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Seremos humo

“La materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma”, Antoine Lavoisier.

Por Miguel J. Crespo y Emiliano Escoto

Cuando la mitad del cadáver se prendió antes de entrar al horno, Juan Carlos y sus compañeros intentaron mandarlo al fondo inútilmente. La bolsa de naylon en que se transportó el cuerpo, víctima de coronavirus, alimentó las llamas que pronto alcanzaron el antebrazo de Juan Carlos y parte de su oreja, mientras Daniel y Marco empujaban desesperados el bulto al interior de la máquina. El crematorio se llenó de un humo negro, espeso, que olía a plastico y carne quemada: la del muertero y la del muerto.  

Gajes del oficio, fueron quemaduras medio graves, pero resolvimos el percance. Desde ese día, cada que abro un horno veo el reflejo de mi familia, algo me dice: “tienes que cuidarte, porque no sabes si hoy vas a regresar”.

Charly, como le dicen sus amigos a Juan Carlos, tiene tres hijas y una esposa que lo esperan en casa. La nariz respingada y los ojos pequeños. Sobre su brazo izquierdo lleva las quemaduras de aquel día. Sabe que su trabajo es riesgoso, pero indispensable en medio de una emergencia sanitaria. Antes de quemar muertos, Charly alimentaba al hipopótamo del Zoológico de Ciudad Neza. Durante sus primeras semanas trabajando en el crematorio del panteón municipal, lloraba con los dolientes que acudían a los sepelios. 

Casi me preguntaban: “¿Oye, no te rentas para chillón?”.

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En los recientes ocho meses, estos muerteros han incinerado más de mil víctimas de coronavirus. Entre 15 y 20 cuerpos diarios que llegan en ataúdes envueltos en plástico. Según el INEGI, de enero a junio de 2020 se cremaron 9,534 cadáveres en el Valle de México, 4,592 más en relación con el mismo periodo de 2019.

La sombra del humo se proyecta en el concreto de la calle hasta subir por la barda del cementerio. Los familiares de algunos difuntos apuntan con sus teléfonos hacía las chimeneas que día y noche escupen dióxido de carbono, dioxinas, furanos, cloruro de hidrógeno, mercurio, plomo y otros gases tóxicos que se producen al quemar un cuerpo humano.

Al interior, Marco tritura los restos de una mujer de 65 años que murió por sospecha de covid-19. No sabe su nombre, aquí solo es el turno 12 de la tarde. Daniel sanitiza el pasillo por donde llegan los cuerpos embolsados, luego se cambia la camisa. Es la hora de comer. 

Mientras mordemos nuestras hamburguesas, Daniel dice que no le impacta la crudeza de la muerte. Creció en Nezahualcóyotl y durante toda su vida la violencia ha estado presente.

—Tantas cosas culeras que ves desde morro, pues no te impresionas tanto carnal —dice, mientras se dirige a uno de los ventanales del crematorio y señala un árbol—. ¡Allí! La otra vez, en la madrugada, vimos un rostro, les avise a estos güeyes y nos quedamos clavados viendo; después de un rato ya no sabíamos si el rostro se veía entre las ramas del árbol o era un reflejo y estaba atrás de nosotros.

Cuando Daniel termina de contar sus experiencias paranormales, Marco y Charly comen desinteresados en escucharlas. Solo tienen 10 minutos, en el pasillo de ingreso acaba de llegar otra carroza.  A las seis de la tarde habían incinerado 15 cuerpos y aún les faltaban otros cuatro. Durante los últimos tres meses ha sido así. 

Mientras las chimeneas al rojo vivo resplandecen en las madrugadas, los muerteros escuchan música para hacer más llevadero el manipular cuerpos embolsados. La música como el arte supremo para emancipar la afligida realidad pandémica.  

—Si en este trabajo te amargas o te estresas, te chingaste. Imaginate, trabajas con la muerte, con la tristeza de otros, entonces acá hay que ser fuerte, dinámico, echar desmadre —dice Juan Carlos mientras intenta conectar su bocina—, te pones tus rolas para olvidarte de lo que haces por un rato. 

El ir y venir de los ataúdes, las llamas, el humo, los huesos hechos piedras, el abrir y cerrar de los hornos, el acarreo de las planchas con cuerpos frescos encima, el sanitizante como una brisa, el plástico desenvuelto por varias manos, el familiar que espera sentado y parado, el fuego bailando, una maza triturando cenizas, el trasiego de los hombres con trajes de aluminio y las carrozas de reversa en la recepción son una coreografía que se repite durante varias horas frente a mis ojos.

El 24 de mayo de 2020, el violonchelista franco-estadounidense Yo-Yo Ma, ofreció un concierto vía streaming a las víctimas y los héroes anónimos de la pandemia. Durante más de dos horas, las seis Suites de Bach homenajearon a todos aquellos que perdieron la batalla contra el virus. “Dedico la interpretación de estas piezas a todas aquellas personas que han sufrido pérdidas de seres queridos, de salud, de dignidad, principalmente. Se trata de un tributo a la capacidad de recuperación de nuestras comunidades”, dijo Yo-Yo Ma.

De pie junto a los hornos, con las narices atiborradas de un olor a descomposición y carne quemada, pienso en la muerte como algo tan sublime solo comparado con la música de Bach en las manos de Yo-Yo Ma; en ese rito único que la pandemia nos ha arrebatado; en el último adiós que no llegará; en los millones de seres con sueños y memorias convertidos en humo; en nuestras raíces que llenan de festividad la partida de un pariente o una amiga; en la belleza que existe al partir para siempre.

Somos energía, somos materia y la materia no desaparece, solo se transforma. 

“Seremos humo”, es un ensayo-homenaje a la labor de los muerteros y a las víctimas de la pandemia a través del concierto que Yo-Yo Ma les ofreció.

 

***

Marcel Duchamp definía el concepto de infraleve como “lo efímero, lo apenas percibido, lo intangible y lo posible”. Basaba sus nociones sobre la creación  (recordemos que para Duchamp vivir es crear, por eso dejó de producir obra en 1923 y dedicó el resto de su vida a jugar ajedrez hasta 1968), en esta idea que pretendía significar todo aquello que siendo instantáneo deja huellas profundas y permanece. 

El humo que sale por la chimenea del crematorio danza con el viento al ritmo de los sonidos desgarrados que salen de las cuerdas del violonchelo de Yo-Yo Ma. Los colores grises, blancos y algunos destellos de negros, ondean por unos segundos como banderas desplegadas que lanzan al universo el último aliento en combustión de alguien que alguna vez fue hijo, hija, padre, madre, hermano, hermana, amigo o amiga, un ser humano.

El reflejo del humo sobre el concreto agrietado endurece las notas graves de las suites de Bach provocando lo que parece una marcha fúnebre de esas que vibran en el pecho y se sienten en la boca del estómago. Ese dolor profundo que nos dobla desde el centro y parece inagotable. No hay tristeza más grande que ser testigo de la muerte de alguien querido, pareciera advertirnos el pequeño orificio por el que se asoman las llamas que convierten los restos de un cuerpo en finos copos de materia orgánica. 

Los muerteros ataviados con indumentarias dignas de el fin del mundo, danzan un ritual interminable que comienza cargando cuerpos con la fuerza necesaria para levantar lo inanimado; después, manipulan máquinas de botones de colores que hacen contraste en medio de una penumbra que parece cubrirlo todo. En seguida, empujan esos bultos de carne y hueso hacia la intensidad del fuego que poco a poco consume uno tras otro los cuerpos que sea necesario inhumar cada día mientras ellos esperan el turno del siguiente y tal vez, también el suyo. 

De alguna manera, como los muerteros, todos bailamos esa danza de la muerte. Esperamos alrededor del fuego, como los ancestros, la llegada de nuestro turno para volvernos cenizas y humo: infraleve. De pronto ayudamos a cargar el cuerpo, la vida y los deseos de los de al lado, revisamos los números esperando que nuestro turno no esté cerca. Últimamente tantos turnos pasan tan rápido que da miedo. Sin embargo, seguimos esperando en la fila (nadie se puede salir); de vez en cuando sonreímos, disfrutamos, gozamos y en medio del olor penetrante de la muerte, nos damos cuenta de que las notas que el músico no ha dejado de tocar, son en realidad la marcha de la vida. 

Así que nos calzamos las botas de astronauta, colocamos la careta o el cubrebocas, respiramos profundo para aceptar que esas vibraciones en el pecho siempre nos van a acompañar, molemos, con toda la ternura del mundo, los restos más grandes del carbón que sale de los hornos y juntamos las cenizas (que somos todos) para ayudar al que sigue en la fila. 

De vez  en cuando, nos damos un momento para mirar la danza del fuego que se transforma en el vaivén del humo solo para darnos cuenta que todo en la vida es infraleve y tarde o temprano, seremos humo. 

Emiliano Escoto

Nació en la Ciudad de México en 1992. Estudió filosofía en la UNAM, ha publicado en diversos medios y organiza fiestas culturales en la Pulquería Insurgentes. Firme promotor de la autoexploración de la conciencia, el cuerpo y los estados alterados.

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