tianguis lagunilla revista contagio 1

Viaje por las tripas de la Lagu con un ‘brauni’ loco recién masticado

Me explotó el brauni en la Lagu. Iba caminando entre pasillos cuando de pronto ya no sabía si iba o venía. Compré el pastelito un día atrás, luego de salir de la Nuevo León, a unos pasos del Zócalo. Venía de escuchar una charla sobre Sergio González en el Museo de la Ciudad de México; me enfilé hacia Gante y allí se armó la calabaza. “Para mañana en el tianguis”, me prometí al entuzar el postrecito. Y así pasó. 

Desayuné por los rumbos López, cerca de la calle de las pollerías, por Salto del Agua. Rifé unos molletes servidos en pan de torta loca, acompañados de un capuchas deslactosado. Ya le agarré la onda al café, quiero decir; en un semestre me hice dostres adicto. Pero ese es otro tema. La molletortaloca estaba más o menos bien y el café era de calcetín grueso, palfrío. Al darle el último sorbo le arranqué un pedazo al pastelito loco. 

A la Lagu entré como siempre, por Reforma. Me detuve a ver a unos ruckeros que se rifaban frente a un estatua en un parque de bolsillo. El que cantaba presumía sus conocimientos respecto a Traffic, pero la regó al decir que Blind Faith fue antes que Cream. Que tuviera claro este fallo significaba que entonces en mí la cordura reinaba. A la cuarta canción, anunciada como “El blues de la caguama”, un sombrero que frente a los músicos había se llenó con billetes de a veinte. ‘The future´s uncertained and the end is always near’; con eso en la trompa me fui de rol (let it roll). 

tianguis lagunilla revista contagio 2

Foto: Alejaibol

Internado en el tianguis, cruzaba justo la chelería ambulante que un periódico quemó hace unos días, donde una mujer se bañó con cerveza mientras lengüeteaba y una joven se cayó de la periquera por andar perreando, cuando de pronto me dije: a ver, ¿voy o vengo? Y me dediqué a buscar una respuesta con los ojos entrecerrados, según yo para que el virus no entrara por ahí. También sostuve la respiración. La pandilla chacaloneaba en el piso; por mi parte, en un dos por tres ya estaba bien pacheco, José Emilio.  

Vi entonces a la Lagu como lo que es. Un lacerado sistema digestivo. Perderme en sus andadores de hule y mota, turistas y paca, chaca y gomichela, fue una epopeya de orden gástrico. Túneles y más túneles despidiendo lumbre y humo, gritando fuego. Miradas trencé con quienes en mis ojos rojos se hallaron. Un tránsito terso el mío; sentía mis Vans como de terciopelo y la sangría preparada que en un carrito de súper armé, entre lámparas de bola y alfombras pastosas, en verdad os digo, sabía como la sangre de Cristo.

Baguettes, tacos de jabalí, papas, pitufos, chela de barril, Red Bulls. Botas, cascos, calzones. Centenas de puestos de todo orden. Sobre mis chanclas aterciopeladas rolaba, buscando una serenidad imposible. Procuraba poner en foco en mi mente, pero la cordura se ponía más borrosa a cada cuadro: la carpa de la bruja, el muro de las películas; los tendidos de los jipis, los cholos y los rockers; los puestos de tuétano y carne tártara. Todo se difuminaba. Hice una parada emergente en mi mingitorio preferido y entendí, observando mis orines claros como agua de montaña helada, eso de que uno es fluido. Pinche brauni loco.     

Paré en las caguamas donde un chamán se embriaga con sus posibles clientes. Como ya nos conocemos nos saludamos de puño y hablamos de hacer un viaje a Catemaco. “Me quiero casar ahí”, le dije pensando en el ejemplo de Perry Farrell. También le conté que me leyeron las cartas el jueves y que por andar de picudo me salió El Diablo escoltado por El Sol y El Mago. Estábamos sentados en la banqueta, pero yo sentía que me hallaba en una duna del desierto de Sonora, cerca de derretirme. Me acordé de Richie Valens y Bob, sudorosos tras loquear en Tijuana. 

“Es que mi presente está hecho de café y mariguana”, le dije al chamán. “Y sólo puedo vivir el presente. Perdí el resto de las opciones”. Algo real; para entonces me era imposible retroceder un solo segundo. Traía bien cruzado el cableado. Como que se me hizo una maraña en la cabeza. De la tapa de mis sesos salían flashes, cubitos mágicos que me lampareaban. Luché por hilar un discurso coherente hablando de espadas que se vuelven cruces y viceversa. El aire olía a sándalo y coladera. 

Milagrosamente me las arreglé para montarme a un taxi, y al pasar por Bucareli, medio masticado por los dientes oxidados de la “la trampa del gurú”, me acordé de mis amigos. Salía así del túnel estomacal. Claro, claro, recordé: el fin de semana estuve con ellos, en esta misma calle, tomando refresco. “Te estás yendo sobrio de mi casa”, me advirtió el del cantón aquella vez, mientras me despedía en la puerta. La verdad es que yo tampoco podía creerlo. Esa madrugada marqué un récord: cumplí veinte días sin beber. 

Somos

La pandemia global de Covid-19 ha catalizado la degradación del ejercicio periodístico como una manifestación cultural de primer orden. A nuestro lado y en todas direcciones, vemos caer redacciones enteras y explotar medios en una crisis infinita. El mundo como lo conocíamos ha terminado. Sin embargo, nos quedan nuestras historias y el lenguaje que las enuncia desde una particularidad que nos empuja a irrumpir. CONTAGIO es una revista digital de historias para el fin del mundo. Crónicas, híbridos, fotorrelatos y testimonios desde el margen de la Historia. No mantenemos ninguna esperanza, pero creemos en lo nuestro, vivimos ahora y lo escribimos. Nuestra experiencia es proteica; nuestra locura, creativa; nuestro ocio, activo; y nuestra irresponsabilidad, literaria.

Lo que hacemos:

Contar historias

Contarnos cosas

Contactar vida inteligente

Contaminar la blancura mental

Contagiar ideas

Más Historias
pulqueria mario panyagua revista contagio
Safari cultural: transmitiendo desde la santa república del Pulmex
Skip to content