Museo a Zoquiapan, el último leprosario

Zoquiapan, la última vez que nos vimos fue el diecisiete de febrero del 2021.

Después de varios viajes al Hospital Dermatológico Doctor Pedro López durante 2019, la trabajadora social Lucia Moncayo por fin me mostró el Museo Dr. Santa María.

Un museo curado por los trabajadores del sindicato, donde cuidadosamente colocaron los objetos que narran los casi ochenta y tres años del que era conocido como el último leprosario en funcionamiento en el área metropolitana de Puebla.

El museo, un espacio de no más de sesenta metros cuadrados, resguarda los expedientes de los primeros enfermos de Hansen, como se les llama en honor al noruego Gerhard Armauer Hansen, quien en 1873 observó bajo un microscopio al bacilo de la lepra, probando que se trataba de una enfermedad infecciosa y no una maldición o castigo divino.

El Museo Dr. Santa María está dedicado a esos pacientes que llegaron al nosocomio. Entre sus objetos, se encuentran los dibujos de un concurso para darle imagen al hospital por parte de los sindicalizados, las fórmulas magistrales que se usaban para la piel de los enfermos antes de que se descubriera el método del triple antibiótico, una foto de cómo se veía el templo de San Lázaro antes de quedar atrapado entre un estacionamiento y una iglesia cristiana, los uniformes de las enfermeras y los periódicos que los mismos enfermos redactaban. Hoy, les llamaríamos fanzines o publicaciones independientes.

En cada viaje, la licenciada Moncayo o el director Salvador Hernández Maldonado me mostraban una nueva parte de esa dimensión desconocida. Una que yace entre hermosos campos de avena y alfalfa que se mueven de un lado a otro, rozando tus piernas y manos cuando transitas por ellos, componiendo largas melodías que escuchas mientras contemplas las tumbas del cementerio.  

Las sepulturas parecen no tener un orden específico. Es como si, desde su lecho de muerte, cada paciente hubiera apuntado con un dedo el lugar donde se sentía más cómodo para descansar en la eternidad. Uno escogió hacerlo bajo una hermosa corona de nopales, otro entre árboles y sobre flores silvestres. 

Supuse que mostrarme los tesoros de la ciudad del Hansen, poco a poco, era una técnica de confianza. Hace unos años pulularon por internet retratos de los enfermos en blanco y negro, con el contraste reventado para darles dramatismo y con pies de fotos como “Los últimos leprosos de México”.

Desde 1967, Abraao Rotberg propuso llamar a la enfermedad en honor a Hansen, esto como tributo a sus investigaciones sobre el tema. Enfermedad de Hansen, Hanseniasis o enfermos de Hansen, con el propósito de eliminar la estigmatización de los enfermos y, a mi parecer, para dejar de explotar la gravedad de la desinformación de la palabra “lepra”. Es por eso que la trabajadora social y el director querían saber más sobre mis intenciones: amarillismo o amor al arte. 

Obtuvieron su respuesta cuando me mostraron la capilla que construyó Israel Katzman, arquitecto, teórico, profesor e historiador de la arquitectura mexicana. La entrada principal se encuentra frente a las casas que habitan los últimos cuatro pacientes de Hansen que cuida el nosocomio: María Cárdenas, Rosita Vázquez, Carmen y Lucio. El hospital dejó de recibir a estos pacientes en la década de 1970, gracias a la dapsona, rifampicina y clofazimina, antibióticos orientados a evitar el aislamiento de los pacientes en leprosarios.

No podía mantener la quietud ante el vitral que Katzman pensó para recibir a los fieles. Una gran corona de espinas, quizá símbolo de la propia enfermedad que, por siglos y gracias a la ignorancia, causó humillación y dolor a sus portadores. 

A partir de ese día no dudaron en recibirme cada que les mandaba un mensaje. Me mostraron la cárcel y la lavandería, la cual sigue activa y conserva casi todo su mobiliario original. Pareciera que las batas y uniformes apilados están ahí desde la mañana en que Lucio fue internado en el hospital, en la década de 1940, cuando tenía quince años y le dieron el mismo recorrido que a mí.

La lavandería, así como la biblioteca —que ahora se usa como oficina administrativa— lucían como partes perdidas del Instituto de la Higiene, construido por José Villagrán en 1925 sobre Mariano Escobedo en la delegación Miguel Hidalgo,  Ciudad de México. Las dos construcciones me parecieron centros de espionaje de la URSS en la Guerra Fría perdidos en el siglo XXI.

Mientras caminábamos hacía la cárcel, la licenciada Moncayo y yo admiramos las casas desocupadas y demás vestigios que quedan de la civilización que usó los hornos de piedra, el casino o la cancha de béisbol; me platicó que la mayoría de los reos recluidos en las escasas diez celdas generalmente se encerraban ahí por voluntad propia. Uno de ellos contaba que su hijo era un famoso portero de la Selección Mexicana que jugó en la copa del mundo de 1986, decía que de vez en cuando lo iba a visitar, pero su condición le causaba vergüenza. Después del famoso descubrimiento de la cura contra la enfermedad, los pacientes que la adquirieron muchos años antes debieron lidiar con las secuelas, las cuales también son las principales causas de fallecimiento. 

Zoquiapan, la última vez que nos vimos fue el diecisiete de febrero del 2021. Ese día la licenciada y el director nos informaron que nos apoyaban para realizar un museo memorial en la cárcel, la cual era ocupada por el personal de intendencia. 

El plan era que una serpiente se arrastrara por las paredes de cada celda (en forma de línea del tiempo) y contara la historia del Hansen en México, desde que llegó, en la época de la Conquista, hasta la actualidad.

Cada celda sería intervenida por un artista, y la memoria e historias de los últimos enfermos quedaría plasmada en audios para evitar crear morbo con las imágenes. 

Manejar por toda la Ignacio Zaragoza hasta la salida a Puebla a las siete de la mañana durante dos horas y de regreso, entregada a la cosecha de sueños guajiros, de pláticas que teníamos en la cama mirando el techo, abrazados, mientras la esperanza de un futuro chido nos bañaba al atardecer. Culminaba en un sentimiento de incertidumbre que me invadía cada que soñaba con los campos de avena y me enamoraba más de la vista privilegiada que la prisión tiene hacia los volcanes de Puebla. 

Pero el covid, los enamoramientos pendejos y las grandes expectativas lo echaron todo a perder. En otros momentos, Zoquiapan, te hubiera prometido hacerte tu museo en cualquier condición, te mandaría mails y comería contigo todas las tardes, pero ese último viaje de regreso por la Zaragoza me demostró que no hay manera de que habitemos el mismo lugar, ni los mismos proyectos. Y que no puedes habitar cariño que no es recíproco.  

Mi consuelo es que estas fotos no van a estar guardadas en un disco duro. Se merecían respirar y alojarse en los IP´s de las computadoras. Este es el mejor museo que te pude hacer, Zoquiapan. Que internet vea cómo te veo desde mi corazón. 

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