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Ciudad Temblor

*Esta crónica, escrita en 2017, permanecía inédita, hasta ahora.

Fotografías: Miguel J. Crespo / @miguelj.crespo

I

La Ciudad de México, dice Roberto Bolaño en su poema “El burro”, es la prolongación de tantos sueños y la materialización de tantas pesadillas. El terremoto cristaliza esa sentencia. Abro los ojos. 13:14 horas. ¡Está temblando! Mientras salto de la cama escucho la alerta sísmica. Corro semidesnudo y descalzo por el pasillo del departamento, donde mis dos perros me observan y se miran desconcertados. ¡Guau, guau, guau! Alcanzo las llaves y las cadenas, pero no me detengo. Los cargo, los abrazo. Abro la puerta: el caos.

Los vecinos bajan locos por las escaleras. Todo a mi alrededor se mueve como en una de mis peores borracheras. Vivo en un segundo piso. Los edificios de ladrillo crudo de Terminal Pandemonio en Eduardo Molina se retuercen y crujen siniestros. El miedo nos envuelve. En el pasillo superior a mi estancia un niño regordete grita como cerdo en un matadero. Blasfema en inglés, es hijo de un pocho recién llegado al edificio: ¡Fuck, fuck, fuck, fuck, oh my God, oh my God, oh my God! ¡Oenc, oenc, oenc!

Una señora baja disparada por el terror. Grita a todos los vientos: “¡Dios ayúdanos, Dios ayúdanos, Dios ayúdanos, Dios ayúdanos, Dios ayúdanos!”. Como si de pronto hubieran abierto las puertas de un manicomio en el que nos tenían bajo llave, y nosotros sin saberlo.

Trato de descender con mis perros cargando, pero el más grande se suelta y regresa a casa, aterrorizado. Voy tras él. Corre a meterse bajo las cobijas de la cama y aúlla. Lo tomo de nuevo y me engullo en la marea de cuerpos grasientos que forman una sola masa sobre las escaleras. Vamos de izquierda a derecha como en un barco perdido en altamar, sin capitán ni timón. Las escaleras castañean, crujen, se retuercen. Dios ayúdanos.

“Mi abuelita, mi abuelita, mi abuelita, mi abuelita… ¡se quedó arriba!”.

En medio del trajín, un par de vecinos y yo ayudamos a bajar a las señoras gordas y viejas. Me reflejo sus caras chuecas y descompuestas. Imagino que la mía se ve igual. Los postes del alumbrado público se mueven de un lado a otro, como resortes en una maqueta; decenas de perros ladran, aúllan o corren en busca de sus dueños, tan perdidos como ellos.

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Esperamos a que el edificio se desplome, lo cual no ocurre. La luz eléctrica se ha ido. Un sigilo cruza el aire seco. Murmullos, lágrimas y llamadas desesperadas. Las sirenas rompen sobre la avenida. Las hojas de los árboles caen por sobre las banquetas agrietadas. La gente regresa a sus departamentos con el semblante torcido. Hago lo mismo, me siento en la sala, agobiado. Un día antes, el lunes, había renunciado a mi puesto como editor en una pequeña revista. No tenía ni un quinto ni empleo alguno a la vista. Por la noche estaba concentrado en la redacción de una crónica sobre el músico urbano Rodrigo González para un suplemento cultural que se publicaría el sábado próximo. Escribía cómo, 32 años antes, el gran “Rockdrigo” se inmortalizaba mientras moría en los escombros del edificio en que habitaba en la colonia Juárez. Así que tenía frescas aún algunas lecturas sobre el Gran Terremoto de 1985. Por la madrugada, cuando me dispuse a dormir, los viejos fantasmas de aquel sismo asediaban mi somnolencia. Nadie se imaginaba que esa vieja fábula encarnaría de nuevo unas horas después.

Me doy un regaderazo con agua fría y vuelvo a bajar. En torno a algunos autos se juntan grupos de vecinos para escuchar las noticias por los autoestéreos. Pienso en mi familia, pero intuyo que están bien. Viven en Cuautepec, al extremo norte de la ciudad, en el cerro del Chiquihuite, donde los temblores son ajenos y pertenecen sólo a las partes bajas de la tierra. De pronto me pregunto cómo estarán las otras zonas de la ciudad. Tlatelolco, la colonia Roma, el Centro, el sur profundo. Le doy vueltas a mi cabeza. Sirvo croquetas a mis compañeros, tomo mi bicicleta y les digo que volveré más tarde.

Pedaleo, el aire hiede a metal oxidado.

II

Hay un silencio extraño cuando tomo Manuel González. A partir del Eje Central los comienzo a ver: decenas de vecinos en las jardineras, como en un apocalipsis zombi. Miran hacia el cielo, hacia los enormes edificios que aparentemente han resistido al embate. Me detengo en la esquina de Guerrero, platico con un par de chicas que esperan debajo del edificio de la esquina. Se notan relajadas, pero no saben qué hacer. Miran sus celulares (yo no uso), me dicen que hay videos de algunas explosiones. Algunos edificios se han venido abajo en la colonia del Valle y en la Roma.

Me detengo en Bucareli, en casa de mi amigo Juan Manuel. Ha publicado en Facebook que quien esté cerca y necesite algo, puede pasar a su departamento. Me presenta a su cuñada y a su sobrino, quienes viajaban por el Centro Histórico cuando los sacudió el temblor en el transporte público. Prepara agua de piña. Hay luz eléctrica e Internet, así que prendo mi computadora, vemos algunos videos de lo que parece ser una explosión en alguna azotea de algún edificio gris y feo. Suenan alarmas.

Salgo de nuevo a la calle en mi bicicleta. En Bucareli y Chapultepec me emparejo a un convoy de camionetas y un trascabo amarillo llenos de trabajadores de alguna obra. Van apretujados, hacía alguna zona de riesgo. Fuman, sonríen, se cabulean; otros van serios, los más jóvenes. Respiro un ambiente sórdido y cae la tarde con su aliento de pánico. El convoy no sabe a dónde dirigirse. El copiloto habla por un radio de frecuencia. Deciden dar vuelta en Chapultepec hacia el Centro. Les deseo suerte. Sigo por Cuauhtémoc, doblo en Álvaro Obregón hasta Orizaba.

Del Instituto Renacimiento se ha desplomado su cúpula y último piso. Abajo, en la calle, un Porsche ha sido aplastado por el cemento. Se arremolinan voluntarios y paramédicos. No hay víctimas, ni nadie adentro, atrapado entre los tabiques y paredes que ahora son polvo sobre la calle. Pero la imagen es aterradora, como un recinto bombardeado. Hay personas llorando en las esquinas, vecinos, ciclistas, rescatistas, mirones, policías y reporteros.

Bajo hasta Querétaro. En San Luis Potosí y en el cruce con Medellín un edificio entero se ha desplomado. Justo en el momento en que llego, La Marina está acordonando, bajan de sus carros militares y se despliegan como en una película de guerra. Los soldados nos impiden acercarnos, nos echan atrás, pero soy consciente que ahí están: gente viva y muerta debajo del colapso. Una ráfaga de electricidad me sube de los talones al cerebro.

Doblo por Querétaro. Dos ciclistas se me emparejan, dicen que han pasado por el colegio Enrique Rébsamen y que es el infierno. A nuestro alrededor también. Gritos, gente corriendo, policías, militares, ambulancias. Los pierdo y de pronto la marea me pone en Puebla y Valladolid.

Se ha caído. Es un laboratorio. Piden mutis, la calle entera huele a químicos. Una señora llora debajo de un poste en la esquina. Se lamenta como un animal herido. Decenas de voluntarios-pico-pala-botes están formados, pero el callarse es lo más necesario ahora. Me muevo. Ahora estoy en Ámsterdam y Laredo, donde otro edificio entero cayó. La muchedumbre que está alrededor y los cuerpos de rescate me impiden acercarme demasiado.

Me sumo a un grupo de ciclistas que deliberan a dónde se necesita ayuda. Van a ir al Rébsamen, pero yo espero en la esquina de Puebla, donde el laboratorio se ha desplomado. Me formo en la fila de voluntarios. Somos muchos. Estoy ansioso, no sé qué hacer. Espero más de una hora, no tengo ninguna herramienta a la mano. Regreso por Chapultepec, paso por mi mochila a la casa de Juan Manuel.

Platicamos sobre el desastre. Bebemos ginebra. Me cuenta sobre sus días de voluntario en el 85. Casi a la medianoche nos preguntamos si habrá dílers. Y los hay, pedimos postre y seguimos bebiendo. Nos preguntamos, mirando por su ventana hacía el Paseo de la Reforma, cómo es posible que la droga siga circulando en tales circunstancias. Qué ciudad tan misteriosa, delirante y narcótica. 

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Un mutismo enorme carcome el tercer cuadro del Centro Histórico. Es roto apenas por sirenas esporádicas. Desde aquí parece que la ciudad entera ha sido desalojada, pero nos resistimos a dejarla. Un érebo en el que inexplicablemente algunos detalles cálidos, como que las tienditas y cantinas de la avenida estén abiertas, nos arropan con la esperanza de que el reloj de nuestro tiempo siga su marcha.

Estoy borracho, me voy a casa en un taxi.

Tengo pesadillas, sombras de todas formas y tamaños me devoran en un sueño dantesco.

III

Despierto animado. Todos mis familiares cercanos están bien. Le escribo a mi amiga Miché. Tiene una hija de cuatro años de edad que fue desalojada el día anterior de la escuela en pleno sismo, a unas cuadras de mi casa. Me cuenta la ansiedad que vivió hasta que la tuvo entre sus brazos.

Subimos al auto, con su hermano, que es actor de teatro. Nos dirigimos al Foro Shakespeare en la colonia Condesa, donde el gremio teatral se ha reunido para montar un centro de acopio.

Por la radio escuchamos las secuelas. El sismo de magnitud 7.1 grados Richter, cuyo epicentro se ha ubicado en la zona limítrofe de Puebla y Morelos, ha dejado cientos de damnificados en la Ciudad de México, Morelos, Oaxaca, Puebla y otras regiones. “El sismo afectó considerablemente a una franja ubicada al centro de la ciudad, donde se encontraba el extremo poniente del Lago de Texcoco antes de la llegada de los españoles. En esa área se localizan los daños más significativos. La franja abarca desde la delegación Gustavo A. Madero, pasa por Cuauhtémoc, Benito Juárez, Coyoacán, Iztapalapa y Xochimilco. Sólo uno se registró en Álvaro Obregón, fuera de la mencionada franja”.

En algunos sitios, como en el Colegio Enrique Rébsamen, en la calzada las Brujas de Tlalpan, la tragedia adquiere tonos infernales: los tres pisos de la escuela se han desplomado y formado una montaña de escombros. Ocurrió en la hora de clases, mientras se evacuaban las aulas. Al menos 22 niños y cuatro adultos, entre ellos una maestra, han perdido la vida y unos 30 niños están desaparecidos, sepultados bajo el concreto hecho añicos. Desde la mañana se habla de una niña, Frida Sofía, con la que se ha tenido contacto debajo de los escombros. 

Miché llora. Dice que es difícil que acabemos de entender porque ni su hermano ni yo tenemos hijos. Callamos. Luego sabremos que Frida Sofía jamás existió, y que fue una confusión alimentada por el pánico colectivo y los medios. 

En el Foro Shakespeare nos sumamos a los voluntarios para organizar el acopio: medicinas, materiales de curación, herramientas, latas de comida, refrigerios y agua. Organizamos despensas, apuntamos. Ha llegado una llamada de un centro de acopio más grande en la colonia Tacuba, en un centro deportivo. Nos dirigimos hacía allá con el auto lleno de todo tipo de cosas. Por las avenidas que cruzamos ofrecemos lonches a los rescatistas que alcanzamos a ver. Van llenos de polvo, en camionetas del gobierno o particulares.

El sol cae ligero. Un halo de solidaridad parece haber tomado la ciudad por asalto.

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En el deportivo campea el desorden. Nos formamos en una fila de autos para entrar. Camionetas y combis dicen ir a recoger donativos para llevarlos directamente a Jojutla, a Juchitán, y nadie sabe si eso es cierto. No hay en este momento cómo comprobarlo. Se carga y descarga con ímpetu. Desorden solidario o de rapiña, en momentos así ambas cosas se pueden confundir. Alguien nos firma un documento. Regresamos al Shakespeare, donde nos recibe un desorden parecido.

En la calle Acapulco, los adornos de la pared frontal del Museo Histórico Judío y del Holocausto “Tuvie Maizel” yacen sobre el suelo: metros y metros de una reja cuadriculada de metal, oscura. Los muros están cuarteados, sobre la calle trabajan voluntarios doblando el metal, levantando escombros.

Decenas de vecinos, solos o en grupo, con niños, caminan cabizbajos con las maletas hechas. La Condesa está herida.

IV

“Dicen que El Plaza se va a desplomar”, informa alguien en un grupo afuera del Shakespeare. Una noticia, video o comunicado circula en las redes sociales con esa alarma. Me dirijo hacía allá. El Parque España está atiborrado, parece un montaje gigantesco de Hollywood. Hay un centro de acopio y cientos de voluntarios organizando la ayuda.

En la esquina suroriente se arremolina un grupo de personas que mira hacía arriba: El Plaza Condesa, foro de incontables conciertos y un ícono de la vida nocturna musical y juvenil de la ciudad, parece tambalearse.

Las ventanas del último piso se han reventado y debajo el Ejército forma una valla y aleja a las curiosos. Hay una fuga. “Que nadie prenda su celular”, nos dicen. Nos alejan más. Un olor fuerte a gas se percibe en el aire. Si algo explota en este momento varias decenas de personas volaremos muy lejos. Hay tensión, los militares no parecen ponerse de acuerdo en si es verdad que el edificio se va a caer y si lo que hiede es gas y existe una fuga real.

Otra vez la confusión. Una Babel de mil pequeños abismos interiores y exteriores tratando de existir al mismo tiempo. 

Doy la vuelta. En el Parque ayudamos a cargar de víveres algunas combis que se han formado y se dirigen a Jojutla, donde parece que el temblor se ha comido al pueblo entero. Son cinco, tienen placas de Morelos y los responsables de ellas lloran de agradecimiento. Se arrancan entre aplausos y vítores.

Vuelvo y llego al cruce de Ámsterdam y Laredo, donde un edificio residencial de siete pisos se desplomó entero y se presume que colapsó con 25 personas dentro. Unos cien metros atrás está un retén: si quieres ser voluntario para sacar escombros debes portar botas, casco, chaleco, pico o pala o cubeta.

En la entrada del retén se forman decenas de personas, que relevarán a los que al fondo trabajan con los militares sacando cascajo. La noche se avecina. Las lámparas comienzan a prenderse en los cascos de los rescatistas. ¿De qué tamaño es la tragedia? No lo sé, pero es claro que mucha gente quiere ayudar, hacer lo que sea, moverse. Quizá demasiada y desorganizada en algunos sitios o puntos de desplome.

La oscuridad llega descollando los esfuerzos diurnos.

V

Con Miché y su hermano convenimos ir a la fábrica de textiles que ha caído en Bolívar y Chimalpopoca, en la colonia Obrera, para ayudar ahí por la noche, cuando parece que los bríos descienden. Llenamos el auto con víveres. Nos reciben en las tiendas que se han montado a unos cien metros de la fábrica. Hay cientos de rescatistas, maquinaria pesada, personas activas, corriendo, cargando y descargando autos. Me encuentro con mi novia, quien ha estado como voluntaria en un centro de acopio en el Huerto Roma Verde.

Nos disponemos a ser parte de cualquier brigada y a hacer lo que haga falta en uno de los puntos de mayor atención. Se habla de 7 a 20 personas que aún se encuentran bajo los escombros. Había, se ha reportado, unas 60 costureras al interior.

Comienza a llover cuando un grupo de voluntarios hacemos caso a una noticia alarmante: una vecindad detrás de la Catedral ha colapsado. Un carro ha venido a avisar. Se acerca la medianoche. Viajamos en la caja de una camioneta rumbo al Centro. Avanzamos por Eje Central en convoy. Primer cuadro, Tepito, paramos a unos metros de la Casa del Estudiante. Nada. Rumor. Pánico. Falsa alarma. Los choferes del convoy no se ponen de acuerdo y nadie identifica a los que fueron por la ayuda.

Seguimos por Perú y doblamos en González Ortega. Las calles están llenas de ratas, de basura y de sobras del mercado: muebles, sillones, cajas y camiones de mudanza vacíos, robados, con las puertas abiertas. Los nervios nos asaltan. Mis compañeros gritan y ríen, dicen al chofer de nuestro transporte que se pare por unas piedritas o por un toquecito.

Volvemos sobre Costa Rica, donde una camioneta negra nos intercepta. De ella se bajan dos hombres medio rapados, regordetes y con sudaderas negras. Hablan con el chofer de nuestra camioneta, que encabeza el grupo de tres autos.

“Mejor lléguenle a la verga de aquí con su desmadre. Aquí no se ha caído nada, no se necesita ayuda. Órale, a chingar a su madre con su pinche escándalo”. Hay un silencio total. Nadie abre la boca. Los hombres de negro están armados. Suben a su camioneta y se van. Hacemos lo mismo. Trago saliva. Subimos por Peralvillo hasta Matamoros. En la glorieta de Reforma respiramos aliviados.

“¡Pinches tepiteños putossssss!”, grita uno de los señores que viaja en la caja. Su grito rompe la tensión y nos carcajeamos. Junto a mí viaja una pareja de adolescentes, dos chavas más, tres señores y un veterano. Viene de la misma empresa, visten uniforme. Trabajan en la aduana del Aeropuerto y les dieron el día. Decidieron formar un grupo y acudir a la ayuda.

Paramos sobre Reforma. Los dos autos particulares regresarán a la fábrica de textiles. Nosotros iremos a Lindavista. Mis compañeros gritan para quitarse el frío y el miedo. Alburean, comemos tortas de jamón y panes de dulce, tomamos refrescos. La brisa nos pega en la cara. En la caja de la camioneta llevamos despensas, comida y herramientas. La ciudad es otra sobre Insurgentes Norte. Respiro su aire profundamente: nos contamina y nos ilumina.

Los víveres se reciben a más de dos cuadras de Coquimbo 911, donde ha colapsado parte de un edificio. Parece una peregrinación. Mucha gente en calles pequeñas. La ayuda sobrepasa, al igual que en los otros puntos. La comida se separa y se pide que se lleve a albergues porque aquí no hay damnificados.

Descargamos la camioneta y me despido de sus tripulantes aduanales. Se carcajean de algún albur, suben a su auto y se van. Nos acercamos lo más que podemos a la valla que separa a la gente de la zona de desastre. Nos piden silencio. Dicen que cualquier ruido podría hacer que una loza caiga y dentro aún hay personas con vida. Los trabajos de rescate, contrario a la fábrica de textiles, son hechos con suma cautela. No hay escombros que recoger.

Caminamos por la madrugada a casa. Dormimos calientes, aferrados el uno sobre el otro.

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VI

Paso por mi bicicleta a la casa de Juan Manuel. Una Brigada de Rescate Animal se ha improvisado en la Plaza Luis Cabrera de la colonia Roma. Me reúno con los voluntarios. Llevan 48 horas de acción (comenzaron tres, ahora son 93 personas) yendo de un lado a otro con perros fracturados, perdidos y molidos por el temblor.

En una gasolinera han encontrado 14 que ya están en albergues. Un grupo fue a la carretera México-Toluca por una perrita tipo schnauzer fracturada. Otra chica llora mientras me cuenta lo que vio en Jojutla un día antes. Más voluntarios se mueven de un albergue a otro, transportando perros, diseñando carteles virtuales, comunicándose entre sí para encontrar a los dueños y sanar a sus compañeros animales.

Faltan veterinarios, medicinas. Me sumo a la organización de víveres y a la comunicación. Me asignan una computadora para hacerlo. Hay una tensa calma cuando por la tarde dejo mi puesto de voluntario.

Paso por el 286 de Álvaro Obregón. Hay suficientes filas y cuadrillas para sacar escombro. Ahora llevo víveres con un grupo de ciclistas hacía la calle de Milán en la colonia Juárez. Es un campamento de una organización política (hay lonas con consignas) en el cruce con la calle de Roma. Dos edificios viejos, vacíos, se han cuarteado a un lado del predio. Quiero verlos, entro, prendo mi lámpara y veo un espectro: un niño indígena sostiene una mona de solvente en la mano. Está perdido, zombi. Camina hacía mí y se atraviesa hacía la calle. Me aterro, salgo al campamento y los ciclistas no están. La gente rodea a su líder, pero discuten sobre a dónde repartir lo que hemos llevado. Se encrespan, hay tensión. No entiendo nada, me largo antes de que se den cuenta de mi presencia de mirón.

Pedaleo a casa. En Reforma e Insurgentes se me empareja un ciclista voluntario. Pedaleamos contra una tenue brisa nocturna. Tres días después, parece que la ciudad comienza a retomar su pulso. Las zonas de mayor peligro se han identificado muy bien. En Peralvillo mi compañero se desvía. Más adelante, en calzada de Guadalupe, observó cómo un travesti se la mama a un albañil por el Teatro Tepeyac, entre la banqueta y los árboles de Victoria. 

Un sueño. Una pesadilla. La realidad de Ciudad Temblor.

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