libros y lectores dispersos por todas partes: en sillas, bancas y sillones, de pie, recargados en las paredes, sentados en el piso, en los escalones. Una librería fantástica, donde conseguí The First Third de Neal Cassady y The Holy Goof de William Plummer. También ahí conseguí la novela Pocho de José Antonio Villarreal y The Portable de Henry Rollins. Fui al guardarropa para meter los libros en mi back-pack y entonces sucedió, en una mesa de novedades vi un libro azul que llamó mi atención por el título y el autor: La vida de los delfines por Rogelio Garza.

¡Ah, chingá!, pensé en chino. Cogí el libro y leí en la cuarta de forros: Sólo una pluma como la de Garza puede confeccionar esta biografía cetácea. Su técnica es singular y reinventa el género de la investigación submarina con nuevos matices. El autor convivió más de diez años con los delfines del Pacífico, poco antes de su inexplicable desaparición…

Y más: una nota biográfica en la primera página mencionaba cosas sobre mí. Egotrip. Sentí un sacón de frecuencia porque, efectivie wonder, el autor del libro supuestamente era yo. 

Olvidé dónde me encontraba, dudé hasta de quién era y miré alrededor para ubicarme. Me estaba llevando la suerte lisérgica, todo giró a una velocidad imprecisa, imposible decir si era rápida o lenta, y me sentí mareado. Hubo un instante en el que todos flotamos. Y se detuvo. En seguida supe que había sido una vuelta de página del cómic.

En la siguiente viñeta se aproximó una rubia con lentes salida de algún cuadro de Lichtenstein, usaba un gafete que decía LINDA/City Lights Books, y empezamos a hablar en globos de historieta.

LINDA: Disculpe, ¿se siente bien?

YO: Sí, gracias. Me llevaré este libro, por favor.

La seguí hasta la caja y le pedí los datos de la editorial. En el libro no se mencionaban y tenía que contactar al autor que firmaba con ese nombre. Linda lo revisó y me informó que el autor era famoso porque vivía perdido en una isla del Pacífico Sur. Y misteriosamente la editorial no aparecía en su nuevo sistema. Insistí hasta que lo aceptó:

YO: ¿Quién sabrá decirme?

LINDA: Quizá el señor Ferlinghetti tenga los datos.

YO: ¿Puedo verlo?

LINDA: Claro, su oficina está al fondo. Baja la escalera, entra por la derecha y luego hay otra escalera, arriba, al final del pasillo, está su secretaria. En la siguiente viñeta mis pasos rechinaban al caminar, screech-screech, toda la librería es de madera: el piso, las paredes, las escaleras, los libreros, los muebles. Entré por la puerta de la derecha y empecé a subir por una escalera de caracol a media luz. Olía a café, madera y libros, ¿cómo no sentirse seducido por esos aromas? Logré llegar a otra viñeta, un pasillo que tenía las paredes decoradas con retratos de Blake, Poe, Carroll, Baudelaire, Rimbaud, Whitman, Hesse, Hemingway, Cocteau, Kerouac, Burroughs y Bukowski. Iba por el camino adecuado. Miré el reloj que me regaló mi hermano, algo me indicaba que esto iba para largo, pero los números de la pantalla parpadeaban sin hora.

En la viñeta que estaba al fondo del pasillo había una estancia con dos sillones de los años cincuenta, una mesa con revistas literarias y un escritorio en medio de dos puertas. La secretaria estaba al teléfono, era otra mujer pop de mediana edad, atendía una llamada en un teléfono de disco y tecleaba algo en su máquina de escribir. Colgó sin dejar de sonreír. Me presenté y le pedí hablar con Ferlinghetti.

SECRETARIA: ¿Tiene cita con él?

Negué con la cabeza y le dije que sólo deseaba preguntarle los datos editoriales del libro que tenían a la venta.

SECRETARIA: ¿Pasa algo con el libro?

Lo revisó, me miró con desconfianza y me lo devolvió. Se puso de pie y me ofreció asiento antes de irse por la puerta de la derecha. Volví a mirar el reloj, los números brincaban sin marcar ninguna hora, supuse un colapso en el eje central del tiempo. Me senté y empecé a hojear las primeras páginas del libro sin acercarme al final, me inquietaba la “inexplicable desaparición”. Alguien había escrito un libro con mi nombre y yo no estaba enterado, tenía que encontrar a quien fuera el autor para esclarecer el asunto. La secre pop reapareció y me indicó que podía pasar por la puerta de la izquierda.

Al cruzar de viñeta caminé por otro pasillo y subí por otra escalera en espiral hasta la oficina de Ferlinghetti: una galaxia de libros cuyo centro era él sentado en su pequeño escritorio a la luz de una lámpara verde. La biblioteca estaba suspendida en el aire, un suspiro y se vendría encima una avalancha de letras. Tras el humo de su pipa, los ojos azules filtrados por los espejuelos y la cabeza blanca, un Ferlinghetti bien trazado y vestido con una chamarra de piel café me saludó con voz amable y me ofreció una silla. Dijo estar esperándome. Le expliqué la situación del libro de los delfines con mi nombre y sin señal editorial. Accedió a darme los datos con una condición, antes íbamos a presentar el libro. ¿Cómo, por qué? En ese instante escuchamos el zumbido de una mosca, tsss -tsss. Los dos la miramos descender, tsss – tsss, y pararse en medio de un libro enorme abierto sobre el escritorio. El poeta me preguntó si alguien me había obligado a entrar a la librería. Le dije que no.

FERLINGHETTI: Nadie te obliga a permanecer, puedes irte cuando quieras…

Y cerró el libro de golpe, SLAM!, un golpazo polvoriento que retumbó en toda la bodega y aplastó al insecto con el peso rotundo de la palabra en el papel. Luego le dio unas palmadas al libro sin dejar de sonreír.

FERLINGHETTI: Pero la librería acaba de cerrar.

Retrocedí en la silla y le dije que estaba loco. Lo vi sonreír con expresión demencial.

FERLINGHETTI: Naturalmente, por eso me dedico a los libros.

Me puse de pie para salir de ahí con sus carcajadas pisándome los talones, HA HA HA!!! Y me lancé a la siguiente viñeta: bajé la escalera para buscar la salida, pero no era el mismo pasillo por el que había entrado. Otra vez sentí el vértigo de la otra velocidad, el tirón de la buena suerte lisérgica, la página del cómic volvió a dar vuelta y todos salimos volando.

Lawrence Ferlinghetti

Foto: Reuters

Traté de regresar a la página anterior pero fue inútil, así que fui a la escalera. Bajé y a los pocos escalones me di cuenta de que en realidad iba subiendo. Tenía que subir para poder bajar, esa escalera invertida me llevó al descanso donde se cruzaban dos pasillos. Salí a otra viñeta en la que vi a Linda, la rubia del gafete que acomodaba libros en las repisas. Suspiré aliviado.

LINDA: Disculpe, ¿se siente bien?

YO: Sí, gracias. ¿Por dónde es la salida?

Y procedió a confundirme de nuevo:

LINDA: Está al final del pasillo, baja por la escalera y sale por la puerta de la derecha. Luego hay otra escalera que sube, al final del pasillo…

La dejé hablando sola y casi me echo a correr hacia la otra viñeta. Bajé por la escalera hasta la puerta de la derecha y seguí por otro pasillo atestado de libros y lectores que me miraban al pasar. Linda y la secretaria escondían algo. Todos en la librería escondían algo: Ferlinghetti, su mosca, los lectores, el impostor que usó mi nombre… Dejé de correr como animal asustado. Todo esto era una invención de mi mente, en realidad nada estaba sucediendo. Pero la idea de abrir el libro de los delfines me frikeaba. Aquí la cuestión era saltarse el final y encontrar la salida.

Entonces, al fondo del pasillo, literalmente vi una luz. Parecía una estancia y se escuchaban las voces de varias personas que conversaban. Al acercarme vi un cartel que daba la bienvenida a la presentación del libro azul con la presencia del autor. Estaba a punto de entrar a la siguiente viñeta cuando Linda y la secretaria pop aparecieron sonrientes. Las esquivé, ustedes no existen, pensé en un globo que pudieron leer claramente. En seguida irrumpí en el salón de eventos y se hizo el silencio del público. En el fondo había una mesa donde Ferlinghetti y otro tipo alto y canoso presentaban el libro. El poeta loco se alegró y dijo que estaban esperándome. Le dije que por favor se dejara de pendejadas y me explicara quiénes eran esas personas.

FERLINGHETTI: Somos la sociedad que habita en tu interior. Lo sabemos todo sobre ti.

Y levantó un ejemplar del libro de los delfines.

LINDA: Disculpe, ¿se siente bien?

YO: ¿Otra vez con eso? ¿Presentan y venden un libro con mi nombre y nadie puede dar una explicación?

LINDA: ¿Un libro con su nombre? –preguntó, alternando sus miradas con los asistentes.

Entonces me di cuenta de que algo había cambiado: el autor era Roger Heron, el biólogo marino que vivía en el Pacífico Sur, el que ahora estaba sentado al frente. Volví a leer la cuarta de forros y resultó que la “inexplicable desaparición” era la “inevitable desaparición… de los delfines”. Miré los carteles, todo, absolutamente todo, había cambiado en un parpadeo… sin embargo, la presentación era real, estaba sucediendo en el foro de la librería, y en el trip la había interrumpido y arruinado vil e impunemente. Toda la tarde estuve tripeando en la librería y molestando a todos. El público y los presentadores esperaban una explicación, una disculpa y mi retiro inmediato.

A continuación, en la siguiente viñeta, dos empleados de la librería me llevaban a la puerta de salida. Me entregaron mi back-pack y me depositaron en la calle como los rambos del aeropuerto, con un DON´T EVER, EVER, DO THAT AGAIN. Al menos logré salir. La noche era cálida y el aire soplaba fresco desde el mar. Miré el reloj, marcaba las 11:49 PM y como si nada, todo bien. Saqué el teléfono celular y le marqué a mi hermano para decirle que otra vez estaba perdido y que llegaría un poco tarde, que no me esperaran para cenar. Luego fui a buscarme.

(1998)

*Esa crónica forma parte del libro Zig-Zag Lecturas para fumar (Rueda Libre, 2014).

Somos

La pandemia global de Covid-19 ha catalizado la degradación del ejercicio periodístico como una manifestación cultural de primer orden. A nuestro lado y en todas direcciones, vemos caer redacciones enteras y explotar medios en una crisis infinita. El mundo como lo conocíamos ha terminado. Sin embargo, nos quedan nuestras historias y el lenguaje que las enuncia desde una particularidad que nos empuja a irrumpir. CONTAGIO es una revista digital de historias para el fin del mundo. Crónicas, híbridos, fotorrelatos y testimonios desde el margen de la Historia. No mantenemos ninguna esperanza, pero creemos en lo nuestro, vivimos ahora y lo escribimos. Nuestra experiencia es proteica; nuestra locura, creativa; nuestro ocio, activo; y nuestra irresponsabilidad, literaria.

Lo que hacemos:

Contar historias

Contarnos cosas

Contactar vida inteligente

Contaminar la blancura mental

Contagiar ideas

Más Historias
El embarazo psicodélico del chotis Alan
Skip to content